El Papa exhorta a "resistir la mercantilización de necesidades básicas" como los alimentos, el agua o la salud

En su visita a la sede en Roma del Programa Mundial de Alimentos, León XIV instó también a "un compromiso renovado con la cooperación multilateral" porque "la paz duradera y el desarrollo humano integral y sostenible solo son posibles mediante la participación de todos"

El Papa, en la sede del PMA, en Roma
El Papa, en la sede del PMA, en Roma | RD/Captura

En medio del ruido internacional vacío de sentido, los mensajes del Papa, allí donde le invitan para escuchar la palabra de la Iglesia y el Evangelio, sigue dejando mensajes de hondo calado y de urgente implementación para el bien común de la humanidad. Así ha sido también con el discurso que pronunció esta mañana en la sede del Programa Mundial de Alimentos (PMA) en Roma, donde se reunió con los participantes en la sesión anual del Directorio Ejecutivo de esta organización de las Naciones Unidas, así como con empleados y sus familias.

Ante todos ellos comenzó destacando León XIV en su alocución la existencia en estos tiempos de "una paradoja sorprendente: una capacidad productiva global sin precedentes coexiste con zonas cada vez más extensas de extrema vulnerabilidad. Las mismas fuerzas que impulsan el crecimiento económico a menudo exacerban la exclusión y la marginación".

El Papa, en la sede del PMA
El Papa, en la sede del PMA | RD/Captura

Destacó también el Papa al inicio la labor que desarrolla en el mundo esta institución intergubernamental, "dedicada a salvar vidas en situaciones de emergencia y a proporcionar asistencia alimentaria en medio de conflictos y desastres naturales", compromiso, añadió el Pontífice, que "resuena profundamente con la misión de la Iglesia Católica de defender la dignidad humana y fomentar la fraternidad", por lo que animó a ambas instancias mantener su cooperación.

Y abogó el Papa por esa cooperación en unos tiempos en los que "el orden internacional se ha fragmentado cada vez más, en parte debido a la crisis del sistema multilateral", por lo que instó a "un compromiso renovado con la cooperación multilateral" porque "la paz duradera y el desarrollo humano integral y sostenible solo son posibles mediante la participación de todos, fomentada por un diálogo internacional genuino y una cooperación orientada al bien común". "Este enfoque requiere una firme voluntad política capaz de trascender las perspectivas cortoplacistas e invertir en bienes públicos globales", remarcó Robert F. Prevost.

La presidenta del PMA saluda al Papa en la visita a la sede de ese organismo de la ONU
La presidenta del PMA saluda al Papa en la visita a la sede de ese organismo de la ONU | RD/Captura

En este punto, denunció el Papa que "las preocupaciones humanitarias corren cada vez más el riesgo de quedar relegadas a un segundo plano entre las prioridades internacionales", "brecha" en la que "presenciamos la progresiva burocratización de la solidaridad, junto con la silenciosa mercantilización de la vida humana". "Quienes no generan un valor cuantificable corren el riesgo de volverse invisibles", con e riesgo de que "la persona humana ya no se sitúa sistemáticamente en el centro de la acción internacional".

"Más allá de ser una mera preocupación humanitaria, el hambre erosiona la cohesión social, aumenta el riesgo de conflicto e impulsa la migración forzada", lo que, abundó el Papa agustino, "en última instancia, afectan a la comunidad internacional en general", por lo que hizo "un llamamiento a los gobiernos y pueblos del mundo para que renueven y fortalezcan su compromiso, aumenten los recursos dedicados a combatir el hambre y sus causas profundas, y eliminen los obstáculos que impiden que la ayuda llegue a quienes la necesitan".

Igualmente, el Papa calificó de "importante resistir la mercantilización de las necesidades humanas básicas. Los alimentos, el agua y la atención médica no pueden subordinarse a consideraciones de mercado ni a intereses geopolíticos. El acceso a una alimentación adecuada es un derecho humano fundamental basado en la dignidad de toda persona".

