Tres bendiciones de la mesa

Hay mucha gente que no reza antes de comer (y tantos que tampoco pueden hacer juntos la comida principal). Hay mucha gente que no reza en casa a ninguna hora del día. Cuando escribo “gente”, pienso también en familias de tradición católica que siguen bautizando a los hijos, llevándolos a la catequesis y Primera Comunión y, en no pocos casos, a la Confirmación. Pero no rezan en familia.

“Todo está bendecido”, decimos a veces los clérigos benévolamente. Todos estamos bendecidos por Dios Padre en su Hijo Jesucristo. Pero necesitamos levantar los ojos y el corazón hacia Él para responder a su amor y dar sentido a nuestra vida. Para vivirla y hacerla mejor. Y los hijos, especialmente en la infancia y adolescencia, necesitan el ejemplo de unos padres que creen y rezan juntos, que no se avergüenzan de confesar su fe ni descuidan la oración en familia.

Se echa en falta entre nosotros la costumbre de improvisar nuestras oraciones familiares como lo han hecho con naturalidad muchos de nuestros hermanos separados protestantes. (El cine americano lo trae en ocasiones a nuestras pantallas de televisión). Con palabras improvisadas o con sencillas fórmulas como las que propongo, importa que la familia, bendiciendo la mesa, bendiga al Señor.


TU BONDAD ESTÁ SERVIDA (1)


Jesucristo, rey de vida,
tú, que naciste en Belén,
bendícenos la comida
y danos tu gracia. Amén.


En tu mesa abastecida
te das sin mirar a quién.
Tu bondad está servida
y tu justicia también.


Sigue siendo el capitán
de la paz contra la guerra.
Colma de amor y de pan
a los pobres de la tierra.
Amén.



TE BENDECIMOS, SEÑOR (2)


Te bendecimos, Señor,
que das el alma y la vida.
Gracias por los alimentos
y la buena compañía.
Siéntate aquí con nosotros,
que está la mesa servida.
Al hambriento dale pan
y al que está triste alegría.
Gracias por ser el mejor
Padre de nuestra familia.
Amén.



Y SIÉNTATE A NUESTRA MESA (3)


Dios de la edad que no cesa,
Señor del tiempo y la vida:
bendícenos la comida
y siéntate a nuestra mesa.
Pon, condimento y sorpresa,
sabor de divinidad
en nuestro humano camino.
Sacia de tu pan y vino
nuestra hambre de eternidad.
Amén.


(Obra Poética, pp. 378 y 393)
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