Domingo 4º de Cuaresma
Luz para ser uno mismo
Ya siento no asistir a la entrega de la medalla al mérito en el Trabajo que recibirá Don Jesús García, durante largo tiempo párroco en Pizarrales. Me une gran amistad con este sacerdote y celebro esa iniciativa no sólo ni tanto por el reconocimiento a su persona, sino por el significado que tiene para la sociedad salmantina y la misión de la Iglesia en Salamanca.
Lo novedoso y singular en estos tiempos que corremos, es que la distinción no viene de las altas jerarquías eclesiásticas -cosa que no extrañaría- sino del Gobierno en Castilla y León. Según pude constatar hace años mientras colaboraba en la formación de aquella comunidad cristiana, Jesús García era el hombre de Dios y el hombre del mundo. En su experiencia de fe no eran separables lo humano y lo divino, la promoción de las personas y la prácticas religiosas. Su incansable actividad en la iglesia y en el barrio manifestaba que sólo el compromiso por garantizar la dignidad de todos los seres humanos prueba la verdad de la predicación. El empeño de D. Jesús por ayudar a los más débiles y el cariño que dispensa con solicitud a los enfermos sugieren que la compasión inspira y anima toda su actividad evangelizadora.
Seguramente la Junta de Gobierno que aprobó conceder esta Medalla no entró para nada en estas disquisiciones a las que somos dados los teólogos. Pero sin duda quiso destacar con gratitud el trabajo incansable de este párroco en la promoción social. Cuando los políticos se preocupan de verdad por el bien común, pueden también aceptar que la presencia evangelizadora de la Iglesia conlleva una acción a favor de la justicia y la colaboración eficaz en la transformación del mundo.
Desde otro ángulo, en la condecoración de D. Jesús García se ven honrados no sólo tantas mujeres y hombres que, más o menos vinculados a la parroquia de Pizarrales, han sido capaces de colaborar eficazmente a la humanización del barrio que desde unas chabolas se ha ido levantando. Indirectamente la honra es también para esa generación de sacerdotes que recibieron como un respiro de oxigeno el mensaje del Vaticano II, y en los avatares del postconcilio, siguen siendo en Salamanca testigos fieles del Evangelio.
Madrid, 30 de marzo, 2011
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