El Papa pide en Argentina que "la democracia debe ser custodiada" ante un Milei que ejerció de telepredicador

En su primer acto oficial en el país de Francisco, quien fue su prefecto para los Obispos le citó en varias ocasiones, aunque los elogios más altos los recibió el difunto Papa de Milei, quien antes tanto lo había denostado: "No solo es inmortal en los cielos, sino también en la tierra"

Mile aplaude el discurso del Papa
Mile aplaude el discurso del Papa | RD/Captura

"He venido como Sucesor del apóstol Pedro y, por ello, como pastor". Así llegó León XIV, en la tarde de este domingo, a Argentina, procedente de Uruguay, para una visita apostólica que desarrollará hasta el próximo miércoles, la primera de un papa en casi 40 años a este país, y también, desde el primer momento –como se vería luego en su primer discurso ante las autoridades–, muy presente en su recuerdo la memoria de su antecesor, el papa Francisco, el primer Pontífice argentino y quien nunca regresó a su patria desde su elección como Sumo Pontífice en marzo de 2013, tras desplazarse a Roma para participar en el cónclave tras la histórica renuncia de Benedicto XVI.

Milei recibe al Papa al pie de la escalerilla del avión
Milei recibe al Papa al pie de la escalerilla del avión | RD/Captura

Llegó el también primer Papa estadounidense a bordo de un avión de Aerolíneas Argentinas, con el nombre de Pontifex Maximus escrito en sus laterales, a las 16.34 hora local (19.34 GMT) al aeropuerto Jorge Newbery de Buenos Aires, donde lo esperaba a pie de escalerilla el presidente argentino, Javier Milei, el mismo que había insultado gravemente al papa Bergoglio pero que, al final, tras su particular caída del caballo, fue a visitar y a abrazar al Vaticano, y posteriormente, a su funeral.

Esta tarde, en su discurso de bienvendida a Prevost en el Palacio Libertad, Centro Cultural Domingo Faustino Sarmiento, Milei recordó a Bergoglio –tuvo que interrumpir sus palabras ante el aplauso general de público, también el de León XIV. "Francisco fue una figura excepcional que nos inspirió a todos, una persona de inmensa generosidad que tuve el honor de conocer de primera mano. No solo es inmortal en los cielos, sino también en la tierra", expresaría Milei en un discurso que bordearía el estilo de un telepredicador.

La gran alfombra roja de Milei al Papa en Argentina
La gran alfombra roja de Milei al Papa en Argentina | RD/Captura

Tampoco hubo un atisbo de recelo del mandatario libertario sobre el nuevo sucesor de Pedro. Todo lo contrario. Ya desde el despliegue en el aeropuerto se vio el intento de halagar al ilustre huésped, al que mantuvo escuchando durante más de seis largos minutos la recepción militar de honor al comienzo de una larga alfombra roja, que así es como quiere recibir el líder de La Libertad Avanza al jede de un Estado que no tiene tanques, pero cuya autoridad moral ha ido creciendo en las últimas décadas frente a la deriva populista en cuya cresta de la ola ha llegado Milei a la Casa Rosada.

"Máxima expectativa", titula en ese momento el diario argentino La Nación en su edición online. Efectivamente, la había. En la sociedad argentina, en la Iglesia en Argentina y también entre la clase política argentina, que asiste a unos niveles muy importantes de polarización que también se trasladan al pueblo.

Un niña llora y se abraza al Papa en el aeropuerto de Buenos Aires
Un niña llora y se abraza al Papa en el aeropuerto de Buenos Aires | RD/Captura

Por ello, el primer discurso oficial de Robert F. Prevost, como es habitual también con otros papas, el dirigido a las autoridades del país y al Cuerpo Diplomático, fue escrutado con celo, como lo fue también el del pasado viernes en Montevideo, en la Plaza de la Independencia, donde las autoridades de ese país abiertamente laicista acogieron también al Papa con los brazos abiertos.

