¿Para qué vivir? Una pregunta casi subversiva
01. La Palabra: un canto a la vida
Las tres lecturas de hoy nos hablan de la vida.
1. En la primera lectura del Segundo libro de los Reyes, el profeta le anuncia a aquella mujer sunamita el nacimiento de un hijo, de una nueva vida.
2. San Pablo en la carta a los Romanos nos habla de que viviremos con Él.
3. Jesús en el Evangelio nos habla de no perder la vida, sino ganarla al servicio de Él.
02. Malgastar la vida. Hemos perdido el sentido de la vida
Jesús nos previene para que no malgastemos la vida: el que se busca a sí mismo, se pierde; porque también nosotros corremos el peligro de dilapidar la vida buscándonos a nosotros mismos. El egoísmo es un modo de malgastar la vida. Pensamos que la vida es para pasárselo lo mejor posible y solemos decir: “eso es lo que te vas a llevar”.
Es una visión muy corta de la vida, de la existencia humana.
Hoy en día en nuestras sociedades occidentales hay otra forma más honda y más sutil de perder la vida. Hemos perdido el sentido de la vida.
Creo que tal pérdida de sentido es la causa de esta especie de epidemia que está como invadiendo a muchas personas al menos en el País Vasco.
La salud mental, las enfermedades mentales, la depresión, la presencia tan frecuente del suicidio (un suicidio cada dos días) además de los intentos de suicidio, me parece que tienen como causa la pérdida del sentido de la vida.
Cuando la pregunta “para qué vivir” ronda y corroe nuestra existencia, estamos tocando a vísperas de hundimientos personales. Todo ello mina la salud mental y el horizonte de la vida.
Hoy nadie se pregunta: ¿Qué sentido tiene todo? ¿Hacia dónde se dirige nuestra vida? ¿Por qué tenemos que morir? ¿A dónde iremos después de la muerte si es que vamos a algún “lado”?
No son preguntas banales y son cuestiones que vuelven a aparecer siempre hurgando nuestra conciencia.
Tal vez la cuestión más seria que tenemos los humanos sea ¿para qué vivir?
Por eso la cuestión del sentido, “del para qué vivir” es una pregunta prohibida, clandestina y, por lo mismo, el momento cultural
actual echa mano de la “moral del superviviente”, hay que sobrevivir para ello echamos mano del “catálogo de las evasiones”.
“A vivir que son dos días, porque el tercer día, el de Pascua no existe”.
03. La modernidad no podía terminar sino en la postmodernidad.
Se puede decir que la modernidad, el pensamiento moderno, la vida moderna alcanzó su zenit en la Ilustración del siglo XVIII, que supuso una exaltación de la razón, de las ciencias, del progreso, que derivaría en la tecnología.
Nosotros estamos en ese pensamiento moderno, ilustrado y creemos que la razón, ciencia, el progreso, la tecnología nos van a salvar de las grandes cuestiones y problemas de la vida.
El hombre moderno piensa que la salvación, lo perfecto, lo mejor llegará “mañana”, en el futuro. “Mañana” surgirá un ordenador mejor, la medicina logrará altas cotas terapéuticas, la democracia mejorará en las próximas elecciones, un sistema de gobierno perfecto, mañana “cambiará” la Iglesia, etc. Lo mejor está por llegar en el futuro, en el progreso… Seguimos creyendo que “mañana” todo será mejor y más perfecto.
Pero esa modernidad, esa ilustración se está desmoronando, si no ha muerto ya. Hoy entre nosotros somos ya pos-modernos, vivimos en una cínica postmodernidad. Lo cual significa una desconfianza brutal en la modernidad. El hombre postmoderno no cree ya en nada. Y de ahí que surja la cuestión ¿para qué vivir?
04. El ser humano no se salva a sí mismo.
Para quien piensa un poco, el principio de la modernidad está muerto como instancia salvífica.
El ser humano no se salva a sí mismo. Por nosotros mismos no tenemos las claves de la solución de las grandes cuestiones de la vida. El sentido de la vida, la muerte, la ética, la salvación, no están en mis manos.
Laín Entralgo (1908-2001) escribía que “el ser humano espera por naturaleza algo que no está en su naturaleza”.
Creo que el gran equívoco del subconsciente moderno era pensar que la ciencia, la tecnología nos van a salvar.
La historia nos está diciendo que no es así.
El progreso científico, económico, político, no ha conllevado consigo un progreso personal.
Las ideologías políticas son necesarias, pero no son salvíficas. La economía es necesaria, pero no es salvífica. La ciencia es necesaria, pero no salva.
05. Nos salva el sentido de la vida. Solo Dios Puede salvarnos.
El sentido de la vida no es un objeto, un producto que se venda en el supermercado o en la farmacia de guardia, (no existen pastillas que curen la decepción y la desesperación)
Por sentido de la vida podemos entender si existe algo -o Alguien- por lo que merece la pena que yo siga existiendo.
El sentido de la vida es Dios, el Ser. El horizonte está “más allá” de los logros humanos.
En el discurso que León XIV pronunciaba hace unos días en el parlamento, decía que “hemos perdido las raíces espirituales” de Europa. Es evidente, (si se quiere ver).
Hemos cercenado la dimensión espiritual del ser humano. Llanamente decimos: el ser humano no es espiritual, por lo tanto, “el partido se juega aquí, porque ni somos ni hay nada nada más allá”.
Sin embargo, la nostalgia y la esperanza del ser humano se resuelven en la Transcendencia, en Dios; en nuestro caso, en JesuCristo. La meta de nuestra esperanza es la mañana de Pascua, el Señor resucitado. El sentido de la vida es Dios.
06. Ex memoria, spes. La esperanza se fundamenta en la memoria.
Los rescoldos de modernidad que quedan todavía piensa en términos de mirar al futuro. La solución llegará, la política cambiará, La economía mejorará, la Iglesia cambiará con un papa más progresista, etc…
Para un creyente la salvación es Cristo. La salvación es la memoria presente de JesuCristo. El sentido de la vida y la meta de nuestra esperanza es JesuCristo.
07. Transmitamos sentido y esperanza y vida
Hoy en día evangelizar puede significar transmitir vida y sentido de la vida.
Y esto es bueno para vivir y para transmitirlo aunque solamente sea por higiene mental y, sobre todo, por salvación.