El último viaje de los nadies

Hay algo todavía más doloroso que contar a los muertos: preguntarse qué se hizo —y qué no se hizo— para evitar que murieran. Porque detrás de los 145 fallecidos que la ONG Caminando Fronteras contabilizó durante la crisis de Ceuta, no hay solamente una tragedia humana; hay también una pregunta que sigue abierta: ¿qué se hizo para impedir que aquellas personas acabaran muriendo?

Ceuta
Ceuta | Ep

Hay algo todavía más doloroso que contar a los muertos: preguntarse qué se hizo —y qué no se hizo— para evitar que murieran. Porque detrás de los 145 fallecidos que la ONG Caminando Fronteras contabilizó durante la crisis de Ceuta, no hay solamente una tragedia humana; hay también una pregunta que sigue abierta: ¿qué se hizo para impedir que aquellas personas acabaran muriendo? La organización contabilizó 78 cadáveres recuperados en Ceuta y otros 67 en territorio marroquí. Resulta demasiado terrible como para que nadie pueda permitirse mirar hacia otro lado.

Y aquí comienza el verdadero desgarro. Porque una tragedia de esta magnitud no puede terminar en el recuento de cadáveres, en las declaraciones políticas ni en la sucesión de titulares que pronto desaparecen de las pantallas. La pregunta sigue siendo mucho más sencilla y mucho más incómoda: ¿cómo puede ocurrir que 145 personas mueran intentando llegar a una orilla y que, después de la tragedia, sigamos hablando más de políticas, fronteras, controles y responsabilidades que de las vidas que se perdieron?

Hay, además, algo particularmente insufrible después de una tragedia: la batalla por el relato. Cuando todavía no se han secado las lágrimas, comienza el esfuerzo por explicar lo ocurrido de una manera que permita a cada cual situarse a salvo de la responsabilidad. Unos señalan a otros, - por ejemplo sobre el tratamiento de los menores- unos hablan de fronteras, otros de mafias, otros de decisiones ajenas, otros de circunstancias inevitables. Y mientras las palabras buscan culpables lejos, los muertos permanecen exactamente donde quedaron.

19 cadáveres en Ceuta
19 cadáveres en Ceuta

No es que una sociedad democrática no deba buscar explicaciones. Al contrario: hay que conocer los hechos, confrontar versiones y determinar responsabilidades con pruebas y garantías. Pero otra cosa es utilizar el relato para diluir el impacto de la tragedia, desplazar responsabilidades o hacer que siempre parezcan pertenecer al otro, especialmente a quien tiene menos posibilidades de imponer públicamente su versión. Quien dispone de instituciones, portavoces y medios puede hacer que su interpretación llegue antes y más lejos. Pero ¡ Quien ha muerto en el mar no tiene portavoz¡ . Quien ha perdido a un hijo en una frontera no dispone de una rueda de prensa. Y quien vive en la vulnerabilidad difícilmente puede competir por el significado de su propia tragedia.

Por eso habría que desconfiar de los relatos demasiado rápidos. Antes de decidir quién tiene la culpa, habría que saber qué ocurrió. Antes de repartir responsabilidades, habría que conocer qué información existía, qué decisiones se tomaron y qué alternativas había. Y antes de convertir una tragedia en argumento político, habría que recordar algo elemental: allí no había argumentos, sino personas. Cuando el relato consigue imponerse sobre los hechos, los muertos pueden quedar sepultados por una avalancha de palabras que habla de ellos sin escucharles.

Cruz Roja y la ONG Sur Sur repartiendo alimentos básicos el pasado lunes en Ceuta.
Cruz Roja y la ONG Sur Sur repartiendo alimentos básicos el pasado lunes en Ceuta. | Iván Zambrano/Ep

Ciento cuarenta y cinco. Dicho así, parece solamente un número. Una cifra que cabe en una línea de periódico y que puede desaparecer al día siguiente bajo otra noticia. Pero una cifra es también una de las formas más eficaces de esconder el rostro humano de una tragedia. Porque 145 no son 145. Son 145 vidas, 145 historias interrumpidas, 145 familias, 145 rostros y voces que alguien amaba y esperaba. Cuando decimos “145 muertos”, corremos el riesgo de olvidar que antes de ser muertos fueron personas. Y que nadie debería morir dos veces: una bajo las aguas o frente a una frontera y otra bajo el peso del olvido.

Quizá por eso me viene a la memoria Eduardo Galeano y su estremecedor texto Los nadies. Galeano escribió sobre aquellos seres humanos condenados a existir en los márgenes de nuestra mirada, los que tienen tan poco espacio en la historia que incluso su dolor parece carecer de importancia. Los llamó “los hijos de nadie, los dueños de nada” y escribió que “no tienen nombre, sino número”. Hay una terrible actualidad en esas palabras cuando pensamos en quienes mueren intentando atravesar una frontera. Primero fueron personas con nombre y apellido; después se convierten en migrantes; más tarde, en cuerpos; finalmente, en una cifra.

