La Asunción contra la muerte

Jesús Mauleón, poeta y cura
14 ago 2013 - 11:37

Al margen de complicadas consideraciones teológicas, cuando la Iglesia celebra la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos, hace un formidable acto de fe en la vida eterna. Vida y eternidad adelantadas en plenitud para María. Se afirma su llegada excepcional a la gloria y de paso se nos recuerda con san Pablo -2ª lectura de la Misa- que "el último enemigo aniquilado será la muerte". Será aniquilado.

El poema que sigue lo escribí durante el duelo por la muerte de mi madre ante este precioso retablo de Juan de Beauvais en la iglesia de Unzu, un pueblecito minúsculo cercano a Pamplona. La parroquia tiene como patrona y titular a la Asunción. El retablo (de 1559) va al paso siguiente: la coronación de la Madre por el Hijo en el cielo.

CORONACIÓN

Ante el retablo de la coronación de la Virgen,

de Juan de Beauvais, en la iglesia de la Asunción

de Unzu (Navarra).

¿Habrá una voz que diga por qué tiemblo

o de dónde esta luz que me deslumbra,

de dónde o cómo el oro y el resplandor se casan con la gloria?

Aquí Juan de Beauvais se puso de rodillas.

Aquí amó primero la madera,

la besó, la acarició soñando, con la gubia

insistente la hirió

como se hiere a veces lo que se ama.

Y aquí te dio tu cuerpo, tu belleza sin muerte,

y te sentó en un trono,

oh Cristo poderoso sobre el techo del tiempo.

¿Habrá alguna voz que diga por qué puso tanta hermosura

en la mujer triunfante que sentó a tu derecha

o de dónde la perfección de una mujer y un cuerpo

y el fulgor arrancado de los sueños de Italia?

Rafael Sanzio y Miguel Ángel llegaron a esta fiesta de bodas

entre la perfección y el éxtasis.

Acudieron al rostro de ovalado perfecto,

como en giro inclinado en la dulzura

a la plena, viva redondez de un astro.

Oh Virgen madre:

el oro que te ciñe y se repliega en ti te da esplendor de reina.

Tu diestra es ala blanca sobre el pecho, y la siniestra vuela hasta el costado del Hijo.

La serenidad hace cielos tus ojos,

grandes y abiertos a la piedad y ahora a la gloria.

¿Habrá voz que descifre por qué se llama escalofrío

este estremecimiento de felicidad vecino a la congoja,

o cómo

he de sobrevivir mientras contemplo

a este Cristo triunfante que volvió de la muerte?

Ya el Hijo poderoso levanta una corona de oro

hacia la cabeza de la madre.

Ella también murió, como Tú, como todos murieron

o morirán un día.

Mas el arte proclama

que quedó para siempre derrotada

la noche de su muerte.

Porque tú ahora coronas de vida

a la ya inmortal. Los ángeles

lo afirman y rodean vuestra gloria

de un celestial revuelo.

Pronuncia el Padre arriba su sí omnipotente. Y la Paloma

aplaude en el asenso de sus alas.

Cristo mío, eterno, que colocas

la estrella de tu madre a tu derecha:

mírame deslumbrado, pero herido,

vuelto a ti y a tu madre pero solo,

abriendo bien los ojos y tratando

de adivinar en ella los rasgos de la mía

que acaba de morir.

Envíame tu luz y tu verdad

que reduzcan en mi corazón la muerte a una mentira.

Casi estoy ya en la gloria,

pues veo vuestro cielo a través de las lágrimas.

Oh Cristo que no muere, oh Madre coronada

de eternidad en el silencio puro

en que duerme este templo y esta aldea

más arriba del tiempo.

Oh, María, reina en la vida, madre

de mi madre, que con amor llevó tu propio nombre:

apenas te levantes de ese trono

y vuelvas coronada al cielo de los muertos

mírala con amor, bésala, dile:

“Hija mía”.

Aunque ya sé,

Jesús, Hijo del Padre y de María,

que ya la has tomado de la mano,

la has metido en tu cielo

y la has tratado ya como a una reina.

(De Este debido llanto, Madrid, Vitruvio, 2010).

También te puede interesar

Lo último

stats