Concordia, caridad y testimonio: La receta que deja León XIV a la Iglesia en Argelia

León XIV presidió en la basílica de Annaba, dedicada a san Agustín, uno de los momentos más significativos de la segunda jornada en su histórica visita al país musulmán

León XIV, en la basílica de san Agustín
León XIV, en la basílica de san Agustín | RD/Captura

Emotiva homilía de León XIV en la misa que presidió esta tarde en esta basílica de Annaba, dedicada a san Agustín, obispo de la antigua Hipona, en uno de los momentos más significativos de la segunda jornada en su histórica visita a Argelia, la primera de un papa a ese país musulmán.

A la pequeña y tantas veces atribulada comunidad cristiana de la tierra que pisó el fundador de la Orden a la que pertenece, Robert F. Prevost le quiso dejar un mensaje: "Queridísimos cristianos de Argelia: permanezcan en esta tierra como signo humilde y fiel del amor de Cristo. Den testimonio del Evangelio con gestos sencillos, relaciones verdaderas y un diálogo vivido día a día; así darán sabor y serán luz allí donde viven".

"La presencia de ustedes en el país trae a la mente el incienso: un grano incandescente, que esparce perfume porque da gloria al Señor y alegría y consuelo a tantos hermanos y hermanas", añadió el Papa, poniendo en valor que ese incienso es "un elemento pequeño y precioso, que no está en el centro de la atención, sino que invita a dirigir nuestros corazones a Dios, animándonos unos a otros a perseverar en las dificultades del tiempo presente".

Basílica de san Agustín en la misa presidida por el Papa
Basílica de san Agustín en la misa presidida por el Papa | RD/Captura

"Su historia está hecha de acogida generosa y de tenacidad en la prueba; aquí han orado los mártires, aquí san Agustín amó a su grey buscando la verdad con pasión y sirviendo a Cristo con fe ardiente. Sean herederos de esta tradición, dando testimonio en la caridad fraterna de la libertad de quien nace de lo alto como esperanza de salvación para el mundo", les pidió finalmente a los cristianos argelinos, representados esta tarde en una basílica repleta de fieles en ese emblemático templo levantado en lo alto de una colina.

Antes de dirigirles a ellos esa petición, León XIV invitó a acoger el mensaje evangélico que se leyó en la eucaristía, de Hechos de los Apóstoles, "meditándolo como auténtico criterio de reforma eclesial; una reforma que comienza en el corazón, para ser verdadera, y concierne a todos, para hacerse eficaz".  

En ese sentido, en primer lugar, el Papa invitó a "la concordia" en el seno de la comunidad eclesial. "La Iglesia naciente no se basa, por tanto, en un contrato social, sino en una armonía en la fe, en los afectos, en las ideas y en las opciones de vida", señaló.

El coro de la basílica de San Agustín en la histórica misa de León XIV
El coro de la basílica de San Agustín en la histórica misa de León XIV | @Vatican Media

En segundo lugar, apeló, "como código fundamental" para los cristianos, al de "la caridad. "Hagamos al prójimo lo que quisiéramos que hicieran por nosotros (cf. Mt 7,12). La Iglesia, animada por esta ley que Dios escribe en los corazones, está siempre dando vida, porque donde hay desesperación, enciende esperanza; donde hay miseria, lleva dignidad; donde hay conflicto, lleva reconciliación".  

El tercer punto, en realidad, era una "primera tarea para los pastores": "Dar testimonio de Dios al mundo con un sólo corazón y una sola alma, sin que las preocupaciones nos corrompan con el miedo ni las modas nos debiliten mediante las componendas".

"Junto con ustedes, hermanos en el episcopado, y con ustedes, presbíteros, renovemos constantemente esta misión para el bien de cuantos nos han sido confiados, a fin de que la Iglesia entera sea, en su servicio, mensaje de vida nueva para aquellos que encontramos", exhortó finalmente.

