Una mirada cristiana
"Ante la soledad podemos acompañar. Ante la injusticia podemos trabajar por la paz y la dignidad de las personas. Tal vez no podamos cambiar el mundo entero, pero sí descubrir los pequeños pasos que podemos dar para mejorar la porción de mundo que está a nuestro alcance, siendo testigos del amor de Dios manifestado en las obras de la creación"
Dios nos ha regalado un mundo lleno de belleza y de armonía. ¡Basta con contemplar el mar desde la cima de una montaña o pasear por un bosque repleto de árboles frondosos! Como dice el papa Francisco en la encíclica Laudato si’: «Todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, de su inmenso cariño hacia nosotros» (n. 84).
Pero este mismo mundo nuestro se convierte con demasiada frecuencia en escenario de tristeza y de dolor. Por todas partes surgen guerras, pobreza, soledad, injusticias, enfermedades y desesperanza. Es el fruto de muchas decisiones mal tomadas, de muchas libertades que se han perdido en el egoísmo y se han convertido en esclavitudes para otros.
No forma parte del ADN cristiano cerrar los ojos ante esta realidad, y mucho menos conformarse fingiendo que todo va bien. El mismo Jesús lloró ante el sufrimiento, denunció la hipocresía y se acercó a quienes padecían cautividades de toda clase. Su mensaje es claro y contundente: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos» (Mt 9,12).
Por eso, la fe nunca puede ser una huida de la realidad. Pretenderlo nos ha valido duras críticas, con célebres frases como: «la religión es el opio del pueblo», del filósofo Karl Marx, u otros planteamientos, especialmente en la época de los llamados «maestros de la sospecha». En cambio, la fe bíblica comporta una denuncia concreta de todo aquello que deshumaniza, ir a contracorriente de modas que nos uniformizan y nos automatizan.
Como nos enseñan tantos profetas, apóstoles y mártires, ver la realidad tal como es y denunciarla requiere valentía. Dios nos invita a ser personas auténticas, capaces de reconocer el mal sin disfrazarlo. Y solo entonces, cuando aceptamos la realidad, podemos comenzar a transformarla. El cristianismo, cuando se vive con autenticidad, humaniza el mundo. Así lo afirma también el Concilio Vaticano II: «Todo el que sigue a Cristo, el hombre perfecto, se hace también él mismo más hombre» (GS 41).
Los cristianos tampoco podemos permitirnos una mirada pesimista, porque nuestra esperanza se fundamenta en la certeza de un Dios que sigue actuando en el mundo y nos invita a colaborar con Él. En palabras de san Pablo: «No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien» (Rm 12,21). Por eso, el optimismo cristiano no es ingenuidad; es confianza. Es saber que, incluso en medio de la oscuridad, una pequeña luz puede iluminar mucho.
Junto a un análisis de la realidad, pues, debemos tener la convicción de que cada problema es una oportunidad para amar. Ante la pobreza podemos compartir. Ante la soledad podemos acompañar. Ante la injusticia podemos trabajar por la paz y la dignidad de las personas. Tal vez no podamos cambiar el mundo entero, pero sí descubrir los pequeños pasos que podemos dar para mejorar la porción de mundo que está a nuestro alcance, siendo testigos del amor de Dios manifestado en las obras de la creación.
Vuestro,
† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado
