Velad... Los sistemas económicos-culturales nos han hecho más lucidos, pero no más lúcidos.

01.  Hacia el final.

Poco a poco nos vamos acercando al final del año litúrgico.

La Palabra, las lecturas de estos domingos últimos nos van a ir situando ante el final, ante la finalización del tiempo, de nuestra vida y de la historia.

San Pablo en la segunda lectura anima la fe y la esperanza de aquellos cristianos de Tesalónica ante el problema de la muerte, que es nuestro final en este tiempo. No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos, vivid con esperanza

La parábola del Evangelio nos llama a vivir no adormecidos sino lúcidos y despiertos con las lámparas encendidas ante el final de la historia. Velad. La esperanza es buena compañera de viaje, (S Pablo).

Todo ello supone una gran Sabiduría (1ª lectura).

Sabiduría, esperanza y lucidez componen una buena amalgama para estructurar la vida.

02. no queremos que ignoréis…

San Pablo escribe a los cristianos de Tesalónica para que no viváis en la ignorancia ante la gran cuestión de la vida, que es la muerte y así no entréis en desesperanza. San Pablo, como las muchachas despiertas del evangelio, vive y transmite luz, lucidez; con las lámparas encendidas.

       Casi podríamos decir que la actitud en la que vivimos estas cosas en nuestro tiempo es exactamente la contraria. “Mejor que viváis en la ignorancia y dormidos” nos dicen hoy. No pienses en la vida, no te plantees en el sentido de la misma, no mires ni de lejos a la muerte. Nuestros criterios de vida son: Vive, disfruta, viaja, compra, consume black friday, halloween y muérete como has vivido: sin enterarte…

       El vacío, la “nada” como pensamiento y modus vivendi está calando -ha calado- en la sociedad y hace estragos en las personas. ¿A qué se debe si no en estos momentos el aumento de las enfermedades mentales, de la psyjé? ¿A qué es debido el aumento continuo del suicidio entre nosotros?

Quizás por esto nunca pensamos ni se plantea la cuestión del sentido de la vida. La muerte ha pasado a ser el gran tabú de nuestro tiempo. La esperanza ha desparecido del escenario social. La muerte ha pasado de manos de la religión, de la esperanza, de la fe, de la familia, a manos de la tanatología y de la eutanasia. Pero no es lo mismo morir sedado que morir con esperanza.

Y cuando la vida se llena de “nada” y el vacío existencial lo impregna todo, “esto”, la vida, se convierte en una distracción permanente, porque de alguna manera hay que “sobre-vivir”.

La distracción es el caso de las muchachas necias del evangelio de hoy que se durmieron y no tenían aceite para la luz. ¿No vivimos también hoy adormecidos?

En lugar de preguntarnos por qué aflora el vacío, la ansiedad, la depresión, las tentativas de suicidio y el mismo suicido, recurrimos a la “solución” más socorrida y más zafia que consiste en evadirse mediante cualquiera de los productos que ofrece la sociedad del hiperconsumo.

Habrá que buscar caminos que nos lleven al horizonte.

K. Marx decía que la religión es el opio del pueblo… lo cual no es cierto, ni mucho menos. Quienes adormecen al pueblo son los sistemas económicos y educativos (culturales) de nuestro tiempo, que nos han hecho más lucidos, pero nos más lúicidos. Se nos ha acabado el aceite, nos hemos quedados a oscuras y vacíos…

No queremos que ignoréis… Hoy ignoramos y conscientemente descartamos los grandes problemas de nuestro campo de visión. El texto del evangelio de hoy nos llama a vivir con las lámparas encendidas, despiertos y atentos,

03. Espera y esperanza

       No os aflijáis como los hombres sin esperanza… Podemos hacer nuestras las palabras de S Pablo.

       La única forma valiosa para afrontar el vacío es la construcción de sentido: cuestión no fácil cuando la desconfianza y la desesperación se han instalado en el corazón humano, (en la sociedad).

       El vacío existencial se encauza sembrando sentido de la vida, un motivo que ponga en marcha el motor que se ha apagado.

