No es de este mundo

Cuando salieron los médicos, entré en aquella habitación del hospital.

La paciente –perdóneseme la ingenua redundancia- padecía. Padecía indeciblemente, desde hacía muchos años, una enfermedad que la roía por dentro y la empujaba poco a poco hacia la muerte. Una de esas enfermedades que desgarran más y más cada día y señalan indefectiblemente un punto final.

La paciente me recibió con una sonrisa. O no me sonrió a mí, pues su sonrisa era suya y de siempre. Hubiera sonreído del mismo modo ante cualquier visitante querido o cercano. Incluso en la soledad de su cama cuando nadie la observara. Llevaba más de veinte años sonriendo, especialmente desde el día en que sus huesos -todo su cuerpo retorcido- se contrajeron o se desencajaron y se dejó caer por primera vez sobre la silla de ruedas.

¿Se redobló quizá su sonrisa al percatarse de mi presencia? La saludé con afecto por su nombre. Eran días de Semana Santa, Jesús ante Pilato, recordé, “¿luego tú eres rey?”. Ella adivinó mi intención y respondió sin dejar de sonreír: “Tú lo has dicho… Aquí, donde me ves, soy reina del dolor… Mi reino tampoco es de este mundo”.

-Bueno, tú reinas ya -añadí algo confuso.
-Reino, sufro, espero, amo… A menudo, sin querer, también lloro.


Pero ahora no lloraba. Su sonrisa agrandaba y redondeaba su cara, ya algo deforme, angulosos su mentón, sus maxilares.

Le tomé la mano huesuda, que ella apretó contra la mía.

-Qué cerca estás del reino de Dios –le dije estremecido.

(De Parábolas para sabios sin nombre).
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