Un nuevo curso
"Muchos de nosotros hemos tenido la suerte de disfrutar de un tiempo de vacaciones. Ahora que comienza el nuevo curso, tendremos que velar por no perder de vista esa mirada contemplativa sobre las cosas y, especialmente, sobre las personas que nos rodean"
Muchos de nosotros hemos tenido la suerte de disfrutar de un tiempo de vacaciones. Algunos, de manera más relajada, con espacio suficiente para descansar y recuperar fuerzas; otros, quizá, acompañando a niños o a personas mayores que necesitan cuidado y atención. Pero, unos y otros, hemos podido cambiar de ritmo, saliendo así de la sensación de monotonía. Es normal que hayamos procurado tener momentos de esparcimiento, tan necesarios para la salud, tratando de alejarnos de las prisas y del estrés del día a día.
Este tiempo de descanso, que podría parecer estéril, puede convertirse en fuente de profundización y de contemplación. Como dice el gran maestro Josep Pla: «Pero a veces descubro que contemplar, quedarse ensimismado, es una de las cosas más bellas y fascinantes que se pueden hacer» (cf. El meu país, Obres Completes VII, 216). En efecto, detenerse a contemplar puede tener el sentido positivo de abrir la mente y el corazón para captar la realidad tal como es y, de este modo, servirla mejor. Por ello, durante este tiempo de vacaciones habremos saboreado momentos de silencio o habremos experimentado la presencia de Dios en la naturaleza, en una conversación o en un gesto de generosidad.
Ahora que comienza el nuevo curso podemos caer en la tentación de volver a la rueda del activismo, dejándonos arrastrar por las prisas y por las múltiples tareas que tenemos encomendadas. Podemos, incluso, llegar a estresarnos, perdiendo la capacidad de sorprendernos ante la realidad cotidiana a través de la cual Dios se manifiesta.
Está claro que tendremos que trabajar con empeño y emplear generosamente todos los dones que Dios nos regala en favor del bien común y de una sociedad más justa e igualitaria. Sin embargo, aunque a menudo no sepamos cómo hacerlo, tendremos que velar por no perder de vista esa mirada contemplativa sobre las cosas y, especialmente, sobre las personas que nos rodean. Como decía el papa Benedicto XVI: «No debemos perdernos en el puro activismo, sino dejarnos penetrar, en nuestras actividades, por la luz de la Palabra de Dios y aprender así la verdadera caridad» (Benedicto XVI, Audiencia general, 25 de abril de 2012). Evidentemente, no estamos hablando de inactividad ni de desidia, sino de dejar que la contemplación fecunde nuestras obras de cada día. Como María de Betania, escojamos la mejor parte.
Los cristianos, por tanto, no podemos vivir instalados en la rutina ni en la monotonía, pero tampoco podemos dejarnos arrastrar por el activismo o el estrés. La fe es una relación viva con Jesucristo y Él siempre nos sorprende. Por ello, si sabemos contemplar en todo momento la acción divina, nuestros gestos y tareas se llenan de sentido y trabajamos con conciencia vocacional, agradecimiento y deseo de encontrarnos con Dios y con los hermanos. Es lo que afirma san Pablo: «Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.» (Rm 12,2).
Os deseo, pues, a todos y a todas, un buen curso, en paz y en comunión, construyendo el Reino de Dios en medio de nuestra sociedad.
