Es que, para vivir como en tu casa, te quedas en tu casa.

La cigüeña de la torre
14 abr 2007 - 23:17

Un comentarista nos dice que las Hermanitas de la Cruz tienen 87 novicias. Una barbaridad para estos tiempos. Las hijas de Teresa de Calcuta están sobradas de vocaciones. E ingresar en un Carmelo de las "maravillosas" es casi imposible porque no queriendo rebasar el número de monjas establecido en los conventos, que creo son ventiuna, están todos ellos a tope.

Y hay más. Las clarisas de Lerma que rebasan el centenar. Unas monjas de Galapagar, de hábito color café con leche, de cuya congregación nunca recuerdo el nombre, creo que algo del Sagrado Corazón, que cuando aparecen por mi parroquia de Caná, cosa que hacen de cuando en cuando, son un gozo por la alegría que irradian, por la juventud de todas y por la cantidad de tocas blancas de novicias que se ven entre ellas. Me dicen que en Sigena, donde acabo de estar pero sin poder visitar esa joya románica por estar en restauración, según me habló por el interfono la voz de una de esas monjas, son ya tantas que algunas tienen que alojarse en roulottes porque ya no caben en los edificios del monasterio. Que un simpático alcalde les impide ampliar.

Ninguna de esas, y seguro que algunas más, necesitan importar indias o sudamericanas. Contra lo que no tengo nada y seguro que habrá ejemplares monjas de esas procedencias en monasterios y conventos de España. Bendito sea Dios que nos las manda.

Curiosamente todas esa monjas van de monjas. Y todas llevan durísima vida. Como para no entrar. Y, sin embargo, entran. En cambio, en todas esas otras que han optado por la modernización no entra nadie. Y están muriendo irremisiblemente. Con lo que fueron. Sagrado Corazón, Enseñanza, Esclavas, Vedrunas, Jesús María, Irlandesas..., hoy agonizan.

Es como si hubieran decidido dejar el hábito y que nadie se uniera a ellas. Aunque, y eso es mucho más importante, con el hábito dejaron otras muchas cosas en el camino. Ahora se encuentran viejas, solas y cerrando casa tras casa. Todo católico que se sintiera tal se alegraba al cruzarse con una monja en la calle. Le cedía el paso, esbozaba una sonrisa... Y hasta llegamos a acuñar una palabra llena de cariño y respeto. No eran las monjas, eran las monjitas. Daba igual que fuera una novicia de muy pocos años o una anciana nonagenaria que había consumido su vida en la entrega a Dios y, si eran de vida activa, a los hijos de Dios. Las monjitas... No tenía la palabra ninguna consideración de infantilismo en ellas. Sólo cariño. Y agradecimiento por sus vidas. Por sus oraciones. Por su caridad con los más pobres: las hermanitas de los ancianos desamparados, de los pobres, las siervas, las hijas de la caridad...

Hoy, las monjas deshabitadas son también absolutamente reconocibles. Desagradablemente reconocibles. Te las cruzas y piensas que ese bandallo sólo puede ser monja. Esos cortes de pelo, esas faldas a media pierna, esos zapatones... Todo es feo. Y como la edad es la edad, y todas son viejas, repelen. El hábito tapaba todo. Y la toca más. Apenas veías una cara que el atuendo hasta favorecía. Y el respeto y el afecto te llevaban a pensar que te habías cruzado con una persona especialmente amada por Dios. Y que amaba especialmete a Dios.

En estos días, cualquier jovencita que se tropiece con esas señoras, en quienes todos reconocen a una monja, su impresión, absolutamente comprensible, es pensar: yo no quiero ser como eso. Y no pocas añadirán: ¡Qué horror!

El declive paralelo de las órdenes y congregaciones masculinas, que con su dirección espiritual habían encaminado a tantas jóvenes a monasterios y conventos, ha cerrado esa fuente de vocaciones. Ahora se dedican a otras cosas. Aunque no sepamos bien cuales son.

Entiendo perfectamente que una joven cristiana hoy decida quedarse en el mundo ante el nulo atractivo de lo que ven. Sólo Dios, y en más de una ocasión simplemente el cruzarse, por ejemplo, con una hermanita de la Cruz, y por supuesto Dios también actuando, puede hacer que una joven decida entregar su vida a eso. A lo que se ve. A lo que reluce. A lo que no es un espanto.

No quiero cerrar este comentario sin una declaración de simpatía a todos esos conventos de vida contemplativa que hoy viven, fidelísimos a sus reglas, angustiados por lo que es la crónica de una muerte anunciada: bernardas, clarisas, benedictinas, dominicas... No os llegan vocaciones y comprendo perfectamente las busquéis fuera de España. Amáis demasiado a las congregaciones a quienes entregásteis vuestras vidas y no queréis ver el cierre de vuestras casas y ser trasladadas a otras que desconocéis. Y en vuestra ancianidad. Comprendo también la preocupación de los obispos por que las "importaciones" de monjas no sean un deplorable remedio. Rezo por vosotras. Por tantas comunidades angustiadas.

Y también por unas mujeres admirables que han sabido decir no. Que el traje de bodas con el que se habían desposado con Cristo no se lo quitaban. Y aún quedan. Pocas pero quedan. En esas comunidades secularizadas, en el hábito ciertamente y tal vez en bastante más, hay monjas que se han negado. Que siguen vistiendo como el día en que se entregaron al Esposo. Han sufrido de todo. Burlas, vejaciones, pretericiones... Son, en cierto modo, mártires de Cristo. Vaya a ellas todo mi amor y mi respeto.

Y si alguna joven que crea tiene vocación me lee que se piense mucho donde entra. Porque, para vivir como en tu casa, mejor en tu casa. Te ahorras la convivencia con unas viejas amargadas por su fracaso que, muchas de las cuales, en vez de reconocerlo, pretenden culpar de él a Juan Pablo II o a Benedicto XVI. Tenéis, gracias a Dios, muchos sitios donde poderos entregaros felizmente a Cristo. Pero no os equivoquéis de sitio. Y que los muertos entierren a sus muertos.

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