"¡Somos un deseo, no un algoritmo!": El Papa pide a los jóvenes en la Sapienza transformar "su inquietud en profecía"

En su visita pastoral a la Universidad de Roma, León XIV denuncia el gasto en defensa que "enriquece a élites indiferentes al bien común" y pide "supervisar el desarrollo y la aplicación de la inteligencia artificial tanto en el ámbito militar como en el civil"

El Papa lee su discurso en la Sapienza
El Papa lee su discurso en la Sapienza | RD/Captura

Visita Pastoral de León XIV a la Universidad Sapienza de Roma, donde pronunció un discurso, saludó a la comunidad universitaria y escuchó tetsimonios de un grupo de estudiantes, con los que se unió también en un momento de oración silenciosa, compartida por estudiantes musulmanes, llegados desde Gaza, gestó que elogió el Papa, justo al comienzo de su alocución: "Valoro enormemente que la Diócesis de Roma y la Universidad Sapienza hayan firmado un acuerdo para abrir un corredor humanitario universitario desde la Franja de Gaza".

Fue el de Robert F. Prevost un discurso de profundo calado, donde no obvió las dificultades que confrontan ante la situación global las nuevas generaciones, pero a las que mostró su plena confianza en su potencial transformador y profético, a la vez que instó a los profesores a valorar el potencial de sus estudiantes y ejercer su docencia como una forma más de caridad.

Comenzó su intervención el Papa –después de haber recorrido las instalaciones universitarias y mantenido una reunión privada con la rectora–dirigiéndose a los estudiantes. "Los imagino a veces despreocupados, felices con su juventud, que, incluso en un mundo convulso marcado por terribles injusticias, les permite sentir que el futuro aún está por escribirse y que nadie puede arrebatárselo".

El Papa saluda a una estudiante llegada de Gaza
El Papa saluda a una estudiante llegada de Gaza | RD/Captura

"No debemos ocultar que muchos jóvenes están pasando por dificultades. Todos experimentamos momentos difíciles; algunos, sin embargo, pueden sentir que nunca terminan. Hoy en día, esto depende cada vez más del chantaje de las expectativas y la presión por rendir. Es la mentira generalizada de un sistema distorsionado, que reduce a las personas a números, exacerbando la competitividad y abandonándonos a espirales de ansiedad", prosiguió el Papa, enfatizando en este punto: "¡Somos un deseo, no un algoritmo!".

Se hizo eco el Papa del malestar juvenil existente, por lo que, preguntándose qué clase de mundo estamos dejando atrás, se respondió: "Un mundo, lamentablemente, distorsionado por las guerras y la retórica bélica", "una contaminación de la razón que, desde el plano geopolítico, invade toda relación social", por lo que mostró la necesidad de "corregir la simplificación que crea enemigos, especialmente en las universidades".

En particular, el Papa exhortó a que "no debemos olvidar la tragedia del siglo XX. El grito '¡Nunca más la guerra!' de mis predecesores, tan acorde con el repudio a la guerra consagrado en la Constitución italiana, nos insta a una alianza espiritual con el sentido de la justicia que vive en el corazón de los jóvenes, con su vocación de no confinarse a ideologías ni fronteras nacionales".

El Papa, en el Aula Magna de la Universidad de la Sapienza
El Papa, en el Aula Magna de la Universidad de la Sapienza | RD/Captura

Denunció en este punto León XIV el "enorme" aumento del gasto militar a nivel mundial, "y particularmente en Europa". No llamemos «defensa» –dijo–a un rearme que incrementa las tensiones y la inseguridad, reduce las inversiones en educación y sanidad, socava la confianza en la diplomacia y enriquece a élites indiferentes al bien común".

Junto con esta amenaza para la convivencia en el mundo, el Papa, en vísperas de la publicación de su primera encíclica que abordará esta cuestión, pidió "supervisar el desarrollo y la aplicación de la inteligencia artificial tanto en el ámbito militar como en el civil, para que no exima de responsabilidad a las decisiones humanas y agrave la tragedia de los conflictos". "Que el estudio, la investigación y la inversión se dirijan en la dirección opuesta: ¡que sean un «sí» radical a la vida! ¡Sí a la vida inocente, sí a la vida joven, sí a la vida de los pueblos que claman por paz y justicia!", exhortó el Pontífice.

Transformar la resignación en profecía

"Ante este panorama", añadió el Papa desde el Aula Magna de la Sapienza, el Papa quiso animar a los jóvenes "a no ceder a la resignación, sino a transformar su inquietud en profecía". "Junto conmigo y con tantos hermanos y hermanas, seamos artífices de la verdadera paz: una paz que desarma y desarma, humilde y perseverante, que trabaja por la armonía entre los pueblos y por la protección de la Tierra.

