El Papa denuncia en el ángelus la guerra de Rusia contra Ucrania: "Los trágicos episodios se suceden, es más, se multiplican, provocando cada vez más víctimas civiles, entre las que también se encuentran niños"
"Y, si lo acogemos con humildad en la barca de nuestra vida —con la oración, con los sacramentos, con la escucha de su Palabra—, en Él encontraremos la paz, encontraremos luz y fuerza para nuestro camino"
Antes de la oración del ángelus, León XIV explica, en su catequesis, el pasaje de la tempestad calmada y recuerda que los discípulos "tuvieron que pasar por la experiencia de su debilidad y, en ella, reconocer la presencia de Dios". Y concluye con esta afirmación categórica: "Este milagro nos enseña algo importante: ante todo, a no dejarnos llevar por el éxito y a no ser nunca presuntuosos; y, al mismo tiempo, a no desesperarnos, ni siquiera en los momentos de oscuridad, cuando nos sentimos impotentes ante los problemas y, a pesar de nuestros esfuerzos, nos parece que vamos más hacia atrás que hacia adelante".
Al término del ángelus, el Papa recordo los conflictos más sangrientos del mundo, en especial Sudán y Ucrania.
"Queridos hermanos y hermanas, sigo con preocupación la trágica situación en Sudán, especialmente en la ciudad de El Obeid. Al expresar mi cercanía espiritual a todo el pueblo de la nación, renuevo mi llamamiento a las autoridades para que garanticen corredores humanitarios para la población civil. Al mismo tiempo, insto a la comunidad internacional a que apoye los esfuerzos destinados a lograr un alto el fuego inmediato.
Recemos para que el Señor sostenga a quienes sufren, convierta los corazones de quienes siembran la violencia y conceda la paz tan esperada. Siguen llegando noticias dolorosas sobre personas inocentes asesinadas y heridas en Ucrania y en Rusia. Los trágicos episodios se suceden, es más, se multiplican, provocando cada vez más víctimas civiles, entre las que también se encuentran niños.
Estoy cerca de las familias de las víctimas, de los heridos y de todos aquellos que sufren a causa del conflicto en curso. Ante tanto dolor, renuevo mi apremiante llamamiento para que se respete el derecho humanitario y cesen por ambas partes los ataques contra objetivos civiles. La guerra no hace más que generar más guerra y provoca un enorme sufrimiento.
Es hora de detener la espiral de violencia y dar cabida a la diplomacia y al diálogo para allanar el camino hacia la paz. Y ahora doy la bienvenida a todos ustedes romanos y peregrinos de distintos países".
Catequesis del Papa
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
Hoy el Evangelio nos habla de Jesús, quien, en el lago de Galilea, caminando sobre las aguas, se une a los discípulos en medio de una tormenta (cf. Mt 14,22-33).
Tras el milagro de los panes y los peces (cf. Mt 14,13-21), el Maestro insta a sus discípulos a subir a la barca y a hacerse a la mar, mientras Él se retira al monte a solas para orar. Lejos de la orilla, sin embargo, se encuentran a merced del viento y les cuesta avanzar. Tras una experiencia exitosa, en la que habían sido protagonistas de un signo prodigioso, ahora se encuentran frágiles y asustados ante la amenaza de las olas y el viento en contra.
Hacia el final de la noche, Jesús les sale al encuentro sobre las aguas agitadas, y ellos, asustados, lo confunden con un fantasma (v. 26). Pero Él les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!» (v. 27). La presencia del Señor lo cambia todo: Pedro incluso logra dar unos pasos sobre las olas hacia Él; luego se asusta, comienza a hundirse y Jesús lo salva. Cuando el Maestro sube a la barca, la tormenta se calma, y entonces brota espontáneamente del corazón de los discípulos la profesión de fe: «En verdad tú eres el Hijo de Dios» (v. 33).
Para llegar a esto, no les bastó haber presenciado un milagro, ni haber tenido éxito ante la gente: tuvieron que pasar por la experiencia de su debilidad y, en ella, reconocer la presencia de Dios. Sólo de este modo realmente pudieron abrir los ojos y el corazón a su cercanía, encontrando paz incluso en medio de la tempestad.
Tiempo después, un día Jesús les dirá: «Si ustedes tienen fe y no dudan […], dirán a este monte: “¡Quítate y lánzate al mar!”, y así sucederá» (Mt 21,21). Y eso mismo es lo que experimentaron en el lago: la paz de Cristo, que había estado en la montaña orando, los alcanzó en medio de la furia de las aguas.
Este milagro nos enseña algo importante: ante todo, a no dejarnos llevar por el éxito y a no ser nunca presuntuosos; y, al mismo tiempo, a no desesperarnos, ni siquiera en los momentos de oscuridad, cuando nos sentimos impotentes ante los problemas y, a pesar de nuestros esfuerzos, nos parece que vamos más hacia atrás que hacia adelante. En cualquier circunstancia, Jesús no nos abandona y, si lo acogemos con humildad en la barca de nuestra vida —con la oración, con los sacramentos, con la escucha de su Palabra—, en Él encontraremos la paz, encontraremos luz y fuerza para nuestro camino.
Que nos ayude María a vivir así, abandonados confiadamente en Dios, ella, que fue llamada dichosa por su fe (cf. Lc 1,45).