Custodiar la democracia

Pero si allí ponderó el papa Prevost el respeto de Uruguay por el derecho, los pactos y la convivencia entre las distintas comunidades, en Argentina se diría que León XIV encontró la atmósfera democrática ciertamente mejorable o al menos a tener bajo supervisión. Fue cuando hablaba el Papa de la herencia compartida que desde hace siglos ha ido tejiendo lo que es hoy la nación argentina.

"Compartir una misma herencia exige también aprender a convivir, aun cuando existan diferencias de pensamiento. La historia enseña cuánto puede crecer un pueblo cuando sus diferencias se convierten en ocasión de diálogo y encuentro. Por eso, la democracia pertenece también a esa herencia que debe ser custodiada", señaló el Papa agustino.

Tributo floral del Papa en el monumento al General San Martín
Tributo floral del Papa en el monumento al General San Martín | RD/Captura

"La democracia –añadió– se fortalece también en la manera cotidiana de actuar en la vida pública: en la disposición a escuchar, en el cuidado de la palabra, en la búsqueda paciente de acuerdos y en la capacidad de reconocer en quien piensa de manera distinta a un compatriota con quien se comparte un mismo destino", y tirando de la encíclica Pacem in terris de Juan XXIII, el Papa Bueno, recordó que en todo ello "quien ejerce la autoridad tiene también el deber de actuar con prudencia, reconocer los límites del poder que le ha sido confiado y orientar sus decisiones hacia el bien de toda la comunidad".

"La autoridad alcanza su sentido más alto cuando se ejerce como servicio, cuando sabe mirar más allá de lo inmediato y cuando pone sus capacidades al cuidado de aquello que pertenece a todos. Quien ejerce la autoridad tiene también el deber de actuar con prudencia, reconocer los límites del poder que le ha sido confiado y orientar sus decisiones hacia el bien de toda la comunidad", señaló el Papa, quien, evidentemente no puso ni un solo nombre propio al lado, pero no era fácil evocaar los 'momentos motosierra' del actual inquilino de la Casa Rosada.

El Papa y Milei en la Casa Rosada
El Papa y Milei en la Casa Rosada | RD/Captura

Y, curiosamente, o tal vez no, el Papa aludió también ya casi al final de su parlamento a la eventualidad de los cargos y las responsabilidades. Lo hizo citando nada menos que a uno de los artistas más queridos, a un emblema nacional, a Carlos Gardel, al incidir en que "sí, como cantaba Gardel, es un soplo la vida, pero perdura el bien que cada generación haya sabido custodiar y transmitir".

Cita que fue precedida de otra, de enorme resonancia en el Palacio Libertad, Centro Cultural Domingo Faustino Sarmiento, donde se desarrollo el encuentro con las Autoridades, con la Sociedad Civil y con el Cuerpo Diplomático. "Cada generación recibe una patria que otros han puesto en sus manos. Durante un tiempo le corresponde habitarla, servirla y hacerla crecer. Después deberá entregarla". La cita era de Francisco, en su encíclica Laudato si’, tan denostada por los correligionarios de Javier MIlei, también en España.

El Papa en su discurso ante las autoridades en Argentina
El Papa en su discurso ante las autoridades en Argentina | RD/Captura

Habló, por supuesto, el Papa de la defensa de la vida en todas sus fases, del impacto de las nuevas tecnologías, y dedicó un amplio espacio a los jóvenes, resonando como un aldabonazo la pregunta que dejó flotando en el aire: "Una nación debe preguntarse seriamente en qué ha fallado cuando sus jóvenes deben abandonar su tierra para realizar sus sueños".

Y por supuesto, del papel de la Iglesia en medio de la sociedad argentina, en un momento en donde ha habido momentos de tensión entre el Episcopado y el Gobierno de Milei, sobre todo a raíz de los recortes sociales a cuenta de 'la motosierra' y su impacto directo en todos los sectores más desprotegidos, con una tendencia al alza en los últimos meses que, segun estimaciones, la estiman entre el 35 y el 45 % de la población.