       El aceite que puede encender nuestras lámparas e iluminar nuestras vidas es el sentido a la vida que nos llena de esperanza y nos levanta la mirada hacia el horizonte. Si el horizonte se borra, no quedan motivos para vivir, y es entonces cuando se implanta, justamente, el sentimiento de vacío, que lleva asociado la desgana vital, el abandono personal, el encierro en el propio yo y, al final, el deseo de irse.

       De ahí la importancia de impregnar la vida de sentido último y de esperanza, de un horizonte de significado que viene de la fe: la vida definitiva, eterna, Dios. Esta sociedad vive, vivimos, en el “club” de los proyectos vivos y la esperanza muerta.

04. Que viene el esposo…

       La expresión bíblica que viene el esposo nos puede pillar un poco lejos y a contrapié, pero tiene su significado…

       Toda noche tiene su amanecer… Siempre que es media noche, está comenzando un nuevo día, aunque falte mucho. Llega la luz del día…

       Viene el esposo, llega el amanecer; la esperanza tiene su meta.

       La persona -sobre todo los occidentales- pensamos, creemos que el ser humano se puede salvar a sí mismo de su ansiedad, de su sed de felicidad. Pero esto no parece ser cierto. Por eso vivimos en lo que llama Heidegger “avidez de novedades”. Esta es una gran dictadura de nuestro tiempo: creemos que la solución y la salvación está en el próximo proyecto y descubrimiento, quizás en la IA.

       Pero esto no parece que sea así. El ser humano no se salva a sí mismo.

       Esperamos por naturaleza una plenitud que no está en nuestras manos, en nuestra naturaleza (Laín Entralgo). Que llega el esposo, la luz, la vida…

       La esperanza en elfuturo absoluto, en el amanecer es la alegría y serenidad del presente es la serenidad y alegría del presente.

       

05. Transmitamos sentido y esperanza. Día de la Iglesia diocesana.

       En este domingo de noviembre se celebra el día de la Iglesia diocesana, el día de la Iglesia local.

       Recibimos y vivimos, más o menos, el sentido de la vida, la fe y la esperanza en la familia y en la iglesia local: en la diócesis, parroquia, comunidad.

Llama la atención, al menos a mí, que estas cuestiones de fondo de la existencia: sentido de la vida, horizonte absoluto, esperanza no están presentes en la actividad pastoral, ni en la predicación, ni en la catequesis, ni en el “contexto eclesiástico”.

Sin embargo la descristianización y el declive de la religión en Europa y muy notablemente en nuestro pueblo necesita de una palabra una respuesta al sentido de la vida, necesitamos una palabra de esperanza. Me parece a mí que la crisis religiosa actual no es tanto la falta de clero cuanto la pérdida del potencial integrador de sentido que tenía la religión.

La doctrina y la moral que presentamos ofrecen respuestas inadecuadas a la necesidad de luz, sentido y esperanza que subsisten en el fondo de nuestra “maltrecha” sociedad.

Y esto se agrava más por el carácter anacrónico (fuera del tiempo) de los símbolos y mediaciones doctrinales y  litúrgicas  que seguimos ofreciendo y que surgieron y se cultivaron con gozo y paz en una sociedadrural y religiosa muy distante y lejana de la “civilización” actual.

Hoy no sabemos o no acertamos a ofrecer una dimensión espiritual trascendente que responda a la intrascendencia de la sociedad actual.[1]

       La Iglesia diocesana de San Sebastián está comenzando un sínodo. ¿Será capaz de abordar y ofrecer luz, alguna palabra-respuesta sensata, transcendente y de esperanza para el momento nihilista en el que nos hallamos insertos en nuestro pueblo?

       Seamos lúcidos y vivamos con las lámparas encendidas.


[1] Juan A. Estrada pensaba estas cosas y las plasmaba en el libro El sentido de la vida y el sinsentido de la vida. Preguntas a la filosofía y la religión, Madrid Ed Trotta, 2010, 182ss.

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