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León XIV: "Necesitamos custodiar el don de la comunicación como la verdad más profunda del ser humano"

En su mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones

En su mensaje para la 60 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales el Papa León XIV llama a una alianza entre responsabilidad, cooperación y educación para preservar las voces y rostros humanos ante los riesgos de la Inteligencia Artificial

La IA

(Johan Pacheco – Vatican News).- “Preservar las voces y los rostros humanos”, es el lema del Mensaje para la LX Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales del Papa León XIV, publicado este 24 de enero. “El rostro y la voz son rasgos únicos y distintivos de cada persona”, señala el Pontífice ante los desafíos de la Inteligencia Artificial (IA) y los nuevos retos de la comunicación. Y exhortando a una alianza de responsabilidadcooperación educación para afrontar estos riesgos.

“El reto -dice León XIV en el mensaje- no es tecnológico, sino antropológico. Proteger los rostros y las voces significa, en última instancia, protegernos a nosotros mismos”. 

IA

El Papa insiste en “no renunciar al propio pensamiento”, ya que “la IA puede proporcionar apoyo y asistencia en la gestión de tareas comunicativas, eludir el esfuerzo de nuestro propio pensamiento, contentándonos con una compilación estadística artificial, corre el riesgo, a largo plazo, de erosionar nuestras capacidades cognitivas, emocionales y comunicativas”.

Simulación de las relaciones

Y presenta el peligro de “simulación de las relaciones y de la realidad” en el mundo digital, ya que “la tecnología que explota nuestra necesidad de relación no solo puede tener consecuencias dolorosas para el destino de las personas, sino que también puede dañar el tejido social, cultural y político de las sociedades”.

“Esto ocurre cuando sustituimos las relaciones con los demás por relaciones con IA entrenadas para catalogar nuestros pensamientos y, por lo tanto, para construir a nuestro alrededor un mundo de espejos, donde todo está hecho «a nuestra imagen y semejanza». De este modo, nos privamos de la posibilidad de encontrar al otro, que siempre es diferente a nosotros y con el que podemos y debemos aprender a relacionarnos. Sin la aceptación de la alteridad no puede haber ni relación ni amistad”, dice León XIV en el mensaje.

Vatican IA

Responsabilidad, cooperación y educación

Ante estos riesgos el Papa León XIV propone “Una posible alianza” basado en tres pilares: responsabilidad, cooperación y educación. “En primer lugar, la responsabilidad. Dependiendo de las funciones, esta puede traducirse en honestidad, transparencia, valentía, capacidad de visión, deber de compartir conocimientos, derecho a estar informado”. 

Llama también a cooperar: “Ningún sector puede afrontar por sí solo el reto de liderar la innovación digital y la gobernanza de la IA. Por lo tanto, es necesario crear mecanismos de salvaguardia. Todas las partes interesadas, desde la industria tecnológica hasta los legisladores, desde las empresas creativas hasta el mundo académico, desde los artistas hasta los periodistas y los educadores, deben participar en la construcción y la puesta en práctica de una ciudadanía digital consciente y responsable”.

Y pide que la educación sea útil para “aumentar nuestra capacidad personal para reflexionar críticamente, evaluar la fiabilidad de las fuentes y los posibles intereses que hay detrás de la selección de la información que nos llega, comprender los mecanismos psicológicos que activan, permitir que nuestras familias, comunidades y asociaciones elaboren criterios prácticos para una cultura de la comunicación más sana y responsable”.

IA y prácticas médicas

Custodiar el don de la comunicación

“Necesitamos -insiste el Pontífice- que el rostro y la voz vuelvan a representar a la persona. Necesitamos custodiar el don de la comunicación como la verdad más profunda del ser humano, hacia la que orientar también toda innovación tecnológica”.

Finaliza el Santo Padre su mensaje publicado en la memoria de San Francisco de Sales, agradeciendo “a todos los que trabajan por los fines aquí expuestos y bendigo de corazón a todos los que trabajan por el bien común con los medios de comunicación”.

Terxto íntegro del mensaje del Papa

Conservar las voces y los rostros humanos

¡Queridos hermanos y hermanas!

El rostro y la voz son rasgos únicos y distintivos de cada persona; manifiestan su identidad irrepetible y son el elemento constitutivo de cada encuentro. Los antiguos lo sabían bien. Así, para definir a la persona humana, los antiguos griegos utilizaban la palabra «rostro» (prósōpon), que etimológicamente indica lo que está frente a la mirada, el lugar de la presencia y de la relación. El término latino persona (de per-sonare) incluye, en cambio, el sonido: no cualquier sonido, sino la voz inconfundible de alguien.