"Se necesita toda vuestra inteligencia y audacia", prosiguió el Papa, invitando a "pasar de la hermenéutica a la acción: tan poco valorados por una sociedad con cada vez menos niños, vosotros atestiguáis que la humanidad es capaz de un futuro, cuando lo construye con sabiduría".

Dirigiéndose a los profesores, el papa Prevost señaló que "la docencia es una forma de caridad, al igual que rescatar a un migrante en el mar, a una persona pobre en la calle o a una conciencia atormentada. Se trata de amar siempre la vida humana, de valorar su potencial", por lo que se preguntó "¿qué sentido tendría, después de todo, formar a un investigador o profesional que no cultive su propia conciencia, un sentido de la justicia y el respeto por lo que no se puede ni se debe controlar?".

Finalmente, el Papa aseguró que esa visita pastoral a uno de los centros universitarios más grandes de Europa "pretende ser un símbolo de una nueva alianza educativa entre la Iglesia en Roma y su prestigiosa Universidad, que nació y creció en el seno de la Iglesia".

El Papa entra a la Univeridad de la Sapienza
El Papa entra a la Univeridad de la Sapienza | RD/Captura

Discurso del Santo Padre

Magnífico Rector,

Autoridades políticas y civiles,

distinguidos profesores, investigadores y personal técnico y administrativo,

y, sobre todo, queridos estudiantes.

Acepté con gran alegría la invitación para reunirme con la comunidad universitaria de la Universidad Sapienza de Roma. Su universidad se distingue como centro de excelencia en diversas disciplinas y, al mismo tiempo, por su compromiso con el derecho a la educación, incluyendo a quienes tienen recursos económicos limitados, personas con discapacidad, presos y personas que han huido de zonas de guerra. Por ejemplo, valoro enormemente que la Diócesis de Roma y la Universidad Sapienza hayan firmado un acuerdo para abrir un corredor humanitario universitario desde la Franja de Gaza. Por ello, es importante para mí, que llevo poco más de un año como obispo de Roma, poder reunirme con ustedes. Con un corazón pastoral, quisiera dirigirme primero a los estudiantes y luego al profesorado.

Las avenidas de la ciudad universitaria, que recorrí para llegar hasta aquí, son transitadas diariamente por tantos jóvenes, llenos de emociones encontradas. Los imagino a veces despreocupados, felices con su juventud, que, incluso en un mundo convulso marcado por terribles injusticias, les permite sentir que el futuro aún está por escribirse y que nadie puede arrebatárselo. Así pues, los estudios que emprenden, las amistades que han forjado a lo largo de estos años y los encuentros con diversos maestros del pensamiento son una promesa de lo que puede transformarnos para mejor, incluso antes de que la realidad nos rodee. Cuando el anhelo de verdad se convierte en investigación, nuestra audacia en el estudio atestigua la esperanza de un mundo nuevo.

Saben que tengo una conexión espiritual con San Agustín, un joven inquieto: también cometió graves errores, pero no perdió nada de su pasión por la belleza y la sabiduría. En este sentido, me alegró recibir numerosas preguntas de ustedes: ¡cientos! Obviamente, no es posible responderlas todas, pero las tengo presentes, con la esperanza de que todos busquen más oportunidades para dialogar. Esta es también la razón de ser de las capellanías universitarias, donde la fe responde a sus preguntas.

Sin embargo, la ansiedad también tiene su lado triste: no debemos ocultar que muchos jóvenes están pasando por dificultades. Todos experimentamos momentos difíciles; algunos, sin embargo, pueden sentir que nunca terminan. Hoy en día, esto depende cada vez más del chantaje de las expectativas y la presión por rendir. Es la mentira generalizada de un sistema distorsionado, que reduce a las personas a números, exacerbando la competitividad y abandonándonos a espirales de ansiedad. Precisamente este malestar espiritual de muchos jóvenes nos recuerda que no somos la suma de lo que poseemos, ni una sustancia ensamblada al azar en un cosmos silencioso. ¡Somos un deseo, no un algoritmo! Precisamente esta dignidad especial me lleva a compartir dos preguntas con ustedes.

A ustedes, jóvenes, este malestar les pregunta: "¿Quiénes son?". Ser nosotros mismos, de hecho, es el compromiso característico de la vida de todo hombre y toda mujer. "¿Quiénes son?". Es la pregunta que nos hacemos unos a otros; la pregunta que en silencio le planteamos a Dios; la pregunta que solo nosotros podemos responder, para nosotros mismos, pero a la que nunca podremos responder solos. Somos nuestros lazos, nuestra lengua, nuestra cultura: por ello, es vital que los años universitarios sean un tiempo de grandes encuentros.

