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La paz comienza por la dignidad: cuando Dios tiene cicatrices de mujer esclavizada

Día Mundial Contra la Trata de Personas

Descubrí más de cerca, en mis tiempos de la Conferencia Episcopal , el drama de la trata de personas, especialmente las mujeres víctimas de la esclavitud moderna: Hay  heridas que no sangran, pero sostienen el mundo. Y nombres que no figuran en los tratados internacionales, pero están escritos en la carne de Dios.

Uno de ellos es Josefina Bakhita.

Tenía siete años cuando fue arrancada de su aldea sudanesa. A esa edad en que una niña debería aprender a pronunciar la palabra madre, ella aprendió la palabra amo. Su cuerpo fue mercancía, su nombre borrado, su dignidad subastada. Y, sin embargo, no fue el odio quien tuvo la última palabra. Fue Dios. Un Dios que se dejó encontrar en la noche más oscura del cautiverio.

Por eso cada 8 de febrero, la Iglesia no celebra un recuerdo piadoso: levanta un memorial de acusación. Una liturgia incómoda. Una oración que no anestesia, sino que despierta. La Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas no es un gesto devocional: es una interpelación moral al corazón del mundo.

Trata de personas

Este año, bajo el lema «La paz comienza por la dignidad», Roma y los cinco continentes se han puesto en vela. No para contemplar, sino para resistir. No para llorar solamente, sino para comprometerse. Porque no hay paz posible mientras el cuerpo del pobre siga siendo campo de batalla.

“Diosito me lo bendiga siempre”

La profecía no siempre llega en forma de discurso.

A veces llega en voz baja, con acento humilde, con gratitud desarmada.

«Diosito me lo bendiga siempre».

Con la Red Internacional contra la Trata de Personas Talitha Kum | @Vatican Media

Lo dijo Sylvia Vázquez, una mujer marcada por el abuso, rescatada por la cercanía de un misionero que aún no era Papa. Lo dijo mirando a León XIV, recordando al entonces Robert Prevost, aquel pastor que no pasó de largo ante la fragilidad, que se dejó tocar por la miseria ajena, que fue bueno —simplemente bueno— con los vulnerables y con las mujeres explotadas.

No es una frase ingenua. Es un evangelio condensado. Porque quien ha sido salvado del infierno sabe reconocer la bondad cuando la encuentra. Y porque solo quien ha conocido la oscuridad sabe bendecir con tanta verdad.

Con esas mismas palabras ha querido titular su mensaje Javier Vilanova, obispo auxiliar de Barcelona y responsable del Departamento de Trata de Personas de la Conferencia Episcopal Española y cuyo mensaje  siguen difundiendo ahora tan insistente y creativamente los responsables del Departamento actual  con Mari Fran al frente . No por sentimentalismo, sino por memoria. Porque detrás de cada estadística hay un rostro. Y detrás de cada rostro, una historia que exige justicia.

Una herida que no cicatriza sola

Según Naciones Unidas, 27 millones de personas son hoy víctimas de la trata. Ante estos datos mis compañeros del JRS nos advierten: “Esta realidad subraya la necesidad urgente de adoptar enfoques integrales y humanos para la gestión migratoria: enfoques que amplíen las rutas seguras, fortalezcan los mecanismos de protección y pongan la dignidad humana en el centro, por encima de la lógica de disuasión·

 Mujeres, niños, migrantes, desplazados, pobres sin nombre. La esclavitud no es un residuo del pasado: es una industria global, sofisticada, silenciosa, brutal. Cambia de rostro, se digitaliza, se esconde en contratos, en burdeles, en casas limpias por manos invisibles.

Y nosotros —conviene decirlo sin anestesia— no somos inocentes.

Recordé con crudeza lo que dijo el papa Francisco en 2018 :

«No podemos hacernos los distraídos. El problema no está en la vereda de enfrente: me involucra».

No mirar es una forma de complicidad. Callar es otra. Consumir sin preguntar también.

Por eso esta jornada no admite devotos distraídos ni creyentes neutrales. La indiferencia no es cristiana. Es una traición al Evangelio.

Donde se aprende lo más vital

La trata no empieza en los burdeles: empieza cuando la dignidad deja de enseñarse.

Empieza cuando el otro deja de ser hermano y se convierte en objeto.

Empieza cuando el beneficio vale más que la vida.

Por eso como los responsables eclesiales insisten también  ahora  —con razón— la familia es la primera escuela de humanidad. Allí donde se aprende lo más vital: que nadie es descartable, que el cuerpo no es mercancía, que la libertad no se compra ni se vende

Por eso como los responsables eclesiales insisten también  ahora  —con razón— la familia es la primera escuela de humanidad. Allí donde se aprende lo más vital: que nadie es descartable, que el cuerpo no es mercancía, que la libertad no se compra ni se vende. Y también en las parroquias, en los colegios, en la catequesis que no puede seguir hablando de Dios mientras ignora a las víctimas.

La Iglesia no vencerá esta lacra con documentos, sino con presencia. Con hermanas y hermanos que acompañan, escuchan, rescatan, protegen. Con redes como Talitha Kum, que han hecho del cuidado una forma de resistencia evangélica. Con manos que sostienen cuando todo se derrumba.

La paz no se firma: se encarna

Del 4 al 8 de febrero, Roma es un corazón en vigilia: procesiones de velas, oraciones ecuménicas, peregrinaciones digitales, silencios compartidos. No como espectáculo, sino como signo. Porque la paz no se decreta desde los palacios: se encarna en los cuerpos liberados.

Una súplica pública. Un grito manso pero firme: basta. Basta de cuerpos rotos. Basta de infancia robada. Basta de mujeres esclavizadas en nombre del beneficio. Mi diócesis actual en Alcalá también lo dice claro “El evangelio es fuerza de liberación y de vida nueva«, según explican desde la delegación diocesana de migraciones.

Bakhita sigue caminando

Santa Josefina Bakhita no ha muerto.

Camina hoy con las mujeres rescatadas.

Llora con las niñas explotadas.

Resiste con quienes se niegan a aceptar que el mal tenga la última palabra.

Ella nos recuerda que Dios no abandona los mercados de esclavos, que su presencia no huye del barro, que la santidad puede nacer en el infierno. Y que la paz —la verdadera— comienza siempre por la dignidad.

Todo lo demás es mentira.

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