En el 75 aniversario de la fundación de la Hermandad Obrera de Acción Católica In memorian de Guillem Rovirosa, profeta del mundo obrero

Guillem Rovirosa
Guillem Rovirosa

"Guillem Rovirosa, el primer militante y promotor de la Hermandad Obrera de Acción Católica, fue 'para la Iglesia un auténtico milagro' como dice el presidente diocesano de la HOAC de Málaga, Paco Guzmán"

"Si él no se hubiese dado radicalmente a la causa obrera, no lo habría seguido ninguna persona que formara parte de los ambientes trabajadores"

"Rovirosa soñaba con la responsabilidad apostólica de los laicos como medio para evangelizar la clase obrera. Inauguró una nueva espiritualidad laical, con un fuerte compromiso social y político, algo inédito"

"El año 1966, Victorio Oliver escribió: Tenía callos en las manos y fe vigorosa en el corazón. Unió firmemente el yunque, el taller y su dolor, la tela tejida de injusticia y de desigualdades con una honda vivencia mística"

"Incomprendido y perseguido por algunos de los suyos, en 1957 fue injustamente expulsado de la Comisión Nacional de la HOAC por la jerarquía, a pesar de su total disponibilidad y su trabajo apostólico"

"En el 75 aniversario de la fundación de la HOAC, pienso que Guillem Rovirosa se merece un reconocimiento público por la CEE, como reparación por el daño que se le hizo, expulsándole, injustamente, de la HOAC"

Este 2021, en el 75 aniversario de la fundación de la Hermandad Obrera de Acción Católica, conviene rescatar del olvido a un hombre admirable que, a la vez, fue un cristiano convencido y un obrero de los pies a la cabeza: Guillem Rovirosa, primer militante y promotor de la Hermandad Obrera de Acción Católica, que como ha ditcho Paco Guzmán, presidente diocesano de la HOAC de Málaga, fue “para la Iglesia un auténtico milagro”.

El año 1966 Victorio Oliver, que con el tiempo sería obispo auxiliar del cardenal Tarancon en Madrid (y posteriormente uno de los mejores obispos de Oriola-Alacant), escribía: “Guillem Rovirosa tenía callos en las manos y fe vigorosaen el corazón. Y es que Roviros unió firmemente el yunque, el taller y su dolor, la tela tejida de injusticia y de desigualdades, con una honda vivencia mística que se alimentaba de oración y de silencio, de coraje y de amor a la Iglesia”. Y Victorio Oliver continuaba: “En el mundo del trabajo y en el proyecto del Reino de Dios, les hizo bien aquella unión de Rovirosa”.

Guillem Rovirosa nació en Vilanova i la Geltrú en 1897. Heredó de su madre la capacidad de sacrificio y de su padre un amor radical por la verdad, dos rasgos que marcaron profundamente la vida de Rovirosa. En su juventud abandonó la vida de fe, que reencontró años después en París, en 1932, con motivo de un encuentro con el cardenal Verdier. Para Rovirosa, el descubrimiento de Cristo significó su entrega radical a favor del apostolado de la clase obrera. Durante la guerra, los sindicatos escogieron a Rovirosa presidente del Consejo Obrero, cosa que le ocasionó la cárcel el año 1939.

Rovirosa

Pio XII había hablado de la apostasía de la clase obrera por el escándalo de aquellos que se consideraban “buenos”. Por eso mismo, Rovirosa se consagró a renovar el mundo obrero, a pesar de las incomprensiones y las difamaciones que hubo de sufrir. Así, en 1946, amparado por la Iglesia y preocupado por la situación que vivía el mundo del trabajo, Guillem Rovirosa creó la HOAC. La llamada que recibió Rovirosa para poner en marcha un movimiento cristiano especializado, confirmó y encarriló su vocación de apóstol de los obreros.

Consciente que había llegado el momento de su entrega a esta causa, Rovirosa dejó su puesto de trabajo para dedicarse totalmente a la misión que se le encomendaba de darse del todo al mundo obrero. Eso significó para él, compartir su vida, forjándose una auténtica mentalidad obrera y convirtiéndose en un obrero más. Y como a tal sentía, vivía y actuaba. Si él no se hubiese dado radicalmente a la causa obrera, no lo habría seguido ninguna persona que formara parte de los ambientes trabajadores.

