Colmena urbana, lejano vecindario

Jesús Mauleón, poeta y cura
13 jun 2013 - 22:39

Lo sabe todo el mundo. Las colmenas urbanas nos unen bajo el mismo tejado a cientos y cientos de vecinos con un trato muy reducido para tan apretada proximidad. Yo vivo y duermo en una de esas colmenas desde hace cuatro decenios. Doscientas veinte viviendas y tres portales. No faltan nunca algunas familias inmigrantes. Conoces muchas caras, algunos apellidos familiares, menos nombres de los miembros de esas familias. Nos saludamos al cruzarnos en el portal o en el ascensor. Hablamos del tiempo o de Osasuna, si el conocimiento mutuo no da para más. Algunos han llegado a la vecindad recientemente. En general, las relaciones son escasas. Y no porque uno no cuente con excelentes vecinos. Lo son. Si tengo algún problema de menaje y llamo a su puerta, acuden amistosamente. Lo mismo yo si son ellos quienes llaman a la mía. Pero la vida actual, con la omnipresente televisión y todas o la mayoría de las necesidades materiales resueltas, nos mete a cada uno en nuestra casa.

Nada que ver con las relaciones francas y constantes en nuestros pueblos de antaño. También hoy se resienten estos pueblos, y hasta las más pequeñas aldeas, de la soledad y el aislamiento de sus habitantes. Por cierto, para los creyentes la Misa del fin de semana es, en algún caso, la única ocasión de encuentro vecinal.

No me detengo más. Ahí va ese poema dirigido, desde las limitaciones señaladas, a mis numerosos vecinos de portal.

HOY OS VOY A DECIR

A mis vecinos de la Plaza de los Castaños, 5 de Barañáin

Hoy os voy a decir que ese vecino grave

que os dice “buenos días, “buenas tardes”,

(si es en el ascensor, divaga sobre el tiempo),

hoy os voy a decir que si sonríe

y dice una palabra cariñosa a los niños

o sale distraído con un verso invisible

rondándole la frente

y apenas si repara en vuestros pasos,

o lo veis cavilando mientras roe

su buzón del correo,

hoy os voy a decir que tras de la cortina

o el velo respetuoso de tantas convenciones

os sigue, os reconoce, recuerda algunos nombres y apellidos,

vio crecer vuestros hijos, alguna vez

os estrechó la mano

u os dijo una palabra temblorosa, o rota,

cuando la muerte os asaltó la casa.

Si vuelve a su silencio, a su saludo escaso

o si en el ascensor duda o pronuncia

palabras de relleno,

aquí os jura que a sus ojos nunca

fuisteis indiferentes y que ve en vosotros

la cara cotidiana de una extensa familia.

Y porque ya su historia se hace larga en el tiempo,

quiere dejar bien claro y por escrito

que está en su corazón mucho más cerca

de todos sus vecinos que las pocas palabras

que siempre pronunció, tan cerca,

como el calor atento o distraído

con que lleva a vosotros su mirada.

Ay, mis viejos vecinos de decenios,

o los recién llegados, que dormís

bajo el mismo tejado que nos cubre:

sabed

que tenéis mi respeto acumulado,

y sabed,

aunque el falso pudor no nos deje decirlo,

que sois míos y os quiero.

(Barañáin, julio de 2009)

(De Apasionado adiós, Madrid, Vitruvio, 2013).

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