Por lo tanto, a quienes somos mayores, el malestar juvenil pregunta: "¿Qué clase de mundo estamos dejando atrás?". Un mundo, lamentablemente, distorsionado por las guerras y la retórica bélica. Es una contaminación de la razón que, desde el plano geopolítico, invade toda relación social. Por consiguiente, es necesario corregir la simplificación que crea enemigos, especialmente en las universidades, prestando atención a la complejidad y al sabio ejercicio de la memoria. En particular, no debemos olvidar la tragedia del siglo XX. El grito "¡Nunca más la guerra!" de mis predecesores, tan acorde con el repudio a la guerra consagrado en la Constitución italiana, nos insta a una alianza espiritual con el sentido de la justicia que vive en el corazón de los jóvenes, con su vocación de no confinarse a ideologías ni fronteras nacionales.

Por ejemplo, durante el último año, el aumento del gasto militar a nivel mundial, y particularmente en Europa, ha sido enorme. No llamemos «defensa» a un rearme que incrementa las tensiones y la inseguridad, reduce las inversiones en educación y sanidad, socava la confianza en la diplomacia y enriquece a élites indiferentes al bien común. Debemos también supervisar el desarrollo y la aplicación de la inteligencia artificial tanto en el ámbito militar como en el civil, para que no exima de responsabilidad a las decisiones humanas y agrave la tragedia de los conflictos. Lo que ocurre en Ucrania, Gaza y los territorios palestinos, Líbano e Irán ilustra la evolución inhumana de la relación entre la guerra y las nuevas tecnologías en una espiral de aniquilación. Que el estudio, la investigación y la inversión se dirijan en la dirección opuesta: ¡que sean un «sí» radical a la vida! ¡Sí a la vida inocente, sí a la vida joven, sí a la vida de los pueblos que claman por paz y justicia!

Un segundo ámbito de compromiso compartido concierne a la ecología. Como nos dijo el Papa Francisco en la encíclica Laudato Si', «existe un fuerte consenso científico de que estamos presenciando un preocupante calentamiento del sistema climático» (n.º 23). Ha transcurrido más de una década desde entonces, y a pesar de las buenas intenciones y algunos esfuerzos en ese sentido, la situación no parece haber mejorado.

Ante este panorama, los animo especialmente, queridos jóvenes, a no ceder a la resignación, sino a transformar su inquietud en profecía. Los creyentes, en particular, saben que la historia no cae irremediablemente en manos de la muerte, sino que siempre está protegida, pase lo que pase, por un Dios que crea la vida de la nada, que da sin quitar, que comparte sin consumir. Hoy, la implosión misma de un paradigma posesivo y consumista está abriendo el camino a un nuevo paradigma que ya está brotando: ¡estudiar, cultivar y salvaguardar la justicia! Junto conmigo y con tantos hermanos y hermanas, seamos artífices de la verdadera paz: una paz que desarma y desarma, humilde y perseverante, que trabaja por la armonía entre los pueblos y por la protección de la Tierra. Se necesita toda vuestra inteligencia y audacia. De hecho, podéis ayudar a quienes os precedieron a restablecer un verdadero horizonte de significado, para no quedarnos estancados en otra instantánea fugaz de la situación actual. Debemos pasar de la hermenéutica a la acción: tan poco valorados por una sociedad con cada vez menos niños, vosotros atestiguáis que la humanidad es capaz de un futuro, cuando lo construye con sabiduría.

Vuestra universidad, que ostenta un nombre divino, es un lugar de estudio y un foro de experimentación que, durante siglos, ha moldeado el pensamiento crítico. En particular, vosotros, profesores, podéis cultivar un contacto fructífero con las mentes y los corazones de los jóvenes: esta es una responsabilidad exigente, sin duda, pero apasionante. Es de suma importancia creer en vuestros estudiantes. Por lo tanto, preguntaos a menudo: ¿confío en ellos?

La docencia es una forma de caridad, al igual que rescatar a un migrante en el mar, a una persona pobre en la calle o a una conciencia atormentada. Se trata de amar siempre la vida humana, de valorar su potencial, para llegar al corazón de los jóvenes, sin depender únicamente de sus conocimientos. La enseñanza, entonces, se convierte en un testimonio de valores con la propia vida: es cuidar la realidad, es acoger lo que aún no comprendemos, es decir la verdad. ¿Qué sentido tendría, después de todo, formar a un investigador o profesional que no cultive su propia conciencia, un sentido de la justicia y el respeto por lo que no se puede ni se debe controlar? El conocimiento, de hecho, sirve no solo para alcanzar metas profesionales, sino también para discernir quién es uno mismo. A través de clases, prácticas, interacción con la ciudad, tesis y doctorados, cada estudiante puede encontrar siempre nueva motivación, aportando orden al estudio y a la vida, a las herramientas y a las metas.

Queridos hermanos, mientras les encomiendo en honor a esta práctica diaria, mi visita pretende ser un símbolo de una nueva alianza educativa entre la Iglesia en Roma y su prestigiosa Universidad, que nació y creció en el seno de la Iglesia. Les aseguro que los tengo presentes en mis oraciones e invoco de corazón la bendición del Señor sobre toda la comunidad de la Sapienza. ¡Gracias!

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