El cardenal salesiano español Cristóbal López, en la procsión de entrada
El cardenal salesiano español Cristóbal López, en la procsión de entrada | RD/Captura

La homilía del Papa

Queridos hermanos y hermanas: 

La Palabra divina atraviesa la historia y la renueva con la voz humana del Salvador. Hoy escuchamos el Evangelio, buena noticia para todos los tiempos, en esta basílica de Annaba dedicada a san Agustín, obispo de la antigua Hipona. A lo largo de los siglos, los lugares que nos acogen han cambiado de nombre, pero los santos han permanecido como nuestros patronos y testigos fieles de un vínculo con la tierra, que viene del cielo. Esta es precisamente la dinámica que el Señor enciende en la noche de Nicodemo: esta es la fuerza que Cristo infunde a la debilidad de su fe y a la tenacidad de su búsqueda. 

Enviado por el Espíritu de Dios, que «no sabes de dónde viene ni a dónde va» (Jn 3,8), Jesús es para Nicodemo un huésped especial. Lo llama a una vida nueva, dando a su interlocutor y también a nosotros una tarea sorprendente: «ustedes tienen que renacer de lo alto» (v. 7). ¡He aquí la invitación para todo hombre y toda mujer que busca la salvación! Del llamado de Jesús brota la misión para toda la Iglesia y, por tanto, para la comunidad cristiana de Argelia: nacer nuevamente de lo alto, es decir, de Dios. En esta perspectiva, la fe vence las dificultades terrenas y la gracia del Señor hace florecer el desierto. Sin embargo, la belleza de esta exhortación lleva consigo una prueba que el Evangelio nos llama a afrontar juntos. 

Las palabras de Cristo, en efecto, tienen toda la firmeza de un deber: ¡deben renacer de lo alto! Tal imperativo resuena en nuestros oídos como un mandato imposible. Escuchando con atención a Aquel que lo da, comprendemos, sin embargo, que no se trata de una dura imposición, ni de una coacción o, menos aún, de una condena al fracaso. Al contrario, el deber expresado por Jesús es para nosotros un don de libertad, porque nos revela una insospechada posibilidad: podemos renacer de lo alto, gracias a Dios. Pero debemos hacerlo según su voluntad de amor, que desea renovar a la humanidad llamándola a una comunión de vida, que comienza con la fe. Mientras Cristo nos pide renovar totalmente toda nuestra existencia, también nos da la fuerza para hacerlo. Lo atestigua bien san Agustín, que le dice al Señor: «Dame lo que mandas y manda lo que quieras» (Confesiones, X, 29, 40). 

Entonces, cuando nos preguntamos cómo es posible un futuro de justicia y de paz, de concordia y de salvación, recordemos que estamos haciendo a Dios la misma pregunta que Nicodemo: ¿de verdad puede cambiar nuestra historia? ¡Estamos tan cargados de problemas, acechanzas y tribulaciones! ¿De verdad nuestra vida puede recomenzar desde cero? ¡Sí! La afirmación del Señor, tan llena de amor, colma nuestros corazones de esperanza. No importa cuán oprimidos estemos por el dolor o por el pecado; el Crucificado lleva todos esos pesos con nosotros y por nosotros. No importa cuánto nos desanimen nuestras debilidades; porque es precisamente entonces cuando se manifiesta la fuerza de Dios, que ha resucitado a Cristo de entre los muertos para dar vida al mundo (cf. Rm 8,1). Cada uno de nosotros puede experimentar la libertad de la vida nueva que viene de la fe en el Redentor. De nuevo, san Agustín nos ofrece un ejemplo: antes que por su sabiduría, lo contemplamos por su conversión. En este renacer, providencialmente acompañado por las lágrimas de su madre, santa Mónica, llegó a ser él mismo exclamando: «Nada sería yo, Dios mío, nada sería yo en absoluto si tú no estuvieses en mí; pero, ¿no sería mejor decir que yo no sería en modo alguno si no estuviese en ti?» (Confesiones, I, 2). 

