León XIV pide "evitar todo lo que desgasta o hiere la comunión" y recuerda que Pedro y Pablo "no fueron adversarios"

Tras la misa de imposición de palios en la solemnidad de los apóstoles Pedro y Pablo, León XIV reitera la importancia de la comunión y recuerda en el ángelus que su testimonio "contribuyó de manera determinante a que la presencia cristiana en la historia esté orientada no al dominio, sino al servicio, a la unidad y a la reconciliación". 

El Papa, en el balcón del Palacio Apostólico
El Papa, en el balcón del Palacio Apostólico | RD/Captura

La diversidad no ahoga la comunión. Lo había dejado ya claro el Papa durante la misa de imposición de palios a los 35 nuevos arzobispos metropolitanos en la solemnidad de los apóstoles Pedro y Pablo. Y volvió a repetirlo en las palabras previas al rezo del ángelus en este lunes festivo en la Santa Sede, desde el balcón del Palacio Apostólico al que se asomó tras concluir la celebración eucarística.

"Quizá Pedro y Pablo no podrían haber sido más distintos el uno del otro. Distintos por procedencia, por formación, por carácter; no sólo antes, sino también después de haber sido llamados, y su único Señor no los uniformó. El Evangelio es comprendido y anunciado por cada uno de ellos con un acento específico; y el Espíritu Santo, inspirando a los autores bíblicos, quiso que no se ocultaran sus divergencias, que de hecho se nos narran como una buena noticia", contextualizó el Papa.

"No fueron adversarios"

Sin embargo, apostilló acto seguido Robert F. Prevost, "en el colegio de los Apóstoles, Pedro y Pablo no fueron, sin embargo, adversarios. Al contrario, llegaron a ser casi el símbolo de muchas otras diversidades que el único Espíritu compone en unidad. Así, los patronos de la Iglesia de Roma vivieron el trabajo intenso de la comunión, la conocieron, la sirvieron y la anunciaron como sacramento de la vida divina. Su testimonio contribuyó de manera determinante a que la presencia cristiana en la historia esté orientada no al dominio, sino al servicio, a la unidad y a la reconciliación". 

Fieles en la plaza de San Pedro para el ángelus del Papa
Fieles en la plaza de San Pedro para el ángelus del Papa | RD/Captura

Por ello, el Papa mostró su deseo de "apreciar cada vez más la catolicidad de la Iglesia, reconocer su valor al servicio del encuentro fraterno entre las personas y los pueblos, evitar todo lo que desgasta o hiere la comunión, perseverar en el camino ecuménico y en el diálogo atento y franco con todos". 

Petición que resuena de manera clara en un momento en el que los seguidores del cismático Marcel Lefebvre, agrupados la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, han anunciado en lo que el Vaticano ha considerado que sería un acto cismático, la ordenación de cuatro nuevos obispos este próximo 1 de julio en la localidad suiza de Écône.

Religiosas españolas escuchan al Papa en el ángelus
Religiosas españolas escuchan al Papa en el ángelus | RD/Captura

Las palabras del Papa

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! 

Celebramos hoy la solemnidad de los santos Pedro y Pablo, patronos de Roma. Esta fiesta recuerda el vínculo originario que une, en comunión de fe y de caridad, a la Iglesia que está en Roma con todas las demás Iglesias del mundo. 

El testimonio de estos dos Apóstoles es casi un sello del Nuevo Testamento. La sangre que derramaron en esta ciudad revela hasta dónde llega el amor de Dios que el Señor Jesús nos ha dado. Sí, por su palabra y su martirio, el Evangelio de Cristo, por así decirlo, echó raíces en Roma, manifestando precisamente aquí, en la capital del imperio, su capacidad de renovación: un nuevo conocimiento de Dios y de la infinita dignidad de todo ser humano, una nueva experiencia de la fuerza, no como dominio, sino como servicio a la vida. 

También hoy el Señor, muerto y resucitado por amor, se hace presente en sus testigos; llega a los centros y a las periferias, a las capitales y a las regiones más remotas, con las voces, los rostros y las decisiones valientes de quienes han respondido a su invitación: “¡Sígueme!”. Así, este día de fiesta nos involucra en la misión de Pedro y Pablo, es decir, en la misión de Jesús mismo. Dios confía en nosotros, que somos pecadores perdonados por Él, en nosotros, que no somos perfectos, para que brille en nuestras historias su gracia y se revele su fuerza, que transforma el mal en bien. 

Queridos amigos, quizá Pedro y Pablo no podrían haber sido más distintos el uno del otro. Distintos por procedencia, por formación, por carácter; no sólo antes, sino también después de haber sido llamados, y su único Señor no los uniformó. El Evangelio es comprendido y anunciado por cada uno de ellos con un acento específico; y el Espíritu Santo, inspirando a los autores bíblicos, quiso que no se ocultaran sus divergencias, que de hecho se nos narran como una buena noticia. En el colegio de los Apóstoles, Pedro y Pablo no fueron, sin embargo, adversarios. Al contrario, llegaron a ser casi el símbolo de muchas otras diversidades que el único Espíritu compone en unidad. Así, los patronos de la Iglesia de Roma vivieron el trabajo intenso de la comunión, la conocieron, la sirvieron y la anunciaron como sacramento de la vida divina. Su testimonio contribuyó de manera determinante a que la presencia cristiana en la historia esté orientada no al dominio, sino al servicio, a la unidad y a la reconciliación. 

Que el Señor nos conceda, por intercesión de los santos Pedro y Pablo, apreciar cada vez más la catolicidad de la Iglesia, reconocer su valor al servicio del encuentro fraterno entre las personas y los pueblos, evitar todo lo que desgasta o hiere la comunión, perseverar en el camino ecuménico y en el diálogo atento y franco con todos. 

María, Reina de los Apóstoles, proteja siempre al Pueblo de Dios, en Roma y en el mundo entero. 

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