Cuando a Mario Vargas LLosa...

Jesús Mauleón, poeta y cura
08 ene 2014 - 11:24

Cuando a Mario Vargas Llosa le entregaron el premio Nobel de Literatura, entre otras cosas muy sustanciosas de su discurso, recordó al Hermano Justiniano, del Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia), con quien aprendió las primeras letras. Al oírlo, mi recuerdo se fue inmediatamente a sor Pilar, que me enseñó a leer a los tres años. Era un colegio muy parcamente subvencionado por el Municipio de mi pueblo (Arróniz, Navarra, en las últimas estribaciones de la falda suroeste de Montejurra). Nuestros padres pagaban por cada niño una cantidad irrisoria. El resto lo ponía la sobriedad de aquellas mujeres, Hijas de la Caridad y del buen sentido. La bendita sor Pilar, la de los más pequeños, por su edad, habrá muerto hace tiempo. Sor Consuelo, con la que aprendíamos después las tablas de multiplicar al compás de la "chasca", falleció hace muy poco con cerca de cien años. Sor Milagros me enseñó a ayudar a Misa en latín, Ad Deum qui laetificat iuventutem meam, al Dios que alegra mi juventud, y ahora mi vejez. Ella se fue al cielo con alas bastantes años antes.

Pero, volviendo a sor Pilar, que hacía el milagro de meter las letras en la molleras más tiernas, era una mujer tímida, de pocas palabras, pero de mucho empeño y voluntad en lo que emprendía con los alumnos. Que en mi memoria sea un personaje querido e imborrable lo entenderá quien lea este poema.

DE CUANDO SOR PILAR ENSEÑÓ A LEER AL POETA NIÑO

Allá, casi en el alba

de mi propia memoria

va y viene sor Pilar, su blanca toca abierta

presta a volar, hábito azul, rosario inmenso

colgado a su cintura,

ave maría purísima, niños, dos sonoras palmadas

Y allí empezaba el juego

goloso de las letras, aquel cruce

de teatro y festín,

que llenaba la grada de sabores,

lances y sobresaltos.

Su toca aleteaba

al entonar los nombres

de los cuatro elegidos, les ponía el babero,

su letra grande, clara, sobre el pecho,

a ver, niños, la b, fundidos en un grito,

la o, una pausa, y ahora las dos juntas, bo.

la b y la o otra vez y todos, bo,

vamos, las cuatro juntas, ¡bo-bo!,

de remate las risas, dos palmadas, atentos.

Tocaba el turno luego a cuatro niñas, sus baberos, sus letras,

m, a, ma, m, a, ma

todos juntos mamá, risa jolgorio.

Después juntaba niños, niñas y jugando ponía

palabras como rosa,

caballo, libro, fuego, padre, casa.

Cuando estaban cansados, niños, dos palmadas,

basta por hoy, todos a vuestros bancos.

La escuela era casi sólo

de jugar y jugar, sin medidas ni horario

cantar las oraciones a compás,

hacia atrás y adelante nuestros cuerpos,

a golpes de oleaje y cabeceo,

oh María sin pecado concebida,

casi sólo jugar, también reñir, hablar a voz en grito,

rogad por nosotros, rogad por nosotros

que recurrimos... a Vos.

Y a veces, como un premio

la fiesta de las letras, aquel juego

que empezó en los baberos

y que enseñaba todas

las letras de la Biblia o el Quijote...

Y aquella monja seria que a la usanza de tiempo

tiraba de la oreja a los “borricos”

va y me llama a su mesa. Yo tenía

poco más de tres años,

a ver, aquí el catón, empieza.

Y voy y leo, leo golpeando las sílabas

con toda la firmeza de mi cuerpo:

Mi ga-to se lla-ma Ca-re-to.

Es pe-que-ñi-to..., y Sor Pilar de pronto cubre

con sus manos la página,

sonríe por los ojos, por la boca,

sorprendida, feliz, se ríe, grita,

pero Jesús, si ya saber leer,

y otra vez grita,

si ya sabes leer,

y repite, repìte,

si ya sabes leer...

Y va y me estampa un beso

igual, igual que un beso de mi madre.

Luego cerró aquel libro, hala, vete

a jugar, a reñir, a hablar a gritos,

a esperar el final, las dos palmadas, niños, manos juntas,

Os damos gracias, Señor,

porque nos habéis asistido con vuestras luces...

para ir a casa

y contarlo a mis padres,

a fin de que

las cosas

que hemos aprendido

nos sirvan

para nuestro bien

espiritual y corporal,

como una historia más de aquella infancia

ignorante, dichosa,

arbolillo creciendo, cada día más alto,

sin sospechar entonces que aquel día

me había dado un estirón el alma,

y el saber, el sabor de aquellas letras

me hacían más feliz, y en adelante

más dueño de la vida.

(Barañáin, 30 de noviembre de 2011)

(De Apasionado adiós y otros poemas, Madrid, Vitruvio, 2013).

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