Septiembre 2020 "Todavía en pandemia"

Un nuevo humanismo
Un nuevo humanismo

El corana-virus ha significado un parón forzoso en todos los ámbitos...

¿Nos quedamos con los brazos cruzados esperando una vacuna para volver a lo de siempre, o escuchamos la historia viva que nos acoge, sugiere la necesidad de un cambio y nos lanza hacia delante?

La pandemia puede ser un aviso saludable para corregir el achatamiento de nuestro de progreso técnico y caminar hacia un desarrollo integral

Cuando el virus de la muerte nos amenaza directamente sin que nuestro avanzado desarrollo técnico lo ataje, podemos sospechar que este desarrollo necesita un correctivo ético y un enfoque humanista

Los brotes humanismo en la pandemia sugieren la necesidad de corregir la ideología de un sistema inhumano que no valora la dignidad de las personas

Sin el cambio de esta ideología con su escala de valores, la tecnocracia será nefasta para la humanidad

En la pandemia estamos palpando nuestra indefensión. Es la oportunidad de avivar en nosotros la experiencia de Jesús cuando, abandonado de todos se enfrentó con la muerte injusta

Aunque Dios no quiere todo lo que suceda en el mundo y en nosotros, todo sucede en presencia de Dios. Por eso en todos los acontecimientos podemos atisbar su presencia de amor. También la pandemia que tanto sufrimiento está causando puede ser oportunidad y signo para discernir la llamada del Espíritu. El corana-virus ha significado un parón forzoso en todos los ámbitos, incluso en las innumerables actividades evangelizadoras ¿Nos quedamos con los brazos cruzados esperando una vacuna para volver a lo de siempre, o escuchamos la historia viva que nos acoge, sugiere la necesidad de un cambio y nos lanza hacia delante?

En estos duros y largos meses han sido lamentables tantas muertes y tanto dolor en la población. Todavía estamos viendo el daño causado en la economía que sigue perjudicando a los más pobres e indefensos. Pero ahora y a modo de sugerencia, apuntemos algunos signos que recomiendan cambio.

Desarrollo y humanismo

Nuestro desarrollo tecnocientífico es deslumbrante y estamos viendo como una tecnologización de la vida. Últimamente hay obsesión con la inteligencia artificial capaz de superar los límites impuestos por la biología humana. Pero ha llegado un virus microscópico, burla nuestros inventos y a todos muertos de miedo nos cierra en casa. El fenómeno da que pensar sobre la calidad humana de este deslumbrante desarrollo y sobre la autonomía de los seres humanos en la organización y funcionamiento de las realidades seculares.

El Vaticano II apostó por el desarrollo de la persona entera “cuerpo y alma”; desarrollo de sus facultades y cultivo de la dimensión trascendente o salida de su propia tierra para ir hacia el otro. Poco después de clausurar el concilio, Pablo VI, cuando ya el desarrollo técnico se desentendía de la ética, insistió en la necesidad de un desarrollo integral capaz de promover “a todo el hombre y a todos los hombres”. La pandemia puede ser un aviso saludable para corregir el achatamiento de nuestro de progreso técnico y caminar hacia un desarrollo integral.

Ante los estragos del virus, la muerte nos asusta porque chocamos con el misterio, que nos desborda y la técnica más avanzada no da respuesta. En nuestra sociedad laica la religión que mantenía esa dimensión misteriosa ya no tiene vigencia y ante la desgracia inevitable nos encontramos huérfanos. Para salir de este aprieto ¿no habrá que recurrir a otra instancia que abra horizonte nuevo?

Y hay otro fenómeno desconcertante. Gracias en buena parte a la ciencia y la técnica se producen recursos para todos. Por eso resulta escandaloso que millones de personas mueran de hambre. Antes de que llegase a nuestros lares el Covid -19, ya existía y sigue hoy la pandemia del hambre que clava sus garras sobre todo en los pueblos económicamente más débiles. Cuando el virus de la muerte nos amenaza directamente sin que nuestro avanzado desarrollo técnico lo ataje, podemos sospechar que este desarrollo necesita un correctivo ético y un enfoque humanista.

Durante la pandemia muchas personas se han entregado incluso con riesgo de perder la propia vida por cuidar la salud de los otros, acompañarlos y garantizarles una muerte con dignidad. En esos gestos hay un brote y una invitación de humanismo. El empleo de esta palabra tiene acepciones muy variadas y confusas. Pero en todas ellas hay un elemento común: la estima, la búsqueda y la defensa de lo más humano en las personas. Y barruntamos qué es lo más humano por nuestro rechazo y reacción ante lo inhumano; lo que tira por los suelos la dignidad de las personas; lo que las utiliza irreverentemente como medios que se desechan cuando ya no sirven. Los brotes humanismo en la pandemia sugieren la necesidad de corregir la ideología de un sistema inhumano que no valora la dignidad de las personas. Sin el cambio de esta ideología con su escala de valores, la tecnocracia será nefasta para la humanidad.

