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El diosito

El diosito

           En mi relación con los emigrantes venidos de la América hispana me he encontrado con frecuencia con personas que hablan de Dios en diminutivo. A veces le ponen delante un artículo determinado el diosito o incluso un posesivo, mi diosito. Con ese mío no tienen intención de quitárselo a los demás, pero hay momentos en que necesitan una atención exclusiva

           Ni que decir tiene que desde mi atalaya de suficiencia europea me pareció fruto de la ignorancia y de la incultura su calificativo para Dios. Aquellas personas no habían oído jamás hablar de los entresijos de la Trinidad, ni de la trascendencia o inmanencia de Dios y lo estaban rebajando sin sentido. Pero tenían muy claro, aunque no lo conocieran, el himno de Filipenses 2,6-11 que habla de la humildad y el anonadamiento de Jesucristo que no se aferró a su divinidad para hacerse hombre como nosotros y compartir nuestra vida. Y como Jesucristo es la imagen de su Padre, debemos pensar que nuestro Dios también renunció a sus poderes

           Durante mucho tiempo el mundo occidental se aferró las ideas del libro de Cicerón, De amicitia, para defender que no podía existir verdadera amistad entre dos clases distintas. De un plumazo renunciaban a los textos del Nuevo Testamento en los que hablaba Jesucristo de sus amigos ¿Cómo podía hablar de amigos, el mesías esperado, el hijo de Dios?

           Desde la vejez y sus problemas he entendido este diminutivo para Dios. Se ha hecho pequeño y cercano para estar con nosotros, se ha bajado de los altares dorados para pisar nuestro suelo. El diosito, se tiene que escribir con minúscula, porque la divinidad ha renunciado a su fasto, a estar por encima de nosotros encumbrado en los altares. Nuestro Dios europeo nos cobija y abraza, pero este diosito americano se deja también abrazar que es lo que hacen los amigos, funden sus cuerpos y espíritus para demostrar el afecto que les une

           No soy capaz de llamar a mi Dios, diosito, por qué me lo impiden mi cultura y estudios, pero envidio a los que lo hacen si de verdad piensan o intuyen lo que sus palabras significan

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