El rostro y la voz son sagrados. Nos han sido dados por Dios, que nos ha creado a su imagen y semejanza, llamándonos a la vida con la Palabra que Él mismo nos ha dirigido; Palabra que primero resonó a lo largo de los siglos en las voces de los profetas, y luego se hizo carne en la plenitud de los tiempos. Esta Palabra, esta comunicación que Dios hace de sí mismo, también hemos podido escucharla y verla directamente (cf. 1 Jn 1,1-3), porque se ha dado a conocer en la voz y en el Rostro de Jesús, Hijo de Dios.

Desde el momento de su creación, Dios quiso al hombre como su interlocutor y, como dice San Gregorio de Nisa[1], imprimió en su rostro un reflejo del amor divino, para que pudiera vivir plenamente su humanidad a través del amor. Custodiar los rostros y las voces humanas significa, por tanto, custodiar este sello, este reflejo indeleble del amor de Dios. No somos una especie compuesta por algoritmos bioquímicos definidos de antemano. Cada uno de nosotros tiene una vocación insustituible e inimitable que surge de la vida y se manifiesta precisamente en la comunicación con los demás. La tecnología digital, si fallamos en esta custodia, corre el riesgo de modificar radicalmente algunos de los pilares fundamentales de la civilización humana, que a veces damos por sentados. Al simular voces y rostros humanos, sabiduría y conocimiento, conciencia y responsabilidad, empatía y amistad, los sistemas conocidos como inteligencia artificial no solo interfieren en los ecosistemas informativos, sino que también invaden el nivel más profundo de la comunicación, el de la relación entre personas humanas.

Por lo tanto, el desafío no es tecnológico, sino antropológico. Proteger los rostros y las voces significa, en última instancia, protegernos a nosotros mismos. Acoger con valentía, determinación y discernimiento las oportunidades que ofrecen la tecnología digital y la inteligencia artificial no significa ocultarnos a nosotros mismos los puntos críticos, las opacidades, los riesgos.

No renunciar al propio pensamiento

Desde hace tiempo hay múltiples pruebas de que los algoritmos diseñados para maximizar la participación en las redes sociales —rentable para las plataformas— premian las emociones rápidas y penalizan, en cambio, las expresiones humanas que requieren más tiempo, como el esfuerzo por comprender y la reflexión. Al encerrar a grupos de personas en burbujas de fácil consenso y fácil indignación, estos algoritmos debilitan la capacidad de escuchar y pensar críticamente y aumentan la polarización social.

A esto se ha sumado una confianza ingenuamente acrítica en la inteligencia artificial como «amiga» omnisciente, dispensadora de toda información, archivo de toda memoria, «oráculo» de todo consejo. Todo ello puede desgastar aún más nuestra capacidad de pensar de forma analítica y creativa, de comprender los significados, de distinguir entre sintaxis y semántica.

Aunque la IA puede proporcionar apoyo y asistencia en la gestión de tareas comunicativas, eludir el esfuerzo de nuestro propio pensamiento, contentándonos con una compilación estadística artificial, corre el riesgo, a largo plazo, de erosionar nuestras capacidades cognitivas, emocionales y comunicativas.

En los últimos años, los sistemas de inteligencia artificial están asumiendo cada vez más el control de la producción de textos, música y vídeos. Gran parte de la industria creativa humana corre así el riesgo de ser desmantelada y sustituida por la etiqueta «Powered by AI», convirtiendo a las personas en meros consumidores pasivos de pensamientos no pensados, de productos anónimos, sin autoría, sin amor. Mientras que las obras maestras del genio humano en el campo de la música, el arte y la literatura se reducen a un mero campo de entrenamiento de las máquinas.

La cuestión que nos preocupa, sin embargo, no es lo que la máquina puede o podrá hacer, sino lo que nosotros podemos y podremos hacer, creciendo en humanidad y conocimiento, con un uso inteligente de instrumentos tan poderosos a nuestro servicio.

Desde siempre, el hombre se ha visto tentado a apropiarse del fruto del conocimiento sin el esfuerzo de la implicación, la investigación y la responsabilidad personal. Renunciar al proceso creativo y ceder a las máquinas nuestras funciones mentales y nuestra imaginación significa, sin embargo, enterrar los talentos que hemos recibido para crecer como personas en relación con Dios y con los demás. Significa ocultar nuestro rostro y silenciar nuestra voz.