Varias corrientes modernas de humanismo expresamente rompen con Dios y con la religión. Esa decisión puede tener su explicable fundamento en creencias o posturas religiosas que impidan la legítima autonomía del ser humano en la gestión de las tareas seculares. Pero la pandemia nos ha demostrado que una y otra vez se hace realidad el mito de Prometeo encadenado por robar el fuego de los dioses. La Biblia cuenta no tanto lo que ocurrió sino lo que está ocurriendo a largo de la historia: Adán, el ser humano, cuando rompe con el Creador se destruye a sí mismo; continuación de la caída leemos el relato bíblico sobre fratricidio cometido por Caín. En 1943 Henri de Lubac, excelente pensador, escribió: ”No es verdad que el hombre, aunque parezca decirlo algunas veces, no pueda organizar la tierra sin Dios. Lo cierto es que sin Dios no puede, a fin de cuentas más que organizarla contra el hombre”.

A vueltas con Dios

Cuando los seres humanos se ven desarmados porque no encuentran solución a sus problemas, espontáneamente acuden las puertas de los dioses. Cuando la pandemia nos invadió, también nosotros acudimos al que creemos es dueño de todo para que nos eche una mano; y como palanca recurrimos a santos especializados en curar enfermedades. Pero según nuestra fe cristina en la encarnación, Dios no está alejado de nosotros. Esencialmente bueno, es más íntimo a nosotros que nuestra propia intimidad, y podemos tener firme certeza de ser infinitamente amados más allá de todo.

La oración cristiana es apertura libre e incondicional del ser humano a esa Presencia de amor que continuamente se está dando. Y en esa apertura confiada expresamos las distintas situaciones que estamos viviendo; según sea su situación, daremos gracias o pediremos ser liberados de nuestras limitaciones Pero la oración cristina no debe interpretarse como empeño pelagiano por despertar la divinidad y convencerla para que diluya las enfermedades o males que nos aquejan. Más que cambiar a Dios, la oración debe ayudarnos a cambiar nosotros.

Amor infinito
Amor infinito

Dios está dentro de nosotros mismos como amor que continuamente nos origina, como fuerza para no sucumbir al mal. Como inspiración para que seamos creativos en busca de remedio a nuestros males. Dándonos confianza en que ocurra lo que ocurra, nuestro futuro ya está habitado por el amor y nuestros empeños por crecer en humanidad ya no caen en el vacío.

Hace ya más de cincuenta años el concilio Vaticano II lamentando el ateísmo - también hoy la indiferencia religiosa masiva- dice que en su génesis también podemos tener parte los cristianos que con nuestra conducta moral y religiosa más que revelado hemos ocultado el genuino rostro de Dios revelado en Jesucristo. En la pandemia estamos palpando nuestra indefensión. Es la oportunidad de avivar en nosotros la experiencia de Jesús cuando, abandonado de todos se enfrentó con la muerte injusta: “No estoy solo porque el “Abba”, ternura infinita que se renueva cada día, está conmigo”. Abriéndose a esa Presencia de amor fue libre para entregar la propia vida con amor más fuerte que la muerte.

El papel de la Iglesia

Durante los meses críticos de la pandemia obispos expresaron la cercanía compasiva, la solidaridad y la necesaria confianza en Dios amor que nunca abandona. Por otro lado es bien notorio el aporte de beneficencia en las instituciones eclesiales. Pero durante la pandemia, muchos cristianos en el campo de la sanidad y en otros ámbitos, se han comprometido desde su experiencia de fe, trabajando codo a codo con otros que motivados por sentimientos humanistas y sin motivación religiosa también se han entregado para curar y dar vida.

Este compromiso de los cristianos por una vida digna para todos, no condiderándose solo junto a, por encima de y menos en contra de los diferentes, sugiere el camino para una nueva presencia pública de la Iglesia. Los brotes de humanismo en la pandemia son un signo del Espíritu para que los cristianos con nuestra forma compasiva y solidaria de vivir, anunciemos el Evangelio como profundo estupor ante la dignidad del ser humano. En la nueva situación social los cristianos estanos llamados a iluminar siendo “sal”. Considerándonos hermanos de todos, sin privilegio de ningún tipo, y manifestando en nuestra conducta “el buen olor de Cristo y la luz de su misericordia” (Papa Francisco).

Casa de Espiritualidad. Caleruega (Burgos)

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