León XIV, ante casi un millón de fieles en París: "Nuestras vidas son frágiles, vulnerables, pero también son maravillosas, milagrosas"

Apoteosis del Papa Prevost en los Campos Elíseos, que invita a descubrir las fuentes de la fe, y transmitirla a las nuevas generaciones, antes de empresnder camino al santuario de Lourdes. "Desde esta hermosa ciudad de París, rezo con fervor para que el agua viva del Espíritu Santo se derrame sobre toda Francia"

Los Campos Elíseos abarrotados
Los Campos Elíseos abarrotados

"Jesús revela el amor incondicional de Dios por nosotros. Para Él, ninguno de nosotros es un número en una identificación, ni un número de serie, sino una persona, una persona única e insustituible". Ante una multitud que superaba, ampliamente, el medio millón de personas, y que llenaba los Campos Elíseos hasta la plaza de la Concordia, la más grande de Francia, León XIV se despidió de París antes de emprender camino a Lourdes con una llamada a defender la dignidad de la vida, especialmente de las más frágiles, pues todas ellas son "milagrosas", y de llenarse de Dios para poder ser fuente de vida para los demás.

"Hermanos y hermanas, nuestra comunidad sedienta se abre paso hacia Cristo, fuente de agua viva", comenzó León su homilía, en la que hizo especial hincapié en la sede de Dios del pueblo francés. "Es el clamor de un hombre, humilde y apasionado, cuya sed más íntima y existencial no deja de crecer", al que "Jesús responde". Siempre. El agua en mitad del desierto, el agua que brota del costado traspasado de Jesús crucificado. "Todos pueden beber entonces de esta fuente para renacer y recibir el don del Espíritu, a fin de convertirse en hijos de Dios, en nuevas criaturas". 

El deseo de llenarse, y el riesgo del "vacío interior, aún más profundo", puede hacer que "busquemos nuevos placeres, que queramos poseer cosas nuevas, que hagamos todo lo posible por “divertirnos” para no sentir ese malestar interior", advirtió el Papa, quien animó, espoleado por las lecturas de la misa de hoy, a "examinar nuestro corazón".

Los Campos Elíseos, abarrotados
Los Campos Elíseos, abarrotados

"¿Cuál es nuestra sed más profunda? ¿Qué buscamos realmente en la vida? Todos anhelamos la felicidad, el amor y la plenitud. Pero, ¿en qué fuente buscamos saciar nuestra sed? ¿Nos conformamos con los bienes materiales, con las satisfacciones inmediatas, con esos pequeños ídolos tan numerosos que prometen la luna y las estrellas, pero dejan vacío nuestro corazón? Por el bautismo, hemos recibido el agua viva de la que habla el Evangelio, pero ¿realmente hemos encontrado a Cristo personalmente?", preguntó a los fieles.

"Sí, hermanos y hermanas: Jesucristo, el Buen Pastor, nos conduce, como el pastor guía a sus ovejas, hacia la fuente de la felicidad y la paz. Él conoce a cada uno y cada una de nosotros por nuestro nombre. Ninguno de nuestros secretos, de nuestras intenciones, de nuestras debilidades se le escapa", glosó el pontífice, quien recordó que Cristo "dio su vida por nosotros y sigue entregándola a través de los sacramentos", que "lleva sobre sus hombros a las ovejas cansadas o heridas, y trae de regreso con delicadeza a las que se han descarriado".

Misa en la plaza de la Concordia
Misa en la plaza de la Concordia

"Sacien también ustedes su sed en esta fuente, que es el Corazón de Jesús traspasado", pidió el Papa a la multitud, que se perdía allá donde llegaba la mirada, hasta más allá del Arco del Triunfo. "Sí, tienen sed de Dios, de vida, de verdad, de unidad, de paz, de comunión, de felicidad. Aspiren a redescubrir un horizonte luminoso, a construir una nación renovada a partir de sus raíces, regadas por la fe".

Aún más: "No guarden esta fe en Jesucristo sólo para ustedes, más bien dejen que se desborde para saciar y colmar a las personas con las que se encuentran. Les corresponde a ustedes llevar la esperanza allí donde reinan el desánimo y la sequía espiritual". 

Ese llamamiento a aceptar "vivir en la verdad bajo la mirada de Jesús podemos ser auténticos, podemos ver nuestras vidas con lucidez", pues, añadió, "ciertamente nuestras vidas son frágiles, vulnerables, destinadas a atravesar la muerte, pero también son maravillosas, milagrosas, capaces de renovarse en sus relaciones y de abrirse al amor verdadero". Saciar la sede en la fuente de Cristo para convertirse también "en fuente de vida gracias a su vínculo existencial con Cristo y transmite esa misma vida a su prójimo".  

León XIV, durante la misa
León XIV, durante la misa

Un agua que "se ha derramado en abundancia y sigue dando fruto en la Iglesia a través de los misioneros y los testigos presentes en todas las culturas y entre todos los pueblos", y que se vuelve "fecunda cuanto se deja tocar y transformar por ella para producir su fruto, es decir, la santidad de quienes adoran al Dios verdadero y sirven a sus hermanos y hermanas con caridad y generosidad".

Algo que, como se vio en la impresionante vigilia del viernes en el Stade de France, ha sucedido en Francia a lo largo de los siglos, desde Blandina, Potino e Ireneo a Vicente de Paúl, Federico Ozanam o Juana Jugan. "Aún hoy, son muy numerosos en nuestra sociedad, en nuestras parroquias y en nuestras diversas actividades quienes continúan comprometiéndose a favor de la vida, la familia, la verdad, la paz, la fraternidad y la justicia". 

Misa en la plaza de la Concordia
Misa en la plaza de la Concordia

"Desde esta hermosa ciudad de París, rezo con fervor para que el agua viva del Espíritu Santo se derrame sobre toda Francia", clamó León XIV, quien se dirigió a las muchas familias presentes en la misa, "quienes, a pesar de las múltiples dificultades que enfrentan a diario, perseveran valientemente en su misión".

También en los jóvenes, que "son la Iglesia de hoy". "¡Qué hermoso es ver su entusiasmo, su dinamismo, su compromiso y la alegría que llevan a las comunidades cristianas!". Y en los nuevos bautizados, que "emprenden el camino de la fe, de la conversión y de la iniciación cristiana. Que puedan dar testimonio, a quienes los rodean, del camino que están recorriendo y motivarlos a que, a su vez, se planteen preguntas. Que el don del Espíritu Santo los convierta en testigos vivos, dispuestos a difundir a su alrededor la civilización del amor." 

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