Así es; los cristianos nacen de lo alto, regenerados por Dios como hermanos y hermanas de Jesús, y la Iglesia que los nutre con los sacramentos es un seno materno para todos los pueblos de la tierra. Como hemos escuchado hace poco, los Hechos de los Apóstoles dan testimonio de ello al narrar el estilo que distingue a la humanidad renovada por el Espíritu Santo (cf. Hch 4,32-37). También hoy es necesario acoger y realizar este canon apostólico, meditándolo como auténtico criterio de reforma eclesial; una reforma que comienza en el corazón, para ser verdadera, y concierne a todos, para hacerse eficaz.  

En primer lugar, «la multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma» (v. 32). Esta unidad espiritual es la concordia, palabra que expresa bien la comunión de corazones que laten juntos, porque están unidos al de Cristo. La Iglesia naciente no se basa, por tanto, en un contrato social, sino en una armonía en la fe, en los afectos, en las ideas y en las opciones de vida, pues tiene el centro en el amor de Dios, hecho hombre para salvar a todos los pueblos de la tierra.  

En segundo lugar, contemplamos el efecto material de esta unidad espiritual de los creyentes: «todo era común entre ellos» (v. 32). Todos lo comparten todo, participando en los bienes de cada uno como miembros de un solo cuerpo. Nadie se ve privado de algo, porque cada uno pone en común lo que le es propio. Transformando la posesión en don, esta entrega fraterna no representa una utopía más que para los corazones rivales entre sí y las almas ávidas de sí mismas. Al contrario, la fe en el único Dios, Señor del cielo y de la tierra, une a los hombres según una justicia perfecta, que invita a todos a la caridad, es decir, a amar a toda criatura con el amor que Dios nos da en Cristo. Por eso, sobre todo ante la indigencia y la opresión, los cristianos tienen como código fundamental la caridad: hagamos al prójimo lo que quisiéramos que hicieran por nosotros (cf. Mt 7,12). La Iglesia, animada por esta ley que Dios escribe en los corazones, está siempre dando vida, porque donde hay desesperación, enciende esperanza; donde hay miseria, lleva dignidad; donde hay conflicto, lleva reconciliación.  

En tercer lugar, en el texto de los Hechos encontramos el fundamento de esta vida nueva, que involucra a pueblos de toda lengua y cultura: «Los Apóstoles daban testimonio con mucho poder de la resurrección del Señor Jesús y gozaban de gran estima» (Hch 4,33). La caridad que los anima, antes que compromiso moral, es signo de salvación; los Apóstoles proclaman que nuestra vida puede cambiar porque Cristo ha resucitado de entre los muertos. La primera tarea de los pastores, ministros del Evangelio es, por tanto, dar testimonio de Dios al mundo con un sólo corazón y una sola alma, sin que las preocupaciones nos corrompan con el miedo ni las modas nos debiliten mediante las componendas. Junto con ustedes, hermanos en el episcopado, y con ustedes, presbíteros, renovemos constantemente esta misión para el bien de cuantos nos han sido confiados, a fin de que la Iglesia entera sea, en su servicio, mensaje de vida nueva para aquellos que encontramos.  

Queridísimos cristianos de Argelia: permanezcan en esta tierra como signo humilde y fiel del amor de Cristo. Den testimonio del Evangelio con gestos sencillos, relaciones verdaderas y un diálogo vivido día a día; así darán sabor y serán luz allí donde viven. La presencia de ustedes en el país trae a la mente el incienso: un grano incandescente, que esparce perfume porque da gloria al Señor y alegría y consuelo a tantos hermanos y hermanas. Ese incienso es un elemento pequeño y precioso, que no está en el centro de la atención, sino que invita a dirigir nuestros corazones a Dios, animándonos unos a otros a perseverar en las dificultades del tiempo presente. Del incensario de nuestro corazón se elevan, en efecto, la alabanza, la bendición y la súplica, difundiendo el suave olor (cf. Ef 5,1) de la misericordia, de la limosna y del perdón. Su historia está hecha de acogida generosa y de tenacidad en la prueba; aquí han orado los mártires, aquí san Agustín amó a su grey buscando la verdad con pasión y sirviendo a Cristo con fe ardiente. Sean herederos de esta tradición, dando testimonio en la caridad fraterna de la libertad de quien nace de lo alto como esperanza de salvación para el mundo.  

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