El Papa reza en la sede del PAM por los trabajadores de este organismo fallecidos en misiones humanitarias
El Papa reza en la sede del PAM por los trabajadores de este organismo fallecidos en misiones humanitarias | RD/Captura

El discurso del Papa

Distinguidas Autoridades,

Excelentísimos Señores,

Señoras y señores,

Quisiera agradecer a Su Excelencia la Sra. Cindy McCain su amable invitación para dirigirme a esta reunión anual del Directorio Ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas. Saludo en particular al Sr. Carl Skau, Director Ejecutivo Interino, y a Su Excelencia la Sra. Carla Barroso Carneiro, Presidenta de esta importante asamblea. Extiendo mis saludos a los Representantes de los Estados Miembros, a los distinguidos invitados a esta reunión y al personal de esta institución intergubernamental, dedicada a salvar vidas en situaciones de emergencia y a proporcionar asistencia alimentaria en medio de conflictos y desastres naturales. El compromiso de su institución resuena profundamente con la misión de la Iglesia Católica de defender la dignidad humana y fomentar la fraternidad, arraigada en el llamado evangélico a amar al prójimo (cf. Mc 12,31). Juntos, compartimos la urgente tarea de afrontar el hambre y la malnutrición, abordando también las causas estructurales subyacentes que las perpetúan. Para afrontar esta tarea con eficacia, debemos examinar los desafíos que tenemos ante nosotros, sus causas subyacentes y los caminos hacia soluciones duraderas.

Hoy en día, las crisis han evolucionado de eventos aislados a realidades persistentes, marcadas por conflictos prolongados, inseguridad alimentaria crónica, volatilidad económica y creciente vulnerabilidad climática. Esto plantea una pregunta fundamental: ¿qué configuración del orden global es capaz de producir, reproducir y, en ocasiones, normalizar tales condiciones? La cuestión ya no se limita a cómo intervenir; se extiende a comprender por qué el sistema produce constantemente los mismos problemas que luego se ve obligado a corregir. El orden internacional se ha fragmentado cada vez más, en parte debido a la crisis del sistema multilateral. Como señalé recientemente en la encíclica Magnifica Humanitas, «las instituciones establecidas para salvaguardar el concepto de un futuro común para todos los pueblos y un bien común global parecen haberse debilitado» (201). Ante la ausencia de un horizonte ético compartido capaz de sustentar una cooperación genuina, el sistema internacional ha pasado del multilateralismo a «un multipolarismo desordenado y conflictivo, con una profunda desconfianza» (ibíd.). En consecuencia, los Estados han destinado cada vez más sus recursos a la seguridad nacional, el crecimiento económico y la estabilidad interna, sin tener en cuenta el estrecho vínculo entre estas cuestiones y la cooperación multilateral.

Esta tendencia revela una paradoja sorprendente: una capacidad productiva global sin precedentes coexiste con zonas cada vez más extensas de extrema vulnerabilidad. Las mismas fuerzas que impulsan el crecimiento económico a menudo exacerban la exclusión y la marginación. Si bien aliviar el sufrimiento humano se reconoce ampliamente como esencial en principio, las preocupaciones humanitarias corren cada vez más el riesgo de quedar relegadas a un segundo plano entre las prioridades internacionales. Es precisamente en la brecha entre el reconocimiento en principio y la priorización en la práctica donde presenciamos la progresiva burocratización de la solidaridad, junto con la silenciosa mercantilización de la vida humana. Por un lado, la acción humanitaria se ve cada vez más obstaculizada por trámites burocráticos que pueden retrasar la asistencia a quienes la necesitan. Por otro lado, el acceso a bienes esenciales, incluidos los alimentos, se ve influenciado con demasiada frecuencia por consideraciones económicas o estratégicas. Como resultado, quienes no generan un valor cuantificable corren el riesgo de volverse invisibles. Esta doble dinámica plantea un grave desafío ético: la persona humana ya no se sitúa sistemáticamente en el centro de la acción internacional. En este contexto, es importante reconocer que «mientras que las formas de ayuda y los proyectos de desarrollo se ven obstaculizados por decisiones políticas complejas e incomprensibles, visiones ideológicas sesgadas y barreras aduaneras impenetrables, el armamento no» (Francisco, Discurso ante el Consejo Ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos, 13 de junio de 2016). En efecto, los conflictos se alimentan con mayor facilidad que las personas. Esta realidad refleja no solo deficiencias operativas, sino también un desequilibrio fundamental en las prioridades políticas y morales.

Las consecuencias se extienden mucho más allá de quienes se ven directamente afectados. Más allá de ser una mera preocupación humanitaria, el hambre erosiona la cohesión social, aumenta el riesgo de conflicto e impulsa la migración forzada. Además, socava la capacidad de los Estados y las sociedades para construir instituciones resilientes, brindar una educación eficaz y fomentar el desarrollo económico sostenible. Al hacerlo, perpetúa ciclos de fragilidad que, en última instancia, afectan a la comunidad internacional en general.

