Domingo 4º de Cuaresma
Luz para ser uno mismo
La familia donde Jesús nació era piadosa y cumplía “lo que prescribe la ley del Señor”. Jesús nace y crece en la normalidad de una familia judía en un tiempo determinado. Cuarenta días después del parto, la madre debía ir al templo a purificarse, y debía presentar al varón primogénito. Podía hacerse fuera del templo, pero intencionadamente el evangelista lo sitúa en el templo para integrar las profecías de Simeón y de Ana.
Lamentablemente, a veces identificamos al pueblo judío con algunas autoridades religiosas de aquel pueblo que, por cerrazón en sí mismas, condenaron al Profeta. Pero el pueblo judío en su mayoría estaba integrado por personas piadosas, observantes de la ley como José y María, que confiaban en la promesa de Dios. El anciano Simeón y la profetisa Ana que programaban su existencia en torno al templo judío, representan al verdadero creyente que descubre en ese niño la realización de las promesas y de la esperanza que respira la historia bíblica. De hecho, Jesús fue un judío piadoso y un profeta que, por fidelidad a la entraña viva de esa tradición, fue condenado por quienes degeneraron en tradicionalismos.
“El niño crecía y se fortalecía”. Como todo niño, Jesús se desarrolló, física, psicológica y espiritualmente. Fue creciendo “en sabiduría”; no solo adquiriendo nuevos conocimientos del ámbito religioso y del ámbito laboral pues según la tradición trabajó como carpintero. “En sabiduría” quiere decir saboreando cada día más la presencia y el favor del “Abba”. En otras palabras, la gracia o el favor de Dios se le iban manifestando a medida en que iba creciendo física y psicológicamente
En nuestro tiempo está cambiando el modelo de familia. Pero en sus distintas formas debe ser hogar de amor gratuito y ayuda mutua para que las personas crezcan siendo ellas mismas mediante la relación de amor con los demás. Exigencia decisiva cuando la lógica de la comercialización está invadiendo ese ámbito de gratuidad que necesitamos para ser y vivir como personas.
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