Es difícil ser Lehendakari de (casi) todos

Cinco días después de nuestras elecciones, ya no caben interpretaciones que sorprendan. Ahora lo que cuenta es cómo gobernarnos a partir de los datos. La política profesional es complicada. Tiene unas reglas jurídicas que al respetarlas, sabemos lo que es legal. Tiene unas costumbres adquiridas que al respetarlas, sabemos lo que es elegante, además de legal; pero no son obligatorias. Y tiene unas reglas éticas o morales que al respetarlas, sabemos quién obra bien, pero no siempre conocemos a pies juntillas cómo aplicarlas al caso.


Lo legal, lo acostumbrado y lo moral están muy bien, y resuelven casi siempre los cambios, pero en la política pasa como en el deporte, que cuando se llega a la final, y el partido se complica, vale casi todo y ya cortará el árbitro el juego si puede y sabe.

Pues bien, yo digo que estamos en esa fase del partido en cada uno quiere que valga casi todo para ganar. No tengo el monopolio de la ética. Sólo una opinión razonable, pero discutible; o discutible, pero razonable. Eso sí, soy bastante libre. Lo suficiente como para no importarme demasiado quién gobierna, sino qué va a hacer y cómo lo quiere hacer.

Por eso digo, que lo que tiene que primar es cómo gobernar de la mejor manera posible esta sociedad, variada socialmente y compleja en su identidad. Y para ello representarla bien, en su mayoría social, y atendiendo a su mayores retos, cuales son, la crisis económica, la libertad para convivir entre distintos y el final de ETA.

Esto es lo que prima. Si miramos al pasado reciente, - y a mi juicio -, Ibarretxe ha convencido a los suyos, pero no lo han visto así los otros vascos. Pocos le niegan voluntad y honestidad; muchos sin embargo no se han sentido escuchados; creen que es inflexible en cuanto a la nación vasca; demasiado inflexible; todo por el bien del pueblo, pero sólo con una parte del mismo para avanzar.

Es difícil ser lehendakari de todos. Obliga a controlar algunas emociones, callar sobre algunas creencias personales y acompasar el ritmo político con “demasiados”. Yo creo que Ibarretxe, en la noche electoral, emocionado, sabía esto, y se despidió. Yo sentí que se despedía; para seguir su conciencia, pero se despedía. He ganado, venía a decir, pero no puedo ser lehendakari de todos. Agur.

Yo creo que los argumentos que se dan para el cambio son más de lo mismo, pero desde el otro lado. Hay que expulsar al PNV, se oye. ¿Pero esto es un programa de gobierno y se apoya en una base social más amplia y representativa de los vascos que antes? El derecho lo admite, luego es democrático, pero éticamente, qué es esto.

Tiene toda la pinta de lo mismo, desde el otro lado. Hay ganas de revancha. Dar de la misma medicina, se dice. La moral política dice, “no”; no es eso. Algunos dicen, “se lo tienen merecido”. Digo yo; no, no es eso; la ética de la política no es eso.

Ya me resuenan los oídos con la acusación de “buenismo” y “equidistancia”; pues que digan lo que quieran, pero si se miran al fondo del “alma”, ya verán que esto tiene toda la pinta del mismo rodillo con distintos protagonistas; la misma intención: representar a todos, pero a una buena parte de los vascos, sin ellos; a la trágala; por su bien; más de lo mismo; con la ética política a la medida de una parte de los vascos; más de lo mismo.

Con el PNV, más de lo mismo; contra el PNV, también. ¿Alguien puede dar con una fórmula más representativa de la sociedad vasca real? ¿Debo pedirla yo? Esto era un guiño ético y a lo mejor la política, en las finales más reñidas, no da más de sí. Pero yo tenía que decirlo.
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