Un aire irrespirable

Jesús Mauleón, poeta y cura
17 jul 2013 - 12:32

La corrupción es un monstruo sin edad. La injusticia es de siempre. Quienes llevamos recorrido ya un largo trecho de nuestra vida la hemos tenido una y otra vez ante nuestros propios ojos. Su pestilencia ha puesto ante nuestras narices el regalo de un aire irrespirable. En algún caso se ha sustanciado en los tribunales con resultados de condena. Condena suavizada en su aplicación por la colaboración de los poderes. En otros sigue y sigue y cuando llega al final se difumina en nada o casi nada, para que continúe siendo cierto aquello de que “en la cárcel no hay más que pobres”, como declaró con dudoso humor un insigne inculpado que había pasado fugazmente por ella. Lo de devolver el dinero robado parece una ocurrencia de simples, una exigencia de ingenuos.

La corrupción es antigua como el mundo. Y, en estas tierras, tan cercana que se toca con las manos. Anda por ahí un mapa de la corrupción en España que llena de rojo bravo la piel de toro.

El salmo que sigue ya apareció hace tiempo en este blog. Pero, bueno, también repetimos cada día el Padrenuestro, los salmos y otras oraciones vocales más modestas. La que ofrezco, inspirada en un salmo, puede tener quizá estos días su punto de actualidad.

VEN, DIOS JUSTICIERO

(Salmo 94)

Déjate ver, Señor. ¿Dónde te escondes?

¿Dónde te metes mientras los soberbios

maquinan a sus anchas?

¿Hasta dónde

piensan llegar? ¿O cuando

ha de tener su fin

toda la prepotencia que los mueve?

¿Hasta cuándo verán de triunfo en triunfo

que a poder y maldad todo les vale?

Babean sin decir una palabra

que no sea mentira.

Roban sin compasión, bien rodeados

de solemnes consejos

y mudas secretarias.

No les tiembla la mano

ni ante los atropellos ni ante el crimen.

Están tan en la muerte y la basura

que apestan a cloaca y a cadáver.

Si les sirve a sus fines,

suman la fuerza de sus insolencias

contra toda justicia,

ofenden la razón, toman por niño

o por tonto a tu pueblo.

Pero tú, oh Dios, jamás has sido sordo,

jamás tienes la mente adormecida,

ni tapiada la boca

ni vendados los ojos.

Jamás dejaste sin castigo

a quien persiste en corromper sus manos.

¿Quién se colocará de nuestra parte

para desbaratar a los corruptos?

¿Quién habrá de ponerse a nuestro lado

frente a tantos rufianes de corbata?

Cuando nos parece que vamos a caer,

la fe en ti,

en tu bondad y tu misericordia, nos sostiene.

En ti encontramos, a pesar de todo,

un apoyo firmísimo

para poner bien alta la esperanza,

en ti y en tantos hijos tuyos

que mueve la honradez y la justicia

y respetan tu nombre.

¿Podrán, Señor, contigo todos los malvados,

aunque amañen

la ley a su medida

y aunque se salten cuando los condena

la ley que ellos hicieron?

Señor: sólo sabemos

que nunca has de querer así las cosas.

Nunca

tu corazón de padre

te sufrirá que se machaque al inocente,

nunca que nos quedemos impasibles

ante la iniquidad y la vergüenza.

Porque tú eres nuestro juez y nuestro alcázar.

Tú nos has dado

la dignidad y la palabra

para alzarnos sin miedo,

para encender las luces

y para alzar la voz

y levantar en armas

todas nuestras razones.

Para hacer la justicia.

(Salmos de ayer y hoy, p. 139-41,

Obra poética, p. 355).

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