Un momento del encuentro del Papa con las autoridades en Argentina
Un momento del encuentro del Papa con las autoridades en Argentina | RD/Argentina

"Hay bienes que una sociedad necesita y que ninguna política pública puede producir por sí sola. La confianza, el perdón, la disposición a servir y la conciencia de que la propia vida tiene un sentido que supera el éxito o la utilidad se cultivan en la conciencia personal y en la vida de las familias y las comunidades. La fe alimenta y sostiene esos bienes. Por ello, la Iglesia desea permanecer cerca de la nación argentina, vivir la caridad compartiendo sus cargas y sus alegrías y ofrecerle la esperanza que nace del Evangelio", señaló el Papa.

Y si había comenzado su discurso –que acabaría entre un aplauso generalizado– recordando que "mi llegada a esta tierra tiene, para mí, un significado particular. Durante doce años, la Iglesia universal escuchó la voz de un Pontífice argentino", lo cerró también con palabras que Jorge Mario Bergoglio "pronunció pensando en ustedes: «que el Señor los haga crecer como pueblo»".

El discurso del Papa

Señor Presidente de la República, distinguidas Autoridades y miembros del Cuerpo diplomático, señoras y señores: 

Me alegra profundamente encontrarme hoy en esta querida tierra argentina. Agradezco, Señor Presidente, las cordiales palabras que ha tenido a bien dirigirme y la acogida que, por medio de usted, me brinda su pueblo. Saludo también a los miembros del Cuerpo diplomático y a las demás Autoridades aquí presentes y extiendo con afecto mi saludo a todos los argentinos.  

He venido como Sucesor del apóstol Pedro y, por ello, como pastor. Deseo encontrarme con la Iglesia que peregrina en esta tierra y dirigirme asimismo a toda la nación y a quienes han recibido la tarea de servirla. La Iglesia acompaña la vida de los pueblos desde la misión que le ha sido confiada. Por eso, también ante quienes ejercen responsabilidades públicas, desea ofrecer una palabra inspirada en el Evangelio y orientada a custodiar la dignidad de cada persona, la concordia y el bien común. 

Mi llegada a esta tierra tiene, para mí, un significado particular. Durante doce años, la Iglesia universal escuchó la voz de un Pontífice argentino que llevó consigo, en la memoria y en el corazón, los lugares, las personas y la fe que aquí recibió. Hoy, al sucederle en el ministerio petrino, recorro en cierto modo el camino inverso y vengo a la patria donde el Papa Francisco comenzó una historia que después habría de entrelazarse con la de toda la Iglesia. Acercarme a la tierra en la que él creció es también acercarme a una historia mucho más amplia, hecha de generaciones de hombres y mujeres que, antes y después de él, han recibido esta patria y han dejado en ella algo de sí mismos.  

Algunos nacieron aquí; otros llegaron desde lejos y encontraron un hogar; otros pertenecen a pueblos originarios cuya presencia precede al nacimiento de la nación. De ese encuentro entre procedencias y experiencias diversas fue tomando forma, con el paso del tiempo, un pueblo que ha sabido abrir sus puertas, hacer espacio a quien llegaba y conservar, aun en medio de momentos difíciles, una notable capacidad para levantarse y seguir hacia adelante. Todos han contribuido a la Argentina que hoy tengo la alegría de visitar. Ninguna generación comienza la patria desde cero. La recibe. 

La recibe en una lengua y en unos vínculos que la preceden; en instituciones que otros fundaron y en bienes que fueron creciendo gracias al trabajo de muchos. La historia guarda motivos de gratitud y también recuerdos dolorosos. A cada generación corresponde discernir aquello que merece ser conservado, afrontar las consecuencias injustas del pasado y acrecentar el patrimonio material y espiritual común. La patria que hoy está en manos de ustedes será mañana la herencia de otros. 

La cultura ofrece algunas de las manifestaciones más características de esa herencia. Argentina ha sabido expresarse con una voz reconocible mucho más allá de sus fronteras: en el Martín Fierro de José Hernández; en las páginas de Jorge Luis Borges y de tantos escritores que han enriquecido la lengua española con acentos rioplatenses; en el tango, nacido del encuentro de barrios, puertos y procedencias diversas. De igual forma lo ha hecho en la música y las tradiciones del interior, en el teatro y también en gestos cotidianos tan sencillos como el mate compartido, que convierte una pausa en ocasión de conversación y cercanía. Son expresiones distintas de una misma memoria colectiva, recibida de generaciones anteriores y confiada también a la creatividad de quienes vienen después.  

