¿Tendremos que librarnos, a la vez, de Zapatero y de Rajoy?

El cariz que van tomando las relaciones políticas en España, y su progresiva traslación al espíritu de los ciudadanos, tiene toda la pinta de una bola de nieve que veremos quién y cuándo puede pararla.

Sinceramente, y desde fuera de la política en sentido estricto, yo no puedo entenderlo. Ya no sé quién no quiere colaborar con quien y quién tiene una estrategia más aislacionista del otro. Hasta ahora tenía clara la responsabilidad máxima del partido popular, pero visto lo visto, estoy pensando que cada uno va a la suya, y “la suya” es tan partidista y parcial, que el “nosotros” y lo “nuestro” en lo fundamental ha desaparecido del lenguaje político. Ya no importa quién empezó y por qué, sino como salimos de este círculo diabólico. Aquí, cada uno va a la suya.

Sea para recuperar el poder por cualquier medio, sea para conservarlo, empujando a los otros al monte, se están cargando una convivencia hasta ahora bastante sensata y razonable. Con silencios, lo reconozco, pero sensata y digna a la hora de reconocer las diferencias.

Esta estrategia de tierra quemada para el adversario político, ¡qué digo!, para el enemigo político, cualquiera puede entender que llega a los ciudadanos sin los sobreentendidos de la política profesional, y rompe la vida civil en actitudes, valoraciones y actuaciones antagónicas. ¿Pero es qué no lo ven o no pueden pararlo?

No, es que no pueden, porque las cosas se están poniendo de un modo que la única salida va a ser “echarlos de la política”. Así, literalmente. A mi juicio, el problema de España están siendo ya las personas mismas que encarnan la vida política española y la parte de la sociedad civil que, a su alrededor, ocupa todo el espacio público. No es que España, como Estado y sociedad, no tenga problemas serios de acomodo “definitivo” de sus “piezas”, pero hay una clase política y parapolítica, a mi juicio, tan viciada por las posiciones partidistas, que están dispuestos a salvar la patria, es decir, a ellos mismos y sus ideologías e intereses, aunque haya que arruinar el aprendizaje moral de los ciudadanos durante los últimos treinta años.

En este sentido, la oposición tiene una responsabilidad extraordinaria, porque es de un “maquiavelismo” tan rudo como constante; y la sociedad civil más activa alrededor de la “política”, incluida la Iglesia, tiene una responsabilidad no menor, porque con apariencia de dignidad moral está diciendo cosas y asumiendo pautas nada tolerantes y pacificadoras; pero la responsabilidad mayor la tiene el que gobierna, porque quien gobierna es el que debe aunar voluntades al consenso en lo fundamental; y si no quiere, muy mal, y si no sabe o puede, peor. Esto debe quedar claro. Siempre que en una convivencia o institución no es posible algún consenso ante el conflicto de intereses e ideas, la responsabilidad mayor la tiene en que dirige, porque o no sabe, o la gente no quiere que sea él quien lo solucione, o las cosas se han enredado de un modo que ya no tienen remedio con su persona. A veces, esto último es injusto con el gobierno o dirigente de turno, pero es la realidad en cualquier institución, partido, empresa o gobierno. Te estalla una situación, tal vez te la han enredado otros, y te lleva a ti por delante, al encontrarte en el cauce de un torrente incontenible.

Pues eso, que quien sepa hacer y decir algo lúcido, política y moralmente, lo intente por todos los medios en su entorno, porque esta clase política y civil dirigente se está revelando verdaderamente una ruina para su país. Y, además, ¡qué lecciones da la vida!, por su exceso, “aparente”, de dignidad moral. Y es que hasta la mejor virtud, llevada al exceso, se transforma en enfermedad para el alma y fanatismo para la convivencia social.
Volver arriba