León XIV traza el lienzo de la nueva Europa entre las vidrieras de Metz: "El futuro no reside en la uniformidad, sino en la armonía de las diferencias"
"También nosotros utilizamos estructuras, que sólo tienen sentido en la medida en que nos ayudan a llevar al mundo la luz del Evangelio", resalta el Papa en la misa conclusiva de su viaje a Francia. “No es verdad que el que comete venganza es más fuerte que el que perdona. No es verdad que el que no cede es más fuerte que el que busca la reconciliación. No es verdad que el que se marcha azotando la puerta es más fuerte que el que afronta el esfuerzo de caminar juntos”
La ‘Linterna del Buen Dios’ es un conjunto de 6.500 metros cuadrados de vidrieras que hacen de la catedral de San Esteban de Metz un faro de Cristiandad en una tierra jalonada por las guerras, el odio y la reconstrucción. Y es que la cuna de Robert Schuman, “que nunca ha dejado de ser una encrucijada de pueblos, y fue una frontera dolorosa en Europa”, emerge como “un faro de esperanza para este país, para Europa y para el mundo”, esperanza en un futuro de unidad en la diversidad, como se encargó de recordar León XIV en su último acto público de este intenso viaje al país galo.
Vidrieras con siglos de historia, que en el último siglo se vieron completadas con la intervención de Marc Chagall. “Las obras de este gran pintor judío, colocadas en los muros de la Catedral, transforman la “Linterna del Buen Dios” en un extraordinario símbolo ecuménico y de diálogo interreligioso”, recordó el Papa en un momento de su homilía, ante 35.000 fieles que llenaban el templo y las calles adyacentes.
Evocando las lecturas del Evangelio de hoy, el Papa recurrió a tres imágenes: el desierto, el jardín y la casa. “En el desierto, lugar de la sobriedad y del silencio, se instaura el derecho, es decir, la ley que ayuda al hombre a recorrer el camino del bien”, comenzó León, recordando así “la importancia de lo esencial y de la sencillez, que nos permiten atribuir el justo valor a las cosas, formándonos al mismo tiempo en la renuncia y el sacrificio”. Junto a él, el jardín, “donde reina la justicia”, el “lugar de la belleza”. Finalmente, “la casa, lugar de paz”, cuya construcción precisa de “una contribución más directa y más importante por parte del hombre, con el uso de fuerzas y competencias, a través de un esfuerzo común, una auténtica obra en proceso”.
Igual que la casa, “la paz, que es don de Dios, exige una respuesta por parte de los hombres en un esfuerzo compartido”, precisó León, recordando cómo “en un mundo marcado por el límite, la concordia sólo se construye en la caridad, que sabe compartir alegrías y dolores, animar y perdonar, sin cálculos ni límites, como en una familia”.
“Mientras que hoy, en el mundo, somos testigos de tanta violencia, manipulación y arrogancia, a diversos niveles, Jesús nos enseña a transformar el desierto en un oasis, a cultivar jardines y construir casas”, glosó el pontífice, lanzando el mensaje de la misericordia y el perdón, el de la otra mejilla.
“Mientras que hoy, en el mundo, somos testigos de tanta violencia, manipulación y arrogancia, a diversos niveles, Jesús nos enseña a transformar el desierto en un oasis, a cultivar jardines y construir casas”
“Estas palabras podrían parecerles a algunos un signo de debilidad, o quizá una rendición frente al mal; pero no es así en absoluto”, explicó Prevost, quien se preguntó “¿qué producen, en el mundo y en nosotros mismos, actitudes como la venganza, la represalia y el rechazo? ¿Y qué futuro para la humanidad dejan entrever las relaciones y los sistemas impregnados por las lógicas despiadadas que derivan de estas actitudes?”
“No es verdad que el que comete venganza es más fuerte que el que perdona. No es verdad que el que no cede es más fuerte que el que busca la reconciliación. No es verdad que el que se marcha azotando la puerta es más fuerte que el que afronta el esfuerzo de caminar juntos” subrayó.
Romper las cadenas del resentimiento
Volviendo a Metz y al río Mosela, el Papa subrayó que “la reconciliación es posible sólo cuando se tiene la valentía de romper las cadenas del resentimiento”, para lo que se necesita “fuerza y gran equilibrio para no dejarse abrumar por el mal, sobre todo cuando las heridas sufridas son profundas”. En definitiva, “hacerse cargo del otro”, incluso “frente a los comportamientos más difíciles de aceptar”, de modo que “ley, justicia y paz son etapas de un camino de conversión que, siendo personal, se vuelve cada vez más comunitario, en favor de una civilización respetuosa del hombre y de su Creador”.
Evocando el célebre discurso de Juan Pablo II en Compostela, León XIV subrayó cómo “Europa hunde sus raíces en la vida y en la obra de hombres y mujeres que han vivido, predicado y compartido las enseñanzas del Evangelio”. En esta zona de Francia, el monacato, y desde allí “los fundamentos morales del mundo en el que vivimos: principios como la primacía de la persona y el carácter sagrado e inviolable de la vida humana, en todas sus fases y en toda circunstancia; la tutela de la libertad de los individuos; la importancia esencial de la familia como fundamento de la sociedad; la atención a los pobres y a los más necesitados; la acogida del extranjero y el respeto a los ancianos”.
“Permanecer fieles a esos pilares no ha sido fácil, ni siquiera para aquellos que nos han precedido”, admitió el Papa, quien echó mano de la evocadora luz de San Esteban. “Pareciera que los constructores hayan querido reducir al mínimo las paredes, que sin embargo permanecen sólidas, para que la luz pudiera llegar en abundancia a los fieles”, abundó. “Quien entra allí se encuentra de ese modo inmerso en una riquísima biblia pauperum, fuente de oración y meditación, a través de reflejos de miles colores”. La marca de Chagall, además, le dota de un toque ecuménico e interreligioso únicos.
“Esta Catedral nos dice que la luz del Señor no suprime la especificidad, sino que une historias y culturas diferentes en un único y maravilloso mosaico de paz, necesario en nuestra época, azotada por nuevas divisiones y nuevos conflictos”, glosó, señalando que “el futuro de Europa no reside en la uniformidad, sino en la armonía de las diferencias, donde la herida del pasado se convierte en una fisura que deja filtrar la luz”.
“En esto hay un símbolo de nuestra identidad como Iglesia. También nosotros utilizamos estructuras, que sólo tienen sentido en la medida en que nos ayudan a llevar al mundo la luz del Evangelio”, advirtió, llamando a ser, como las vidrieras, “testigos generosos y valientes”.