En esa herencia se encuentra profundamente arraigada la fe cristiana. Su huella atraviesa la memoria de la nación y permanece viva en innumerables argentinos que han encontrado en el Evangelio una fuente de sentido, esperanza y fraternidad. 

Compartir una misma herencia exige también aprender a convivir, aun cuando existan diferencias de pensamiento. La historia enseña cuánto puede crecer un pueblo cuando sus diferencias se convierten en ocasión de diálogo y encuentro. Por eso, la democracia pertenece también a esa herencia que debe ser custodiada. Elegir a los propios gobernantes mediante el sufragio, participar en la vida pública, expresar con libertad las propias convicciones, confiar en la ley y reconocer en las instituciones un espacio común son bienes que se afianzan con el tiempo y que cada generación está llamada a cuidar y fortalecer (cf. S. JUAN PABLO II, Carta enc. Centesimus annus, 46). 

La democracia se fortalece también en la manera cotidiana de actuar en la vida pública: en la disposición a escuchar, en el cuidado de la palabra, en la búsqueda paciente de acuerdos y en la capacidad de reconocer en quien piensa de manera distinta a un compatriota con quien se comparte un mismo destino. De ese modo, se forja una confianza que permite a una sociedad afrontar sus diferencias sin perder la conciencia de aquello que la mantiene unida. 

A quienes han recibido responsabilidades públicas les corresponde una tarea especialmente exigente. La autoridad alcanza su sentido más alto cuando se ejerce como servicio, cuando sabe mirar más allá de lo inmediato y cuando pone sus capacidades al cuidado de aquello que pertenece a todos. Quien ejerce la autoridad tiene también el deber de actuar con prudencia, reconocer los límites del poder que le ha sido confiado y orientar sus decisiones hacia el bien de toda la comunidad (cf. S. JUAN XXIII, Carta enc. Pacem in terris, 53-60). 

El bien común al que sirve la autoridad debe poder percibirse también en las condiciones concretas de la vida cotidiana. La familia, célula básica de la sociedad, ocupa aquí un lugar esencial. En ella, cada persona aprende a descubrir que su vida está unida a la de otros y que también es responsable de ellos. En el hogar se nos enseña a cuidar al débil, a perdonar, a compartir y a permanecer junto a quien necesita ayuda; y allí también muchos hombres y mujeres reciben las primeras semillas de la fe. 

Por ello, una de las condiciones más elementales es poder vivir del propio trabajo. Esta tierra conoce bien el valor del esfuerzo de quienes se ganan la vida en el campo y en las ciudades, en los talleres, en las escuelas y en los hospitales; de quienes emprenden y de quienes cada día sostienen sus hogares. El trabajo permite a una persona sustentar a los suyos, desarrollar sus capacidades y saberse partícipe de la construcción de la patria (cf. Exhort. ap. Dilexi te, 115). Por eso, corresponde favorecer cuanto abra oportunidades, estimule la iniciativa privada y permita que el crecimiento alcance también a quienes encuentran mayores dificultades. Pienso de manera particular en las familias que llevan sobre sí el peso de la incertidumbre, en quienes buscan trabajo, en los ancianos que han contribuido durante años a construir la sociedad y en quienes, aun trabajando, tienen dificultades para cubrir las necesidades de su hogar. La economía debe estar al servicio de la persona, y no la persona al servicio de la economía. 

Argentina posee muchos recursos humanos. Hacer fructificar esa riqueza en beneficio de todos exige prestar particular atención a los jóvenes. De las oportunidades que encuentren hoy dependerá en buena medida que puedan desarrollar aquí sus proyectos de vida. Una nación debe preguntarse seriamente en qué ha fallado cuando sus jóvenes deben abandonar su tierra para realizar sus sueños. 