El gran deseo de justicia que tenía Rovirosa, lo llevó a descubrir y a encarnar la unión con Dios, desde la espiritualidad de la encarnación. Rovirosa supo descubrir a Cristo, no por su peso tradicional y cultural, sino por una experiencia, por un encuentro personal con el Señor.

Rovirosa

Guillem Rovirosa, que diferenciaba entre el que “hace” de sacerdote y el que “es” sacerdote, estaba convencido que los militantes cristianos necesitaban “sacerdotes con vocación apostólica obrera”. Por eso se quejaba que “los numerosos sacerdotes con vocación obrera que van saliendo de los seminarios, son destinados a trabajos que no tienen relación con la promoción humana y cristiana de los trabajadores”.

Rovirosa supo hacerse humilde con los más pequeños, pero nunca se dejó pisotear por los poderosos. Con una vida de pobreza, humildad y sacrificio, Guillem Rovirosa estaba contento de no tener nada de nada. Decía: “El que quiere seguir a Cristo, es más feliz cuando se libera de todas las necesidades”. Y es que la HOAC está formada por hombres y mujeres de Iglesia, que creen que “esta Iglesia, con sus luces y sombras, es la Iglesia de Jesucristo”. La HOAC está formada por hombres y mujeres trabajadoras “que tenemos una experiencia y una aventura”.

La espiritualidad de la encarnación llevó a Rovirosa a tener un amor a la Iglesia, sin condiciones. Su entrega radical por los pobres y su lucha contra la pobreza, se enraizaba en la justicia. Miembro del Instituto Social Obrero del cardenal Herrera, Rovirosa soñaba con la responsabilidad apostólica de los laicos como medio para evangelizar la clase obrera. Rovirosa inauguró una nueva espiritualidad laical, con un fuerte compromiso social y político, cosa inédita en la historia del cristianismo en el Estado español.

Incomprendido y perseguido por algunos de los suyos, en 1957 fue injustamente expulsado de la Comisión Nacional de la HOAC por la jerarquía, a pesar de su total disponibilidad y su trabajo apostólico. Así y todo, Rovirosa entendió y vivió la opción por los pobres desde su fe en Cristo. Rovirosa estaba seguro que el apostolado de los laicos transformaría el mundo, por eso era extremadamente exigente con él mismo, pero muy comprensivo con los que le rodeaban. Influenciado por Von Balthasar, Congar, Guitton y Cardijn, Rovirosa unía su fidelidad a Cristo, con la fidelidad a la clase obrera. Y es que Rovirosa no era un teórico, sino que el llamado, “el hombre de la calle”, sabía entender la realidad de la gente trabajadora.

Después de ser apartado injustamente de la HOAC, Guillem Rovirosa pasó largas temporadas en el monasterio de Montserrat, sumergido en la reflexión, la oración y la acción de gracias en el Dios que lo había llamado y enviado a evangelizar el mundo obrero. Rovirosa encontró siempre en el monasterio de Montserrat una auténtica casa y un espacio de oración y de amistad con los monjes. El P. Miquel Estradé, monje de Montserrat, escribió: “De Rovirosa podemos decir que fue un experto en caridad; no en aquella caridad de 10 céntimos, sino en la caridad infinita de Dios, que inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo”. Y añadía aun el P. Miquel: “Rovirosa es más que un huésped. Es de casa. Todos lo conocemos y amamos. Y él nos ama entrañablemente”.

Cuando el 27 de febrero de 1964 murió Guillem Rovirosa, el P. Abat Cassià escribió: “Rovirosa es el hombre más espiritual que ha pasado estos últimos años por Montserrat. Para mí, siempre será uno de los hombres que más me han ayudado a encontrar a Cristo en los hermanos”.

En el 75 aniversario de la fundación de la HOAC, pienso que Guillem Rovirosa se merece un reconocimiento público por la CEE, como reparación por el daño que se le hizo, expulsándole, injustamente, de la HOAC, él que fue el primer militante y el promotor de la Hermandad Obrera de Acción Catòlica.

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