Fray Rafael Colomé, misionero en Uruguay: "La llegada del Papa se espera para renovar la esperanza cristiana en el país"

El dominico catalán, que lleva más de cuatro décadas viviendo en América Latina, confía en que la visita de León XIV abra nuevos horizontes, especialmente entre los jóvenes

El catalán, este viernes en Uruguay
El catalán, este viernes en Uruguay | Cedida

León XIV ha comenzado este viernes 6 de noviembre su visita apostólica a Uruguay, primera etapa de un viaje que también lo llevará a Argentina y Perú. Tras su llegada a Montevideo, el pontífice ha sido recibido oficialmente en la plaza Independencia, se ha reunido con las autoridades del país y con el presidente de la República, Yamandú Orsi, y ha concluido la primera jornada con la celebración de vísperas en la catedral metropolitana, junto a obispos, presbíteros, diáconos, religiosos y seminaristas. Este sábado, la agenda continuará en Paysandú y, ya de regreso a la capital, con un encuentro con la comunidad social de Casavalle, una reunión con el ámbito educativo y una vigilia de oración en el Estadio Centenario.

En medio de estos días de preparativos y expectación, fray Rafael Colomé Angelats, dominico catalán establecido en Montevideo, vive la visita con la cercanía de quien conoce de primera mano las realidades humanas y eclesiales del país. "Esta tarde ya tenemos un encuentro con él en la catedral, estamos preparando estos días", asegura durante la conversación con Flama.

Colomé reside en una parroquia y convento dominico situados en un barrio popular de la periferia de Montevideo. "Un barrio popular, marginal, en la periferia", resume. La parroquia, presente en el territorio desde hace noventa años, abarca una extensión de unos diez kilómetros cuadrados y reúne diversos barrios populares, surgidos con la llegada de población procedente del interior del país y también del extranjero, especialmente de Venezuela y Cuba.

Es en este entorno donde desarrolla una parte importante de su misión. El trabajo con las comunidades de base y el acompañamiento de las necesidades sociales conviven con la labor docente y formativa. Colomé continúa impartiendo clases y cursos en Uruguay y también en Argentina, donde mantiene su vinculación con un instituto de vida religiosa. "Aquí llevo dos años, en Argentina treinta. Nueve en Paraguay y tres en Guatemala. Desde los 24 años estoy en América", detalla.

Una trayectoria que comenzó a tomar forma en Barcelona, cuando conoció a los dominicos de la calle Bailén, en 1975. El carisma misionero de la orden lo impulsó a emprender un camino que acabaría marcando toda su vida. Durante el último año antes de la ordenación sacerdotal y de los votos perpetuos viajó a Guatemala para vivir una experiencia misionera, y fue allí mismo donde recibió la ordenación. Después regresó a Barcelona para completar los estudios de teología y psicología, antes de continuar su itinerario en Paraguay y, más adelante, en Argentina y Uruguay.

Nacido en La Granada del Penedès, Colomé mantiene también un estrecho vínculo con Cataluña y con la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la que está incardinado. Tiene, además, una relación personal con el obispo Xabier Gómez, dominico y antiguo compañero suyo. "Nos conocemos mucho, tenemos una gran amistad; ya nos conocíamos antes de que fuera obispo", señala.

Iglesia minoritaria en un país secularizado

La visita de León XIV llega a un país con unas particularidades sociales, culturales y religiosas que lo distinguen de otros territorios de América Latina. Uruguay, con cerca de tres millones de habitantes, presenta una tradición de laicidad muy arraigada y una relación con el catolicismo diferente de la que puede encontrarse en Argentina o Brasil. En este sentido, Colomé subraya que la configuración histórica del país, marcada por diversas influencias, ha favorecido una cultura política y social con un fuerte sentido de la libertad de conciencia y de la separación entre el ámbito civil y el religioso.

En este contexto, calcula que los católicos representan aproximadamente un 35% de la población. Pero, más allá de la dimensión numérica, el dominico destaca la manera en que se vive la fe. "Los católicos lo son por opción. Es un catolicismo elegido", afirma. La pertenencia eclesial no se da por descontada: requiere una decisión personal, una convicción y una disposición a dar razón de la propia fe.