Crear las condiciones para que puedan proyectar libremente su vida en Argentina exige robustecer de manera particular la educación, la formación profesional, la universidad y la investigación. A lo largo de su historia, esta nación ha procurado extender la instrucción a sectores cada vez más amplios de la sociedad. Gracias a ese esfuerzo, generaciones de argentinos han podido cultivar sus capacidades y contribuir al desarrollo del país desde los más diversos oficios y profesiones. Preservar y fortalecer esta vocación educativa exige ofrecer a los jóvenes una formación que les permita descubrir sus talentos, desarrollarlos y ponerlos al servicio de los demás (cf. S. PABLO VI, Carta enc. Populorum progressio, 14-15). Esta tarea requiere también confiar en los jóvenes, reconocer su capacidad de iniciativa y abrir espacios donde puedan aportar sus ideas y asumir responsabilidades. La nación necesita contar desde ahora con su inteligencia, su creatividad y su participación. 

Ese horizonte suscita otra pregunta: ¿Qué lugar ocupan en nuestras decisiones quienes todavía no han nacido? Antes de preguntarnos qué mundo les dejaremos, debemos reconocer su dignidad. Nuestra responsabilidad hacia las generaciones venideras comienza por acoger la vida desde sus primeros instantes y custodiarla hasta su término natural (cf. S. JUAN PABLO II, Carta enc. Evangelium vitae, 101). La misma dignidad reclama especial atención en la enfermedad, la dependencia y la discapacidad. También entonces corresponde cuidar, aliviar el sufrimiento, acompañar y hacer sentir a cada persona que su vida conserva siempre un valor que ninguna circunstancia puede disminuir.  

Esa responsabilidad para con el género humano se refiere también al cuidado de la tierra. Argentina ha sido bendecida por Dios con una extraordinaria riqueza natural. Sus campos, sus reservas de agua, sus fuentes de energía, sus minerales y la diversidad de sus ecosistemas ofrecen amplias posibilidades de desarrollo. Una ecología auténticamente humana sabe unir el cuidado de la creación al de las personas, procurando que el aprovechamiento de estos recursos contribuya al bienestar de las comunidades y preserve las condiciones que hacen posible la vida y el trabajo en sus territorios (cf. BENEDICTO XVI, Carta enc. Caritas in veritate, 51).  

Los rápidos avances tecnológicos abren, a su vez, posibilidades que hace pocos años apenas podían imaginarse. Plantean también interrogantes de gran alcance, especialmente en relación con la inteligencia artificial. La medicina, la educación, la producción y la investigación cuentan hoy con instrumentos capaces de transformar profundamente la vida humana. Estos avances exigen considerar las consecuencias de su aplicación y las responsabilidades de quienes deciden cómo utilizarlos. El desarrollo tecnológico necesita una conciencia ética a su altura (cf. FRANCISCO, Exhort. ap. Laudate Deum, 21-24).  

Muchas de estas responsabilidades exceden el ámbito de un solo Estado. Los grandes ríos unen territorios; los ecosistemas se prolongan de un país a otro; la energía, los alimentos, el conocimiento y los movimientos de las personas crean vínculos que desbordan las fronteras. Pensar el futuro de Argentina lleva también, por ello, a mirar hacia los pueblos con los que comparte este continente. América del Sur posee una gran riqueza humana y natural, y sus pueblos comparten lazos históricos y tradiciones culturales que ofrecen un amplio campo para la cooperación. Argentina puede contribuir a ese esfuerzo con su experiencia y sus capacidades. Fortalecer los espacios de encuentro y de colaboración es una manera de asumir juntos las responsabilidades que ningún país puede afrontar por separado. 

Esa cooperación resulta igualmente necesaria frente a graves amenazas. El crimen organizado, las redes de trata de personas, el tráfico de armas y drogas, así como la corrupción dañan la convivencia, alimentan la violencia y desvían recursos necesarios para el bien común. Frente a estas realidades son indispensables la acción coordinada entre los Estados y la solidez de las instituciones. Esa solidez depende también de la integridad personal de quienes han recibido la responsabilidad de gobernar, pues la corrupción erosiona la confianza de los ciudadanos en sus instituciones (cf. S. JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsin. Ecclesia in America, 23 y 60). 

