Venezuela, la herida, la esperanza y la diplomacia del incienso barato

No se libera un país entrando con armas cuando no se entra con el alma

Una mujer sostiene un pasarporte de Venezuela
Una mujer sostiene un pasarporte de Venezuela | EFE

Venezuela ha vuelto a ser escenario de una de esas irrupciones que la historia conoce demasiado bien y que el Evangelio desenmascara sin rodeos: cuando el poder, desde dentro o desde fuera, se disfraza de salvación.

La caída de Nicolás Maduro, arrancado del poder por una intervención armada extranjera, ha sido presentada como una victoria moral, como un acto quirúrgico para extirpar una dictadura enferma. Pero a ello se suma la ambivalencia de la comunidad internacional, incapaz de decidir si abrazar el nuevo “orden” impuesto por la potencia norteamericana o escuchar las voces de la oposición democrática. Esa vacilación revela algo más profundo: una traición silenciosa a los principios éticos con los que solemos adornar nuestras doctrinas de progreso.

Cuando estas mismas voces guardan silencio ante invasiones o intervenciones en otras latitudes —menos estratégicas, menos ricas en recursos, menos importantes mediáticamente—, la incoherencia se vuelve escandalosa. O peor aún: se convierten en equilibristas que intentan contentar a todos, aun a costa de traicionar a las víctimas de un país que está siendo desmembrado por la lógica del mercado y del poder. Así se preservan intereses, dentro y fuera, mientras se vacían de contenido las palabras justicia y democracia.

Ataque a Venezuela
Ataque a Venezuela

No se libera un país entrando con armas cuando no se entra con el alma.

Porque Venezuela no es solo un tablero estratégico. Es un pueblo crucificado desde hace años, desangrado por un régimen que no supo dar cauce estable a la esperanza de los pobres y por una comunidad internacional que aprendió a mirar hacia otro lado mientras el sufrimiento no alterara los mercados. La dictadura chavista convirtió el sueño bolivariano en una liturgia vacía; ahora otros –desde dentro y desde fuera, sin consultar a nadie–, pretenden convertir la caída de Maduro en una oportunidad de negocio o de mantenimiento de poder. Cambian los actores, pero el altar sigue siendo el mismo.

En ese altar también se ofrecen los cuerpos y los destinos de millones de emigrantes y exiliados. Porque mientras tanto, innumerables venezolanos han salido de su país como quien huye de una casa en llamas, llevando apenas la memoria y el nombre. Han cruzado fronteras, mares y desiertos, buscando desarrollo y/o dignidad. Que se lo pregunten a España y también a Colombia. Son el verdadero viacrucis de esta historia: madres que dejaron hijos, abuelos que quedan lejos, jóvenes que aprendieron a conjugar el verbo esperar en otra lengua. Ellos tampoco fueron consultados cuando se decidió el futuro de su patria en despachos lejanos.

Un joven inmigrante venezolano vende caramelos en Honduras
Un joven inmigrante venezolano vende caramelos en Honduras | EFE

Pero también ellos –los de dentro y los de fuera– permanecen en una espera frágil, sostenidos por una comunidad internacional que juega a dos bandas: un gesto al nuevo poder impuesto, otro a la oposición democrática, sin comprometerse de verdad con ninguno. Es la diplomacia del incienso barato, que se quema sin olor ni fuego. Se invocan los derechos humanos como consigna, pero se negocian como moneda. Se habla de democracia mientras se tolera que sea administrada desde fuera.

En medio de este drama, la voz del papa León XIV se alzó con la claridad de quien no confunde prudencia con silencio. Durante el Ángelus del 4 de enero expresó su profunda preocupación por la situación en Venezuela y reclamó que el bien del amado pueblo venezolano prevalezca por encima de cualquier otra consideración. El Pontífice pidió respeto pleno a la soberanía nacional y al Estado de derecho inscrito en la Constitución, llamó a superar la violencia y a emprender caminos de justicia y de paz, con una atención especial a los más pobres, siempre los primeros en pagar el precio de las ambiciones ajenas. No fue una declaración diplomática, sino una llamada moral.

León XIV y Venezuela
León XIV y Venezuela

Aquí se revela la gran herida ética de nuestro tiempo: los principios solo parecen sagrados cuando no incomodan a los intereses. Y el silencio se vuelve prudencia, y la prudencia se convierte en complicidad o en palabras ambiguas. Venezuela importa no por sus empobrecidos, ni sus niños, ni por sus migrantes, ni por sus ancianos, ni por la generación de una noble democracia interna, fuerte y desarrollada… sino por lo que yace bajo su suelo. Y esa es una blasfemia que ningún lenguaje político debería normalizar.

Desde una mirada creyente, la pregunta no es quién gana poder, sino quién pierde dignidad. No quién controla el territorio, sino quién escucha el clamor del pueblo

Desde una mirada creyente, la pregunta no es quién gana poder, sino quién pierde dignidad. No quién controla el territorio, sino quién escucha el clamor del pueblo. Jesús no expulsó a los opresores con legiones extranjeras, sino desenmascarando el corazón de un sistema injusto 

Venezuela sigue esperando. No por los deseos impuestos desde fuera ni administrada por los fuertes, sino una realidad política y social que brote de la verdad, de la justicia restaurativa y del respeto a su soberanía herida. Mientras tanto, su pueblo —dentro y fuera del país— continúa creyendo, contra toda evidencia, que la historia no está cerrada y que Dios no ha firmado contratos con ningún poder que olvide las nobles aspiraciones democráticas, y la dignidad con la justicia hacia los más pobres.

Porque la esperanza, cuando es auténtica, nunca se invade.

Ni desde dentro ni desde fuera.

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