"La sociedad uruguaya —prosigue— está muy marcada por la influencia de la masonería y por una cultura que asocia a menudo el sentido común, la ciencia y la racionalidad con la medida de la validez de las cosas. En este escenario, quien se declara católico debe estar dispuesto a explicar y contrastar sus convicciones. Celebras la eucaristía, haces la homilía y la gente la contrastará contigo, te dirá lo que le parece". Lejos de considerarlo un obstáculo, Colomé ve en ello un rasgo que configura una Iglesia comprometida y participativa: "Lo mismo que predicamos lo dialogamos con la gente".

Esta manera de vivir la fe tiene consecuencias en la vida pastoral. Las comunidades no son espectadoras, sino protagonistas de la acción eclesial. "Todo pasa por un sentido sinodal, todo pasa por la gente; si no la tienes en cuenta, no puedes llevar la parroquia o un centro de estudios", remarca. Es una Iglesia que, según su experiencia, ha aprendido a caminar junto a una sociedad plural, exigente y poco inclinada a aceptar sin más las afirmaciones religiosas.

La visita papal como signo de esperanza

Colomé no oculta las dificultades que atraviesa la Iglesia uruguaya. La falta de recursos, las desigualdades sociales y las situaciones de vulnerabilidad configuran un panorama complejo. El país presenta importantes contrastes entre los sectores con mayores posibilidades y aquellos que viven en condiciones precarias. También existe una presencia significativa de población emigrante, hasta el punto de que, según comenta, "cuesta encontrar familias que no tengan algún miembro viviendo en el extranjero".

A esta realidad se añaden problemáticas sociales especialmente delicadas, como la elevada tasa de suicidios y una numerosa población penitenciaria. Para el dominico, son indicadores de una sociedad que, pese a su talante abierto y democrático, "afronta heridas profundas y necesita horizontes de sentido".

Es precisamente aquí donde sitúa una de las aportaciones que puede hacer la visita de León XIV. "La llegada del Papa se espera para renovar la esperanza cristiana", afirma. En una sociedad fuertemente secularizada, considera que la separación entre la vida pública y la dimensión religiosa puede dificultar la apertura a la trascendencia. La presencia del pontífice puede convertirse, por ello, en una oportunidad para volver a situar en el centro preguntas que a menudo quedan fuera del debate cotidiano.

Todo pasa por un sentido sinodal, todo pasa por la gente; si no la tienes en cuenta, no puedes llevar la parroquia o un centro de estudios

Una esperanza que Colomé identifica especialmente entre los jóvenes. Asegura que en las parroquias se percibe un movimiento creciente de chicos y chicas que se acercan a los grupos de fe y a la preparación para la confirmación. "Buscan algo que no acaban de encontrar en un horizonte estrictamente secular. En un país donde el consumo de marihuana está legalizado para uso personal y donde esta realidad forma parte del debate social, existe la necesidad de encontrar otros referentes y una propuesta de vida que dé respuesta a las inquietudes más profundas", señala el catalán.

"Crecen los grupos de jóvenes y de confirmación que vienen a buscar la fe y otro sentido porque lo secular no les llena", sostiene. Por eso, confía en que Robert Prevost pueda ofrecerles una mirada nueva: "Creo que el Papa puede dar una esperanza porque les abre otra mirada".

La preparación de la visita, añade, ya ha sido una ocasión para hablar con muchas personas y suscitar preguntas sobre la fe y el papel de la Iglesia. Un proceso que tiene valor por sí mismo, más allá de los actos programados y de la presencia física del pontífice.

La recepción, asegura, no se limita a los católicos. También entre quienes no comparten la fe hay respeto y una disposición favorable hacia la figura del pontífice. "Se siente como que viene un hombre bueno", dice. Y añade una consideración que va más allá de la institución eclesial: "Viene un referente que trae esperanza". "En un país de tradición laica, la figura del obispo de Roma puede ser percibida como la de una autoridad moral que habla desde un registro distinto al del poder político y que no se impone desde la prepotencia", concluye.

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