Desde esta perspectiva, queda claro que la acción humanitaria no es ajena al orden internacional. Más bien, refleja la responsabilidad de la comunidad global de fortalecer la solidaridad, resistir la exclusión y reconocer la dignidad inherente, otorgada por Dios, de toda persona. Por lo tanto, más allá de la gestión de crisis, las instituciones internacionales encarnan un principio de responsabilidad compartida y afirman que la comunidad internacional está unida por la preocupación por quienes se encuentran en las situaciones más vulnerables. En este sentido, el Programa Mundial de Alimentos es más que un actor político, económico o técnico; es una expresión concreta de solidaridad internacional. De hecho, allí donde las instituciones nacionales se debilitan y las redes comunitarias se desintegran, su presencia ayuda a evitar que las crisis humanitarias degeneren en un colapso irreversible.

Por esta razón, es esencial un compromiso renovado con la cooperación multilateral. En un mundo cada vez más fragmentado y multipolar, ningún Estado puede afrontar los desafíos globales por sí solo. La paz duradera y el desarrollo humano integral y sostenible solo son posibles mediante la participación de todos, fomentada por un diálogo internacional genuino y una cooperación orientada al bien común. Este enfoque requiere una firme voluntad política capaz de trascender las perspectivas cortoplacistas e invertir en bienes públicos globales. «Este objetivo solo puede lograrse mediante la convergencia de políticas eficaces y la implementación coordinada y sinérgica de intervenciones. El llamado a caminar juntos, en armonía fraterna, debe convertirse en el principio rector» (Visita a la Sede de la FAO en Roma, 16 de octubre de 2025, pág. 6).

En este espíritu, deseo hacer un llamamiento a los gobiernos y pueblos del mundo para que renueven y fortalezcan su compromiso, aumenten los recursos dedicados a combatir el hambre y sus causas profundas, y eliminen los obstáculos que impiden que la ayuda llegue a quienes la necesitan. Al mismo tiempo, este apoyo debe fortalecer la colaboración con la Iglesia y la sociedad civil. Fortalecer las capacidades de todos estos actores en conjunto multiplicará nuestra eficacia colectiva en la lucha contra el hambre.

Para implementar este llamamiento de manera efectiva, es necesario reducir la burocracia innecesaria para que la transparencia y la rendición de cuentas estén al servicio de las personas en lugar de obstaculizar la asistencia. En situaciones donde los gobiernos carecen de un control territorial efectivo o el acceso humanitario está restringido, los socios locales de confianza se vuelven indispensables. La Iglesia Católica, a través de parroquias, diócesis, agencias de Cáritas y otras iniciativas religiosas, a menudo llega a poblaciones vulnerables en zonas inaccesibles para los actores internacionales. Por lo tanto, animo al Programa Mundial de Alimentos y a sus socios a que continúen apoyando estos esfuerzos.

Es igualmente importante resistir la mercantilización de las necesidades humanas básicas. Los alimentos, el agua y la atención médica no pueden subordinarse a consideraciones de mercado ni a intereses geopolíticos. El acceso a una alimentación adecuada es un derecho humano fundamental basado en la dignidad de toda persona. Satisfacer esta necesidad no solo alivia el sufrimiento, sino que también aborda las causas subyacentes de la inestabilidad geopolítica. De hecho, la seguridad alimentaria es un componente esencial de la seguridad global e integral.

En este sentido, es encomiable que, además de sus operaciones de respuesta a emergencias, el Programa Mundial de Alimentos extienda su labor más allá del socorro inmediato a iniciativas a largo plazo, como los programas que proporcionan alimentación a escolares. Estas inversiones fortalecen la educación, el desarrollo humano y la resiliencia social, reflejando una visión integral del desarrollo humano que promueve la dignidad, la oportunidad y el bienestar de la persona en su totalidad. Excelentísimos señores y señoras, queridos amigos, lo que está en juego no es solo la eficacia de una agencia, sino también la credibilidad de la cooperación internacional misma. Su organización demuestra que es posible un nuevo camino; sin embargo, esto requiere la firme decisión de simplificar lo que se ha vuelto excesivamente complejo, de priorizar lo esencial y de asegurar que nadie sea olvidado. Este compromiso se fundamenta en el reconocimiento de que toda persona humana posee una dignidad inherente e inalienable que permanece intacta independientemente de las circunstancias, la condición o la condición social. Enraizada en el amor incondicional e ilimitado de Dios, esta dignidad puede describirse como infinita, ya que nada puede disminuir, borrar ni negar su valor (cf. Carta Encíclica Magnifica Humanitas, 53). Es precisamente en nuestra fidelidad a esta verdad donde se mide la humanidad de nuestra política y, con ella, el futuro de la comunidad internacional.

Con estos sentimientos, pido a Dios que bendiga abundantemente sus esfuerzos, para que todos reciban su sustento diario y vivan con dignidad. Tengan la seguridad de mis oraciones por ustedes, sus seres queridos y aquellos a quienes sirven.

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