Cuando el dolor tiene caminos

"Las vías de Urda y las aguas del Atlántico parecen muy lejanas. Pero ambas nos conducen al mismo lugar: a la fragilidad humana. Y allí, precisamente allí, comienza nuestra responsabilidad"

Llegada a Lanzarote de los migrantes rescatados de una patera
Llegada a Lanzarote de los migrantes rescatados de una patera | EFE

Estos días España tiene el corazón detenido entre dos caminos.

Uno es de hierro. Dos trenes que avanzaban por la geografía de nuestras prisas y que, de repente, se encontraron con la tragedia en Urda. Vagones heridos, vías convertidas en escenario de dolor, familias aguardando una noticia que nadie quisiera recibir. Sesenta y nueve personas han muerto. Aún quedan heridos hospitalizados y los equipos forenses continúan poniendo nombre a un dolor que nunca debería reducirse a una cifra.

El otro camino no tiene raíles. Es una inmensa carretera de agua que une y separa continentes: el Atlántico.

También estos días, el 2 de noviembre, una patera que navegaba hacia Lanzarote se convirtió en una pequeña isla de sufrimiento. En ella viajaban 139 personas. Siete murieron. Solo dos cuerpos pudieron ser recuperados; los otros cinco habrían sido arrojados al mar, según el testimonio de los supervivientes, en circunstancias que todavía deberán aclararse. La embarcación fue rescatada con 132 personas supervivientes a bordo.

Dos tragedias.

Dos caminos.

El Cristo de Urda, en el funeral por las víctimas del accidente ferroviario
El Cristo de Urda, en el funeral por las víctimas del accidente ferroviario | Efe

Y, sin embargo, una misma pregunta que se asoma, incómoda, entre las noticias: ¿sabemos mirar el dolor con los mismos ojos, venga de donde venga?

En Urda hemos visto lo mejor de nosotros mismos. Los servicios de emergencia, los sanitarios, los vecinos, quienes acudieron sin preguntar quién era quién ni de dónde venía. En las grandes desgracias, España descubre de pronto que debajo de nuestras diferencias hay una corriente subterránea de fraternidad. Una mano busca otra mano. Una puerta se abre. Un desconocido se convierte, por unas horas, en hermano.

También ocurre en el mar.

Allí están los hombres y mujeres de Salvamento Marítimo, navegando hacia un punto perdido en la inmensidad. Están quienes reciben a los supervivientes en los puertos, quienes curan, escuchan, traducen, ofrecen una manta o un vaso de agua. También allí hay una solidaridad silenciosa que pocas veces ocupa titulares.

Pero el mar tiene una extraña manera de alejarnos de lo que sucede en él.

urda
urda

Una tragedia en una vía cercana entra en nuestras casas. Podemos imaginar el tren que tomamos tantas veces, el asiento junto a la ventana, la estación donde alguien espera. El dolor tiene entonces una geografía conocida.

La patera, en cambio, aparece muchas veces en la pantalla como una palabra breve: migrantes rescatados. Y corremos el riesgo de olvidar que dentro de esa palabra viajaban historias. Personas que quizá habían vendido lo poco que tenían para pagar un pasaje hacia la incertidumbre. Personas con un nombre, una familia, una infancia, un miedo y, seguramente, un sueño.

Una madre no llora de distinta manera porque su hijo haya muerto entre hierros o entre olas.

El dolor no tiene pasaporte.

No se trata de comparar las tragedias ni de establecer una competición de lágrimas. Toda muerte es única. Toda familia tiene derecho a su duelo. Se trata de aprender algo de estos días: la solidaridad es más verdadera cuando no selecciona a sus víctimas.

Quizá necesitamos conservar la conmoción que nos produce un tren descarrilado para mirar también hacia ese otro descarrilamiento cotidiano que ocurre en las fronteras. 

Las vías de Urda y las aguas del Atlántico parecen muy lejanas. Pero ambas nos conducen al mismo lugar: a la fragilidad humana.

Y allí, precisamente allí, comienza nuestra responsabilidad.

Que no nos acostumbremos a los accidentes ni a los naufragios sin responsabilidades. Que ninguna cifra consiga borrar un rostro. Que la solidaridad no sea solamente un fogonazo hermoso cuando la tragedia nos visita, sino una luz encendida también para quienes sufren lejos de nuestras ventanas.

Porque hay caminos de hierro y caminos de agua.

Y en todos ellos viaja, con distintos nombres y distintos sueños, la misma humanidad.

Las noticias de Religión Digital, todas las mañanas en tu email.
APÚNTATE AL BOLETÍN GRATUITO

También te puede interesar

Lo último

stats