Ese esfuerzo común encuentra una de sus expresiones más altas en el servicio a la paz. Los legítimos intereses de cada nación han de defenderse mediante el diálogo, el respeto al derecho y la búsqueda perseverante de acuerdos. América del Sur ha sabido encontrar, en momentos difíciles de su historia, caminos de negociación y entendimiento para superar graves tensiones. Argentina está llamada a preservar esa voluntad de diálogo y contribuir a que siga dando frutos. 

A esta responsabilidad común quiere colaborar también la Iglesia. Su presencia en Argentina forma parte de una historia que se extiende por toda América. Durante siglos, la Iglesia ha acompañado a los pueblos del continente anunciando el Evangelio y celebrando la fe, educando, atendiendo a los enfermos, permaneciendo junto a los pobres, acompañando a las familias y promoviendo la paz y la reconciliación.  

Esa misión nace del amor de Cristo, que derramó su sangre por todos, y continúa hoy en las parroquias y comunidades, llamadas a mantener abiertas sus puertas para que cada persona pueda encontrar en ellas acogida y cercanía. Bienvenidos todos (cf. Mt 22,9-10) expresa, en pocas palabras, la invitación universal del Evangelio, que alcanza a cada persona y la llama al encuentro con Cristo y a la conversión. De esa acogida nace también el envío: Vayan y anuncien (cf. Mc 16,15). Ese mandato sigue dando fruto en las escuelas y universidades, en las iniciativas sociales y en el testimonio cotidiano de tantos hombres y mujeres que ponen su fe al servicio de los demás. 

Hay bienes que una sociedad necesita y que ninguna política pública puede producir por sí sola. La confianza, el perdón, la disposición a servir y la conciencia de que la propia vida tiene un sentido que supera el éxito o la utilidad se cultivan en la conciencia personal y en la vida de las familias y las comunidades. La fe alimenta y sostiene esos bienes. Por ello, la Iglesia desea permanecer cerca de la nación argentina, vivir la caridad compartiendo sus cargas y sus alegrías y ofrecerle la esperanza que nace del Evangelio. 

Al mirar el camino recorrido por esta nación, vuelve la imagen que ha acompañado estas palabras: cada generación recibe una patria que otros han puesto en sus manos. Durante un tiempo le corresponde habitarla, servirla y hacerla crecer. Después deberá entregarla (cf. FRANCISCO, Carta enc. Laudato si’, 159). Sí, como cantaba Gardel, es un soplo la vida, pero perdura el bien que cada generación haya sabido custodiar y transmitir. Y la fe nos invita a mirar todavía más lejos, hacia la felicidad eterna a la que Dios nos llama. 

Queridos argentinos: en sus manos descansa hoy una parte importante de esa responsabilidad. El extraordinario patrimonio que poseen les permite mirar el futuro con confianza. Corresponde ahora hacer fructificar cuanto han recibido y mantener vivo aquel propósito de «constituir la unión nacional», proclamado en el Preámbulo de su Constitución. Que quienes vengan después reciban una patria unida, a la altura de su historia y de las posibilidades que encierra.  

Mi pensamiento se dirige finalmente a Nuestra Señora de Luján, custodia silenciosa de su memoria. Ante su imagen han acudido, generación tras generación, madres y padres, trabajadores, jóvenes y ancianos de todos los rincones del país, llevando consigo las preocupaciones y las esperanzas de su tiempo. A esas oraciones quiero unir hoy también la mía. Y deseo hacerlo con las palabras que el Papa Francisco pronunció pensando en ustedes: «que el Señor los haga crecer como pueblo» (Videomensaje al pueblo argentino, 30 septiembre 2016). Se lo pido al Señor de corazón, por intercesión de María Santísima de Luján. Que ella siga velando por esta tierra, cuide de cada uno de sus hijos y los mantenga siempre cerca de Jesús.  

Que Dios bendiga a Argentina y a todos sus habitantes. Muchas gracias. 

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