no hay nada que puedas hacer para que Dios deje de amarte.
Habitualmente la homilía trata como tema central el Evangelio del día. Nunca ha faltado en el Evangelio en la Eucaristía.
Durante estos últimos domingos venimos leyendo en la segunda lectura la carta de San Pablo a los Romanos. El texto que hemos escuchado hoy es de gran densidad cristiana. Por esta razón, bien vale la pena dedicarle un tiempo de pensamiento y oración. Es el Evangelio vivido y transmitido por San Pablo. Coloquialmente sesuele decir: “Dime cómo lees la carta a los Romanos y te diré qué cristiano eres”.
01. San Pablo
Probablemente el texto de la carta a los Romanos que hemos leído hoy es la cima del pensamiento y de la experiencia cristiana de San Pablo.
Podríamos decir que este convencimiento cristiano del amor de Dios es el núcleo de la carta a los Romanos y así lo expone san Pablo. Todos estamos bajo el pecado, pero al mismo tiempo todos estamos justificados por la fe en el evangelio de Jesucristo. El justo vice por la fe, (Rom 1,17). Es la vivencia más profunda y valiosa del cristianismo.
San Pablo, como todo el mundo, sufrió en la vida.
Como buen fariseo que era, probablemente el “primer” gran sufrimiento que San Pablo padeció fue la angustia del pecado, la culpabilidad, la tiranía de la ley. Esto fue así hasta que S Pablo cayó del caballo (o “cayó del burro”) y se encontró con Cristo en el camino de Damasco, en el camino de la vida.
San Pablo vivió muchos peligros en la vida, la culpabilidad, la persecución, los peligros de los viajes, la decepción por el abandono de algunos compañeros, el martirio. Los sufrimientos de S Pablo los vemos reflejados en el texto de hoy: padeció aflicción, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligros, espada, etc…
02. confianza de S Pablo en JesuCristo.
San Pablo vive confiado en Cristo Jesús, en el Señor se siente anclado, centrado. Nadie podrá apartarle del amor de Cristo: ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.
En una carta a Timoteo le dice: Sé de quién me he fiado, (2Tim 1,12).
La experiencia, la vivencia cristiana más íntima y más honda es la confianza (fe) en el Señor, no el cumplimiento de la ley. San Pablo deja de ser un leguleyo fariseo a ser un hombre que se fía, confía en el Señor.
También nosotros atravesamos por mil situaciones de sufrimiento. Cada uno somos una historia con muchas historias de sufrimiento en la vida.
Vivimos y pasamos por valles de tinieblas: miedo a enfermar, a morir, sufrimientos por descalificaciones y vejaciones en la vida, en la familia, en la vida eclesiástica, en la comunidad religiosa, angustias por una moral y un pecado culpabilizador y condenador, (y por tanto, no cristiano).
03. Confianza en el Dios de JesuCristo
La experiencia que JesuCristo tiene de Dios es la de confiar en el Padre. Y podemos confiar en Dios porque Dios nos ama. Y porque nos ama nos ha creado y porque nos ha creado, nos ha salvado.
San Pablo está convencido de que nada nos podrá separar del amor de JesuCristo, del amor de Dios. Es Él quien nos ama a nosotros y nada nos apartará de su amor: ni la enfermedad, ni la angustia, ni el pecado.
El convencimiento profundo de San Pablo es que no hay nada que puedas hacer para que Dios deje de amarte.
Este es un "test" de nuestro cristianismo. O podemos decir esto mismo junto con Pablo, o nuestra fe está todavía niveles muy bajos de mera religión desconfiada y legalista.
04. No sigamos en el fariseísmo leguleyo
Ha sido -¿sigue siendo?- un pensamiento común en los ámbitos eclesiásticos y clericales vivir un cristianismo conforme a la ley sea en moral como en liturgia e incluso en la dogmática. La confianza, la fe, queda en un segundo plano.
Seguimos pensando que cuando faltamos contra la ley, pecamos, Dios se enfada, se aparta de nosotros, deja de querernos.
Y esto no es así.
Cuando nos vemos en la profundidad del pecado, es cuando Dios nos ama más. Nada le impide a Dios seguir queriéndonos. Dios es un buen padre, no un juez.
El hijo pródigo, Magdalena, la mujer adúltera, Zaqueo, el ladrón en la cruz
La experiencia cristiana del pecado no es la condenación, sino la misericordia de Dios. El amor –la gracia- de Dios es el regalo a nuestro pecado y a nuestras angustias. Basta con entregarle a Dios nuestra miseria. Donde nosotros no tenemos justificación, Dios transforma el juicio en gracia, en amor y perdón. De Ti procede el perdón y así infundes respeto, (Salmo 129). Dios no ejerce su autoridad y respeto a cañonazos, expulsiones y condenas, sino con misericordia y perdón.
A mayor conciencia de pecado, mayor paz y gracia desde la confianza en la misericordia del Señor.
El papa Francisco repetía con frecuencia que Dios perdona siempre.
05. Nos queda Dios
Cuando “no vemos salida” a nuestra enfermedad, a nuestra situación moral, a nuestro pecado, a los desprecios e injusticias sociales y eclesiásticas, pensemos que nos queda Dios: Dios no se aparta nunca de nosotros. Aunque tu padre y tu madre te abandonen, Dios sigue contigo (Salmo 27,10); aunque tu madre se olvidaré, yo no te olvidaré, (Isa 49,15).
Siempre Dios “está ahí”. Es un gran don, una experiencia radicalmente sanante vivirlo todo desde Dios, también el pecado y el sufrimiento. Vivirlo todo desde Dios y con Dios.
Nada, ni nadie podrá apartarnos del amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.