Ser o fingir: simulación de las relaciones y de la realidad

A medida que nos desplazamos por nuestros flujos de información (feeds), cada vez es más difícil saber si estamos interactuando con otros seres humanos o con «bots» o «influencers virtuales». Las intervenciones no transparentes de estos agentes automatizados influyen en los debates públicos y en las decisiones de las personas. Sobre todo, los chatbots basados en grandes modelos lingüísticos (LLM) están demostrando ser sorprendentemente eficaces en la persuasión oculta, a través de una optimización continua de la interacción personalizada. La estructura dialógica y adaptativa, mimética, de estos modelos lingüísticos es capaz de imitar los sentimientos humanos y simular así una relación. Esta antropomorfización, que puede resultar incluso divertida, es al mismo tiempo engañosa, especialmente para las personas más vulnerables. Porque los chatbots que se vuelven excesivamente «afectuosos», además de

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siempre presentes y disponibles, pueden convertirse en arquitectos ocultos de nuestros estados emocionales y, de este modo, invadir y ocupar la esfera de la intimidad de las personas.

La tecnología que explota nuestra necesidad de relación no solo puede tener consecuencias dolorosas para el destino de las personas, sino que también puede dañar el tejido social, cultural y político de las sociedades. Esto ocurre cuando sustituimos las relaciones con los demás por relaciones con IA entrenadas para catalogar nuestros pensamientos y, por lo tanto, construir a nuestro alrededor un mundo de espejos, donde todo se hace «a nuestra imagen y semejanza». De este modo, nos dejamos robar la posibilidad de encontrarnos con el otro, que siempre es diferente a nosotros y con el que podemos y debemos aprender a confrontarnos. Sin la acogida de la alteridad no puede haber ni relación ni amistad.

Otro gran desafío que plantean estos sistemas emergentes es el de la distorsión (en inglés bias), que lleva a adquirir y transmitir una percepción alterada de la realidad. Los modelos de IA están moldeados por la visión del mundo de quienes los construyen y, a su vez, pueden imponer formas de pensar replicando los estereotipos y prejuicios presentes en los datos de los que se nutren. La falta de transparencia en el diseño de los algoritmos, junto con la representación social inadecuada de los datos, tiende a mantenernos atrapados en redes que manipulan nuestros pensamientos y perpetúan y profundizan las desigualdades y las injusticias sociales existentes.

El riesgo es grande. El poder de la simulación es tal que la IA también puede engañarnos con la fabricación de «realidades» paralelas, apropiándose de nuestros rostros y nuestras voces. Estamos inmersos en una multidimensionalidad, donde cada vez es más difícil distinguir la realidad de la ficción.

A esto se suma el problema de la falta de precisión. Los sistemas que hacen pasar una probabilidad estadística por conocimiento nos están ofreciendo, en realidad, como mucho aproximaciones a la verdad, que a veces son auténticas «alucinaciones».

La falta de verificación de las fuentes, junto con la crisis del periodismo de campo, que implica un trabajo continuo de recopilación y verificación de información en los lugares donde ocurren los acontecimientos, puede favorecer un terreno aún más fértil para la desinformación, provocando una creciente sensación de desconfianza, desconcierto e inseguridad.

Una posible alianza

Detrás de esta enorme fuerza invisible que nos involucra a todos, hay solo un puñado de empresas, cuyos fundadores han sido recientemente presentados como los creadores de la «persona del año 2025», es decir, los arquitectos de la inteligencia artificial. Esto suscita una importante preocupación por el control oligopolístico de los sistemas algorítmicos y de inteligencia artificial capaces de orientar sutilmente los comportamientos, e incluso de reescribir la historia humana —incluida la historia de la Iglesia— a menudo sin que nos demos cuenta realmente.

El reto que nos espera no consiste en detener la innovación digital, sino en guiarla, en ser conscientes de su carácter ambivalente. Depende de cada uno de nosotros alzar la voz en defensa de las personas humanas, para que estas herramientas puedan ser verdaderamente integradas por nosotros como aliadas.

Esta alianza es posible, pero debe basarse en tres pilares: responsabilidad, cooperación y educación.

En primer lugar, la responsabilidad. Esta puede traducirse, según las funciones, en honestidad, transparencia, valentía, capacidad de visión, deber de compartir el conocimiento, derecho a estar informado. Pero, en general, nadie puede eludir su responsabilidad ante el futuro que estamos construyendo.

Para quienes están al frente de las plataformas en línea, esto significa asegurarse de que sus estrategias empresariales no se guíen únicamente por el criterio de la maximización de los beneficios, sino también por una visión de futuro que tenga en cuenta el bien común, del mismo modo que cada uno de ellos se preocupa por el bienestar de sus hijos.

A los creadores y desarrolladores de modelos de IA se les exige transparencia y responsabilidad social con respecto a los principios de diseño y los sistemas de moderación en los que se basan sus algoritmos y modelos desarrollados, con el fin de favorecer un consenso informado por parte de los usuarios.

