El poder sirve para hacer algunas cosas, pero no para volver buenas a las personas

Santiago Apóstol
Santiago Apóstol

1.    Sobre la tradición.

2.   Sobre el poder.

01.  Las raíces de nuestra fe y de nuestra traditio

Celebramos hoy la fiesta de Santiago Apóstol hermano de Juan, hijos del Zebedeo y apodados, “hijos del trueno” probablemente por su violencia cercana al zelotismo.

Aunque evangelizó fuera de Jerusalén, Santiago, muere en Jerusalén, al poco tiempo de la muerte y resurrección de Jesús, hacia el año 44.

Santiago y los apóstoles nos transmitieron el evangelio y la fe en JesuCristo que han llegado hasta nosotros.

Aunque la polémica con los tradicionalistas de Lefebvre y otros movimientos eclesiásticos semejantes y cercanos ya lleva años, (Lefebvre funda su fraternidad sacerdotal en 1970), últimamente ha saltado una vez más a la luz y la vida pública.

Tradición viene del latín (tradere) y significa: “entregar”, “lo que se nos entrega”.

Todo grupo humano, toda sociedad (cultura), religión e Iglesia transmiten casi espontáneamente lo que vive, lo que cree. Espontáneamente transmitimos el idioma, las costumbres, las fiestas, las leyes, los modos de vivir, instituciones, etc.

Curiosamente nosotros pensamos que la tradición es sinónimo de “antigualla”, de conservador, incluso reaccionario. Y no es así. La Tradición -las tradiciones- es la transmisión y acogida de lo que nos constituye como personas, como pueblos, comunidades, iglesia. Un poco coloquialmente podemos decir que la tradición es la memoria de un pueblo, de una familia, de una Iglesia.

En último término la cultura de un grupo no es tanto lo que aprende en la escuela cuanto lo que se nos transmite desde la cuna.

Los primeros cristianos, los apóstoles y discípulos vivieron con Jesús,escucharon sus Palabras, vieron sus gestos, signos, vieron cómo murió en la cruz, creyeron en su resurrección. Y eso es lo que nos transmitieron. Esa es la Tradición que nos fueron entregando, al comienzo oralmente, sin escritos, a lo largo del siglo I irán surgiendo los primeros textos escritos: evangelios, cartas…

La Tradición en la Iglesia es la transmisión de JesuCristo a la historia…

Transmitir y acoger la Tradición es una tarea delicada y que requiere un discernimiento sano y delicado. Hay que saber lo que Jesús dijo e hizo para acogerlo y llevarlo a la vida de cada momento.

A veces para transmitir la tradición hay que cambiar formulaciones dogmáticas (evolución del dogma), modos de celebrar, modos de organizar la comunidad, la Iglesia, los ministerios. En ocasiones para permanecer hay que cambiar

Podemos peguntarnos si nosotros transmitimos el evangelio y la fe.

Podemos también cuestionarnos si estos grupos y movimientos tradicionalistas son portadores “auténticos” de la tradición apostólica o si lo que conservan son fósiles que van fraguando en la historia.

Estas celebraciones de las fiestas de los apóstoles: Pedro y Pablo, Andrés, Bartolomé, Santiago, etc. pueden ser como una llamada a pensar y a agradecer las raíces de nuestra fe, así como de nuestra tradición cultural.

02. Sobre el poder.

       No sé qué tiene el poder que tanto atrae, pero algo tiene.

Entre los discípulos y personas cercanas a Jesús había ansias de poder. Parte del pueblo y un grupo de discípulos esperaban un mesías poderoso. La suegra (la familia) de Pedro vivía en una fiebre de poder, que Cristo hubo de curar.

       En el pasaje del evangelio de hoy encontramos la petición de la madre de los Zebedeos a Jesús de dos puestos (¿dos carteras?) en su futuro Reino (gobierno) para sus hijos.

02. sobre el poder y la autoridad.

poder

El poder es la potestad que una persona o institución pueden ostentar legítimamente porque se la han investido las urnas, los votos, o porque tal persona ha sido instituida en determinado cargo o sede, escaño parlamentario, cátedra, etc. por quien puede hacerlo.

Sin duda que tal poder es legítimo.

autoridad

Autoridad es otra cuestión mucho más noble. Proviene del latín «augere» (hacer crecer) e indica la buena presencia de una persona en un grupo, pueblo, comunidad, diócesis por la capacidad que una persona tiene para hacer crecer a los demás, para hacerlos más adultos y más capaces de una vida digna. Una persona tiene autoridad por su bondad, por su competencia y sana presencia en un grupo, en la familia, en la comunidad, en el pueblo, en la Iglesia…

Puede ser que una persona tenga poder legítimo y ninguna autoridad. Lo estamos viendo y padeciendo todos los días en la sociedad, en las familias, en la vida política, económica, en los entramados eclesiásticos, etc.

