Donde la ley aprende a pronunciar nombres, algo del Reino asoma, silencioso

La regularización de migrantes como umbral entre la invisibilidad y la dignidad

"Hoy -junto con otros- se me ha llenado el alma de nombres que no caben en ningún decreto. Y he sentido —muy dentro— que esta alegría también es mía"

regularización extarordinaria de migrantes en  España
regularización extarordinaria de migrantes en España

Hay alegrías que no hacen ruido, pero ensanchan el alma. No son estruendosas ni buscan titulares: nacen despacio, como la luz que entra por una ventana al amanecer. Así he recibido este comunicado sobre la regularización de los emigrantes. Con una gratitud serena, casi íntima, hacia rostros y nombres que conozco, hacia caminos compartidos, hacia una Iglesia que, cuando es fiel a sí misma, se vuelve casa.

Pienso en CONFER, en Cáritas Española, en el Departamento de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española, en la red REDES. ( https://confer.es/noticias/entidades-de-iglesia-piden-la-aprobacion-de-una-regularizacion-extraordinaria-que-ponga-en-el-centro-la-dignidad-de-las-personas-migrantes/) No son para mí siglas impersonales. Son manos estrechadas, conversaciones largas, historias escuchadas a pie de calle. Son la certeza de que hay una Iglesia que no se queda en los márgenes de la vida, sino que los habita.

Por eso esta esta regularización extraordinaria de personas migrantes no la leo solo como una medida política. La leo como un signo. Como un pequeño giro en la historia donde, por un instante, la dignidad logra abrirse paso entre la maraña de procedimientos.

Congreso de los Diputados. España.
Congreso de los Diputados. España.

Las entidades lo han dicho con claridad: es una medida de responsabilidad política, ética y social. Pero detrás de esas palabras hay algo más hondo. Hay años de acompañamiento silencioso, de ver cómo la irregularidad administrativa no es una categoría jurídica, sino una herida cotidiana.

Porque vivir sin papeles es vivir en suspenso.

Es no poder firmar un contrato sin temblar.

Es no poder abrir una cuenta bancaria como quien abre una puerta.

Es habitar una ciudad que te necesita, pero no te reconoce.

Durante demasiado tiempo, miles de personas han quedado atrapadas en ese limbo donde la vida ocurre, pero no cuenta. Donde se trabaja, pero no se cotiza. Donde se contribuye, pero no se pertenece.

Y sin embargo, la sociedad civil —esa corriente profunda que rara vez ocupa portadas— ha empujado con paciencia. Más de 600.000 firmas. Más de 900 organizaciones. Una marea silenciosa que ha dicho: basta de invisibilidad. Basta de condenar a tantos a la intemperie jurídica.

Desde 2023, estas entidades eclesiales han estado ahí, tejiendo encuentros, insistiendo, recordando una verdad incómoda: que la irregularidad administrativa no es neutra. Genera exclusión. La alimenta. La cronifica.

Los datos lo confirman, pero no hacen falta cifras para entenderlo. Basta con mirar.

Casi nueve millones de personas migrantes viven en España. Muchas de ellas en situación irregular. Y entre ellas, un porcentaje abrumador se encuentra en exclusión social. No porque quieran, sino porque el sistema las empuja hacia los márgenes.

La irregularidad no es solo ausencia de papeles. Es ausencia de derechos.

Por eso, cuando la Iglesia habla —cuando estas entidades hablan— no lo hacen desde una teoría, sino desde la cercanía. Desde la experiencia de quien acompaña a diario a personas concretas, con nombres, con historias, con heridas. Y lo hace, además, desde una convicción que no es negociable: acoger, proteger y dignificar no es una opción secundaria.

Migrantes con derechos
Migrantes con derechos | unknown

Es una exigencia del Evangelio. No un añadido. No un matiz. Una exigencia. Porque en el rostro del migrante, la fe cristiana reconoce algo más que una necesidad social: reconoce una presencia. Y esa mirada lo cambia todo.

Por eso esta regularización no es solo un avance técnico. Es —o debería ser según lo que pensamos muchos con experiencia vital en estos temas — una expresión pública de esa coherencia evangélica que tantas veces reclamamos y tan pocas veces encarnamos.

Significa, en lo concreto, salir de la incertidumbre.

Significa poder trabajar con dignidad, cotizar, contribuir al sostenimiento de lo común. Significa acceder a la sanidad sin miedo, a la vivienda sin trampas, a la educación sin obstáculos invisibles. Significa poder hacer gestos cotidianos —tan simples, tan decisivos— como firmar un contrato o caminar sin el peso constante de la sospecha.

Significa, en definitiva, pasar de la invisibilidad a la presencia.

Pero no conviene engañarse. El camino no será fácil. 

Quedan sombras por despejar: no está claro si quienes hoy se regularicen perderán o no la posibilidad de ver reconocida su solicitud de protección internacional; tampoco cómo demostrar la ausencia de antecedentes cuando el propio país de origen no puede certificarla, como si la palabra tuviera que mendigar credibilidad. Persisten dudas sobre quién puede nombrar la vulnerabilidad sin herirla, sin convertirla en un trámite más. Y todo ello en un tiempo estrecho, casi asfixiante, donde cientos de miles de vidas deberán encontrar cauce en apenas unas semanas.

El propio comunicado lo reconoce: el proceso será complejo, limitado en el tiempo, exigente en lo logístico. Y por eso las entidades piden algo esencial: que la Administración esté a la altura. Y no sea propaganda.

Sociedad
Sociedad

Que ofrezca información clara, medios suficientes, posibilidad de registro presencial para quienes no pueden moverse en el laberinto digital.

Porque de nada sirve abrir una puerta si después no hay camino para atravesarla.

Aquí se juega mucho más que la eficacia de un procedimiento. Se juega la credibilidad de una promesa.

Y, sobre todo, se juega la vida concreta de cientos de miles de personas.

Si este proceso se hace bien, no solo cambiarán sus vidas. Cambiará también la nuestra. Porque una sociedad más justa no es aquella que da desde arriba, sino aquella que reconoce desde dentro. Una sociedad donde nadie quede relegado a la sombra no es solo más humana: es más verdadera.

Por eso celebro este paso. No con ingenuidad, sino con esperanza vigilante. Con la alegría de quien reconoce un avance, pero no olvida todo lo que queda por hacer. Que ya hemos recibido muchas frustraciones y cambios de opinión que disfraza la verdad . Y, sobre todo, con la certeza de que detrás de este momento hay una Iglesia que ha sabido estar. Que ha sabido escuchar. Que ha sabido insistir. Una Iglesia que, cuando camina junto a los más vulnerables, se parece más al Evangelio que anuncia.

Quizá, dentro de unos años, este proceso se recuerde como un punto de inflexión. O quizá se diluya entre otros tantos intentos incompletos. No lo sabemos. Lo que sí sabemos es esto: cada vez que una persona sale de la invisibilidad, el mundo se vuelve un poco más habitable. Y cada vez que la dignidad encuentra un cauce —aunque sea frágil, aunque sea imperfecto— algo del Reino asoma, silencioso, entre nosotros.

Solidaridad humana
Solidaridad humana

He aprendido – con otros- sus propios nombres antes que sus papeles.

He visto – con otros- manos cansadas sostener futuros enteros.

He escuchado –con otros - historias que no caben en ningún formulario.

He acompañado-con otros - silencios más largos que cualquier frontera.

Y sé —porque lo he visto, con otros — que nadie es extranjero cuando alguien te llama por tu nombre.

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