Pero no eran nadie. Fueron alguien para alguien. Y esa debería ser una de las preguntas más hondas ante cualquier tragedia: ¿quién pronunciará ahora sus nombres? ¿Quién recordará que detrás de cada cuerpo hubo una historia, una familia, una esperanza? El mar no distingue entre nombres, nacionalidades o documentos. La muerte tampoco. Somos nosotros quienes establecemos esas diferencias y quienes, demasiado a menudo, terminamos acostumbrándonos a ellas.

Lo más inquietante es que la pregunta no debería comenzar después de la muerte, sino antes. Antes de que alguien se lance al agua y quién o qué les empuja . Antes de que alguien se agarre a un flotador. Antes de que una multitud desesperada corra hacia una frontera. ¿Dónde estaban las políticas capaces de impedir que la desesperación llegara hasta ese punto? ¿Dónde estaban la previsión, la protección y los mecanismos capaces de responder ante una situación de semejante magnitud?

Lo más inquietante es que la pregunta no debería comenzar después de la muerte, sino antes. Antes de que alguien se lance al agua y quién o qué les empuja . Antes de que alguien se agarre a un flotador. Antes de que una multitud desesperada corra hacia una frontera. ¿Dónde estaban las políticas capaces de impedir que la desesperación llegara hasta ese punto? ¿Dónde estaban la previsión, la protección y los mecanismos capaces de responder ante una situación de semejante magnitud?

Porque cuando la política llega después de los muertos, llega demasiado tarde para ellos. Puede discutir procedimientos, reforzar fronteras, repartir responsabilidades, anunciar medidas o abrir investigaciones. Todo eso puede ser necesario. Pero ninguna decisión posterior devuelve una vida. Ningún comunicado resucita a un hijo. Ningún debate devuelve a una madre la voz que esperaba escuchar.

El drama de las migraciones. Ceuta, España.
El drama de las migraciones. Ceuta, España.

Desde la mirada cristiana, esa desigualdad resulta todavía más insoportable. El Evangelio no habla de seres humanos importantes y seres humanos secundarios. El herido del camino no necesita presentar sus papeles para despertar la compasión del samaritano. El samaritano se acerca porque hay un hombre herido. Nada más. Y nada menos. Quizá eso sea lo primero que estamos llamados a recuperar: la capacidad de reconocer que la dignidad de una persona no depende de su pasaporte, su religión, su lugar de nacimiento ni de la frontera que intentaba atravesar.

Por eso necesitamos la memoria. No una memoria convertida en resentimiento, sino una memoria que nos haga más humanos. Recordar a los muertos significa reconocer que estuvieron aquí, que existieron y que su muerte no puede convertirse simplemente en una cifra. La memoria es, en cierto modo, la última casa que podemos ofrecer a quien ya no tiene casa. Y rezar por ellos es también una manera de pronunciar ante Dios un nombre cuando el mundo ha dejado de pronunciarlo.

Bécquer escribió unos versos que parecen atravesar el tiempo y llegar hasta nosotros con una fuerza intacta: “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!” Los vivos podemos cerrar una pantalla, cambiar de canal, olvidar una noticia y continuar con nuestras vidas. Los muertos, en cambio, permanecen. No pueden regresar. No pueden explicar qué sucedió. No pueden pedir justicia. Por eso somos nosotros quienes debemos mantener viva su memoria.

Quizá aquí esté nuestra última responsabilidad: no permitir que, además de morir, sean olvidados. Por eso, humildemente escribo estas letras.  Que la búsqueda de justicia no sea venganza, sino compromiso para que ninguna persona tenga que jugarse la vida para encontrar un lugar donde vivir y para que una tragedia semejante no vuelva a repetirse.

Quizá aquí esté nuestra última responsabilidad: no permitir que, además de morir, sean olvidados. Por eso, humildemente escribo estas letras.  Que la búsqueda de justicia no sea venganza, sino compromiso para que ninguna persona tenga que jugarse la vida para encontrar un lugar donde vivir y para que una tragedia semejante no vuelva a repetirse

Porque los “nadies” de Galeano nunca fueron nadie. Fueron nuestros semejantes, otros “yo” como nosotros, aunque no conociéramos sus nombres. Ninguna estadística puede responder: ¿qué hacemos los vivos con la memoria de quienes ya no pueden hablar?

Podemos pasar la página. O podemos detenernos y reconocer que también ellos pertenecen a la familia humana.

Que nadie muera dos veces. Que nadie sea solamente una cifra. Que nadie vuelva a convertirse en uno de esos “nadies” de los que hablaba Galeano.

Y cuando ya no quede nada más que decir, que al menos quede la oración de Bécquer, atravesando los siglos como una campana en medio del silencio:

«¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!»

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