Jesús no fue hombre de poder.

Jesús no fue un hombre de poder, pero sí fue persona de autoridad. A Jesús no se le ve en las instancia de poder, no es un hombre del templo, ni es rico, ni tiene poder político. Pero Jesús tenía autoridad, Jesús hablaba y tenía autoridad ante las gentes. No impuso nada por la fuerza. Nunca utilizó el poder para controlar o dominar a sus discípulos. Jamás excluyó a nadie. Fue libre y liberador. Escuchaba a los mendigos, a los enfermos, a los soldados extranjeros, se negó a condenar a la adúltera y aconsejaba a Pedro «perdonar hasta setenta veces siete». Jesús ponía vida en las personas, sensatez y justicia en la sociedad. No ostentó ningún poder oficial pero, según las gentes, actuaba como quien tiene autoridad.

Por eso, cuando envía a sus discípulos a evangelizar, «les dio autoridad sobre los espíritus inmundos», es decir, les envió para liberar del mal, no para dominar y controlar a las personas.

Necesitamos personas con autoridad y -casi- sólo contamos con personas poderosas.

       Recojo un texto de J Ignacio González Faus sobre el poder

  1. El poder sirve para muchas cosas. Pero no sirve para que los hombres se vuelvan buenos: no sirve para liberar o sanar la libertad humana, sino sólo para suprimirla. La gracia, en cambio, hace buenos a los hombres y libera la libertad humana. El poder obliga, la gracia ayuda.

El poder crea cuarteles o campos de concentración; el carisma edifica comunidad. El poder impone silencio, el carisma habla hasta con su silencio. El poder sólo es capaz de preservar, el carisma es capaz de transmitir. El poder sospecha siempre, desconfía siempre; el carisma alienta siempre, apuesta siempre.

El poder da la seguridad de la instalación, el carisma se mantiene en la inseguridad de Abrahan. El poder se ama sólo a sí mismo, la gracia ama a los hombres. El poder se atribuye carismas, el carisma no se atribuye poderes. El poder suplanta al Espíritu, el carisma transparenta al Espíritu. Y por eso, el poder acaba por levantar la cruz y el carisma acaba por morir en ella. En una palabra: el poder es de este mundo como todos los sanedrines: el carisma es del cielo como Jesús.

2. Como todo es infinitamente complejo en el ser humano, el poder está mezclado muchas veces de buena voluntad, y el carisma está lastrado muchas veces de barro humano. El barro puede volver al carisma vulnerable, y hasta enfermo. La buena voluntad puede mal-aconsejar al poder, haciéndole pensar que salvará a la Iglesia del aguijón del pecado: pero con eso no hará más que dar coces contra el aguijón, como Saulo, y clavarlo más profundamente en la carne de la iglesia.

3. La Iglesia nunca podrá prescindir de un cierto poder, porque está en este mundo. Pero en la medida en que lo estime muy por debajo del carisma y lo subordine a él, mostrará hasta qué punto cree efectivamente en Dios, y en la presencia de Dios en ella. Una Iglesia que no teme desprenderse de poder es una Iglesia que se fía de Dios más que de sí misma. Una Iglesia que no teme aplastar el carisma es una Iglesia que se fía de sí misma más que de Dios. Una Iglesia en que domine el poder, sólo sabrá pensar que el mundo es el hijo pródigo; y estará secretamente ansiosa de verlo fracasar con las bellotas, para demostrarse a sí misma que ella tenía razón, y sentirse reivindicada. Una Iglesia en que domine el carisma sentirá más bien el temor de parecerse ella al hermano mayor del pródigo: el temor de no amar bastante a su hermano pecador y de que sus "buenas obras" no le hayan servido en realidad para tener un corazón bueno, sino sólo para sentirse superior, y sentir con dureza.

       Lo de Jesús es otra historia. Para Jesús es grande no quien manda sino quien sirve. Los príncipes de los pueblos tiranizan y oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera se grande entre vosotros, sea vuestro servidor. (Mt 20, 26-27)

       El poder tiraniza, o dicho más popularmente, el poder es como el nogal que no deja crecer nada a su sombra.

       Una Iglesia que viva en la dialéctica del poder y que viva desde la fuerza del poder, no es la Iglesia de Jesús. La Iglesia de Jesús es el lavatorio de los pies, el servicio. Os he dado ejemplo, haced vosotros lo mismo

El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor

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