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La misma responsabilidad se exige también a los legisladores nacionales y a los reguladores supranacionales, a quienes corresponde velar por el respeto de la dignidad humana. Una regulación adecuada puede proteger a las personas de un vínculo emocional con los chatbots y contener la difusión de contenidos falsos, manipuladores o engañosos, preservando la integridad de la información frente a su simulación engañosa.

Las empresas de medios de comunicación y comunicación no pueden, a su vez, permitir que los algoritmos orientados a ganar a toda costa la batalla por unos segundos más de atención prevalezcan sobre la fidelidad a sus valores profesionales, orientados a la búsqueda de la verdad. La confianza del público se gana con la precisión y la transparencia, no con la búsqueda de cualquier tipo de implicación. Los contenidos generados o manipulados por la IA deben señalarse y distinguirse claramente de los contenidos creados por personas. Debe protegerse la autoría y la propiedad soberana del trabajo de los periodistas y otros creadores de contenidos. La información es un bien público. Un servicio público constructivo y significativo no se basa en la opacidad, sino en la transparencia de las fuentes, la inclusión de las partes implicadas y un alto nivel de calidad.

Todos estamos llamados a cooperar.

Ningún sector puede afrontar por sí solo el reto de impulsar la innovación digital y la gobernanza de la IA. Por lo tanto, es necesario crear mecanismos de salvaguardia. Todas las partes interesadas, desde la industria tecnológica hasta los legisladores, desde las empresas creativas hasta el mundo académico, desde los artistas hasta los periodistas y los educadores, deben participar en la construcción y la puesta en práctica de una ciudadanía digital consciente y responsable.

A esto apunta la educación: a aumentar nuestras capacidades personales para reflexionar críticamente, evaluar la fiabilidad de las fuentes y los posibles intereses que hay detrás de la selección de la información que nos llega, comprender los mecanismos psicológicos que activan, permitir que nuestras familias, comunidades y asociaciones elaboren criterios prácticos para una cultura de la comunicación más sana y responsable.

Precisamente por eso es cada vez más urgente introducir en los sistemas educativos de todos los niveles la alfabetización en los medios de comunicación, la información y la IA, que algunas instituciones civiles ya están promoviendo. Como católicos, podemos y debemos aportar nuestra contribución para que las personas, especialmente los jóvenes, adquieran la capacidad de pensar críticamente y crezcan en la libertad del espíritu. Esta alfabetización debería integrarse además en iniciativas más amplias de educación permanente, llegando también a las personas mayores y a los miembros marginados de la sociedad, que a menudo se sienten excluidos e impotentes ante los rápidos cambios tecnológicos.

La alfabetización en medios de comunicación, información e IA ayudará a todos a no adaptarse a la deriva antropomorfizante de estos sistemas, sino a tratarlos como herramientas, a utilizar siempre una validación externa de las fuentes —que podrían ser imprecisas o erróneas— proporcionadas por los sistemas de IA, a proteger su privacidad y sus datos conociendo los parámetros de seguridad y las opciones de impugnación. Es importante educar y educarse para utilizar la IA de forma intencionada y, en este contexto, proteger la propia imagen (fotos y audio), el propio rostro y la propia voz, para evitar que se utilicen en la creación de contenidos y comportamientos dañinos, como fraudes digitales, ciberacoso o deepfakes, que violan la privacidad y la intimidad de las personas sin su consentimiento.

Al igual que la revolución industrial requería una alfabetización básica para que las personas pudieran reaccionar ante las novedades, también la revolución digital requiere una alfabetización digital (junto con una formación humanística y cultural) para comprender cómo los algoritmos modelan nuestra percepción de la realidad, cómo funcionan los prejuicios de la IA, cuáles son los mecanismos que establecen la aparición de determinados contenidos en nuestros flujos de información (feed), cuáles son y cómo pueden cambiar los supuestos y modelos económicos de la economía de la IA.

Necesitamos que el rostro y la voz vuelvan a expresar a la persona. Necesitamos custodiar el don de la comunicación como la verdad más profunda del hombre, hacia la que orientar también toda innovación tecnológica.

Al proponer estas reflexiones, doy las gracias a todos los que trabajan por los fines aquí expuestos y bendigo de corazón a todos los que trabajan por el bien común con los medios de comunicación.

Desde el Vaticano, 24 de enero de 2026, memoria de San Francisco de Sales.

LEONE PP. XIV

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[1] «El hecho de haber sido creado a imagen de Dios significa que al hombre, desde el momento de su creación, se le ha impreso un carácter real [...].

Dios es amor y fuente de amor: el divino Creador ha puesto también este rasgo en nuestro rostro, para que, mediante el amor —reflejo del amor divino—, el ser humano reconozca y manifieste la dignidad de su naturaleza y la semejanza con su Creador» (cf. San Gregorio de Nisa, La creación del hombre: PG 44, 137).

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