Cuando la verdad nos hace libres

"La Iglesia no puede ser creíble si no está dispuesta a dejarse purificar por el mismo Evangelio. La verdad puede ser dolorosa, pero solo la verdad libera. Reconocer los errores no debilita a la comunidad; la hace más honesta"

Consistorio de junio
Consistorio de junio

En el Consistorio de cardenales de finales del mes pasado se pidió una Iglesia «capaz de reconocer sus propios errores», que recupere la «credibilidad» y que pueda «hablar con autoridad en favor de la dignidad de la persona, la paz, la reconciliación y el bien común». De hecho, hay realidades que una comunidad preferiría no tener que afrontar nunca. Los abusos sexuales y los abusos de poder dentro de la Iglesia son una de ellas. Durante demasiado tiempo, el dolor de muchas víctimas quedó silenciado, minimizado u ocultado. Hoy sabemos que el silencio no protege a nadie; al contrario, acaba protegiendo el mal y dejando todavía más indefensas a las personas que lo han sufrido.

Por eso, el primer deber de toda comunidad cristiana es escuchar. Escuchar sin prejuicios, sin prisas por justificar, sin la tentación de relativizar los hechos porque nos incomodan. Quien ha sufrido un abuso no necesita explicaciones teóricas, sino ser reconocido en su dignidad, acogido con respeto y acompañado con verdad.

Consistorio de cardenales
Consistorio de cardenales

Ahora bien, sería un error pensar que el problema se reduce únicamente a los abusos sexuales. En su origen encontramos, con frecuencia, una deformación más profunda: el abuso de poder. Cuando la autoridad deja de vivirse como un servicio y se convierte en un privilegio; cuando el ministerio se identifica con la superioridad; cuando se confunde la obediencia con la sumisión ciega o el respeto con la falta de transparencia, se abre un terreno peligroso. Jesús advirtió claramente a sus discípulos que entre ellos no debía ser así: «Quien quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos» (Mc 10,44).

La Iglesia no puede ser creíble si no está dispuesta a dejarse purificar por el mismo Evangelio. La verdad puede ser dolorosa, pero solo la verdad libera. Reconocer los errores no debilita a la comunidad; la hace más honesta. Pedir perdón no es una estrategia de comunicación; es una exigencia de la conversión cristiana. Y establecer mecanismos de prevención, transparencia y rendición de cuentas no es desconfiar de las personas, sino amarlas lo suficiente como para protegerlas. También conviene evitar otro extremo: identificar a toda la Iglesia con los crímenes de algunos de sus miembros. Miles de sacerdotes, religiosos y laicos viven cada día una entrega generosa, discreta y fiel. Su dedicación no borra el mal cometido, pero tampoco el mal cometido anula el bien que tantas personas realizan en nombre de Cristo. La justicia exige distinguir sin confundir.

Este es, probablemente, uno de los grandes retos de nuestro tiempo: aprender que la fidelidad a la Iglesia no consiste en negar sus heridas, sino en ayudar a que cicatricen. El peor enemigo de la comunión no es la verdad, sino su ocultación. Solo una Iglesia humilde, capaz de escuchar, de rectificar y de poner siempre a la persona en el centro, podrá ser un signo creíble del amor de Dios. El Evangelio no nos promete una comunidad perfecta. Sí nos invita, en cambio, a ser una comunidad que no tiene miedo de la luz. Porque solo aquello que se pone ante la luz puede ser sanado. Y solo una Iglesia que se atreve a mirar de frente sus heridas podrá seguir anunciando con esperanza que Dios hace nuevas todas las cosas.

Escucha
Escucha

Te regalamos el Informe RD con análisis y todos los discursos de León XIV a España.
HAZTE SOCIO/A AHORA

También te puede interesar

Lo último

stats