Salmo responsorial del próximo domingo

Tiempos recios los que nos toca vivir. Guerras, terrorismo, grandes masas humanas de desplazados y de refugiados sin refugio, graves incertidumbres en la política internacional y algunas muy importantes en nuestra propia casa. Desigualdad y pobreza extrema de muchos cientos de millones de hermanos. Se añade a ello la ola de frío y de descreimiento en este viejo continente nuestro.

El miedo y la incertidumbre son como una ropa pegada a la historia del hombre. Nos da una respuesta de oración el autor del salmo bíblico, que libre y modestamente recreo.


EL SEÑOR ES MI LUZ
(Salmo 26)


El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?


La enfermedad, el paro,
la apretura económica,
el dolor y la angustia,
hasta la muerte misma
no podrán con nosotros.


Por más que el mundo entero
nos proponga otros dioses,
aunque se vuelva todo del revés
y de pronto aparezca
el mundo cielo abajo y tierra arriba,
aunque la fe nos llene de enemigos
poderosos y a muerte,
o de falsos amigos que nos vengan
a vendernos sus lotes placenteros
como dioses más ciertos y visibles:
lo tomamos con calma.


Si nos maltratan enconadamente
o nos toman por tontos o apocados
y si condescendientemente nos dedican
la conmiseración de una sonrisa,
no nos quitan la paz.


No nos consideramos
más puros que los otros
ni mejores que nadie,
pero sí bien seguros
de tener su verdad
y el valor de su brazo a nuestro alcance.


Aunque un ejército de ateos y descreídos o de falsos creyentes
acampe contra nosotros,
nuestro corazón no tiembla.


Aunque en nuestros días
no esté de moda pronunciar su nombre
y pudorosamente lo silencien
incluso
quienes lo reconocen como dueño,
nosotros lo invocamos
y qué amorosamente lo nombramos.


Una cosa pedimos al Señor
y la buscaremos
en casa y en la calle, día y noche,
siempre y en todas partes,
en los instantes todos y de todas
las maneras posibles:


habitar por siempre en su casa,
habitar en el mundo, que es su casa,
amarlo a todo trance y, ante todo,
en el templo del hombre que Él habita,


gozar de la dulzura del Señor,
de su paz, de su vida en nuestra vida,
de su energía para nuestra lucha,
tenerlo siempre aquí como una fiesta
y como una presencia que no falla.


Él nos protegerá en su tienda del mundo
mientras la vida en el peligro dura.


Él nos esconderá sin que metamos
la cabeza y los ojos bajo el ala
y, sin hurtarnos a la diaria lucha,
sabrá alzarnos seguros
a la roca feliz de su firmeza.


(De Salmos de ayer y hoy, Estella, EVD, 2008).
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