El Papa reclama ante Obiang "plena luz" sobre las circunstancias de la muerte del vicario general de Malabo
León XIV concluye su primer gran viaje a África invitando a ser "anunciadores apasionados" y vuelve a proponer "la alegría del Evangelio" en la misa de despedida de Guinea Ecuatorial
Misa de despedida del Papa de Guinea Ecuatorial y broche de neto contenido intraeclesial que clausuró esta mañana su tercer viaje internacional, y hasta ahora el más largo, antes de emprender regreso de viaje a Roma, adonde llegará ya en la anochecida de este 23 de abril.
"Vengo a África principalmente como pastor, como jefe de la Iglesia católica, para estar con todos los católicos africanos, para celebrar con ellos, para animarlos y acompañarlos", se vio obligado a puntualizar León XIV en mitad de esta gira, que le llevó, desde el pasado 13 de abril, por Argelia, Camerún, Angola y la que fuera colonia española en África. Cerraba, por su parte, la polémica que abrió Donald Trump con sus burdos ataques al primer papa estadounidense de la historia. Y la homilía de esta mañana, pronunciada desde el estadio de Malabo, certificaba ese deseo de Robert F. Prevost de animar y acompañar a los católicos locales.
Lo refrendaba el hecho de que el Papa comenzase su homilía mostrando su "sentido pésame" a la comunidad eclesial de la Archidiócesis de Malabo y a los familiares "por el fallecimiento hace unos días de su vicario general, monseñor Fortunato Nsue, que recordamos en esta eucaristía", señaló, palabras que fueron subrayadas por el aplauso de los fieles.
"Invito a vivir con espíritu de luz y fe este momento de dolor y confío en que, sin dejarse llevar por comentarios o conclusiones apresuradas, se haga plena luz sobre las circunstancias de su muerte", petición que fue acompañada con nuevos aplausos.
Glosando el pasaje bíblico del encuentro entre el diácono Felipe y un eunuco de la reina de Etiopía que, desde Jerusalén, regresa a África, León XIV puso en valor el cambio que supuso para este el testimonio que le brindó aquel y que le abrió el camino de la fe.
Por eso, introdujo el Papa, "con la compañía del Señor, nuestros problemas no desaparecen, pero son iluminados: así como toda cruz encuentra redención en Jesús, así en el Evangelio la historia de nuestra vida encuentra sentido". Como le sucedió al eunuco, que siendo rico, vivía esclavo, "no es plenamente libre", remarcó el Pontífice.
"Dios siempre nos ama primero; su palabra es para nosotros Evangelio, y no tenemos nada mejor para anunciar al mundo. Esta evangelización nos involucra a todos, a partir del Bautismo, que es sacramento de fraternidad, baño de perdón y fuente de esperanza. A través de nuestro testimonio, el anuncio de la salvación se hace gesto, se hace servicio, se hace perdón; en una palabra, se hace Iglesia", añadió el Papa ante un estadio lleno de fieles, y que contó, como en otros actos, con la presencia de Teodoro Obiang Nguema, el mandatario que más años lleva en el poder en todo el mundo, en su caso, desde 1979.
En este punto, el Papa volvió a reivindicar la enseñanza de su predecesor: "Como enseñaba el Papa Francisco, verdaderamente «la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús» (Exhort. ap. Evangelii Gaudium, 1). Al mismo tiempo, cuando compartimos esta alegría, percibimos aún mejor el riesgo de «una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor» (Ibíd., 2)".
"Ante tal cerrazón –prosiguió leyendo el Papa–, es precisamente el amor del Señor el que sostiene nuestro compromiso, especialmente al servicio de la justicia y de la solidaridad". "Por ello, los animo a todos ustedes, Iglesia que peregrina en Guinea Ecuatorial, a continuar con alegría la misión de los primeros discípulos de Jesús. Leyendo juntos el Evangelio, sean anunciadores apasionados, como lo fue el diácono Felipe. Celebrando juntos la Eucaristía, den testimonio con sus vidas de la fe que salva, para que la Palabra de Dios se convierta en pan bueno para todos", concluyó el Papa.
La homilía del Papa
Queridos hermanos y hermanas:
Las Escrituras que acabamos de escuchar nos interpelan, preguntándonos a cada uno de nosotros “si sabemos” y “cómo” leemos las páginas bíblicas que hoy compartimos. Se trata de una invitación tan seria como providencial, porque nos prepara para leer juntos el libro de la historia, es decir, las páginas de nuestra vida, que Dios sigue inspirando con su sabiduría.
Compartiendo el camino de un viajero que, desde Jerusalén, regresa precisamente a África, el diácono Felipe le pregunta: «¿Comprendes lo que estás leyendo?» (Hch 8,30). Aquel peregrino, un eunuco de la reina de Etiopía, le responde de inmediato con humilde sagacidad: «¿Cómo lo puedo entender, si nadie me lo explica?» (v. 31). Su pregunta se convierte así no sólo en una apelación a la verdad, sino en una expresión de curiosidad. Observemos con atención quién está hablando: es un hombre rico, como su tierra, pero esclavo. Todos los tesoros que administra no son suyos; suyas son las fatigas, que benefician a otros. Este hombre tiene inteligencia y cultura, y lo demuestra tanto en el trabajo como en la oración, pero no es plenamente libre. Esta condición está grabada dolorosamente en su cuerpo; se trata, en efecto, de un eunuco. No puede generar vida, todas sus energías están al servicio de un poder que lo controla y lo domina.
Precisamente mientras regresa a su patria, África, convertida para él en lugar de servidumbre, el anuncio del Evangelio lo libera. La Palabra de Dios, que tiene en sus manos, produce un fruto sorprendente en su vida: cuando encuentra a Felipe, testigo de Cristo crucificado y resucitado, el eunuco se convierte no sólo en lector de la Biblia, es decir, espectador, sino en protagonista de un relato que lo involucra, porque se refiere precisamente a él. El texto sagrado le habla y suscita su pregunta sobre la verdad. Así es como este africano se adentra en la Escritura, que es hospitalaria para con todo lector que quiera comprender la Palabra de Dios. Entra en la historia de la salvación, que es hospitalaria para con todo hombre y mujer, especialmente para con los oprimidos, los marginados y los últimos. Al texto escrito corresponde ahora el gesto vivido; al recibir el Bautismo, ya no es un extraño, sino que se convierte en hijo de Dios, en nuestro hermano en la fe. Esclavo y sin descendencia, este hombre renace a una vida nueva y libre en el nombre del Señor Jesús. Nosotros seguimos hablando de su rescate, precisamente mientras leemos las Escrituras.
Como él, también nosotros hemos sido hechos cristianos por el Bautismo, heredando la misma luz, es decir, la misma fe, para leer la Palabra de Dios. Para reflexionar sobre las profecías, para orar los salmos, para estudiar la Ley y proclamar el Evangelio con nuestra vida. Todos los textos bíblicos, en efecto, revelan en la fe su verdadero sentido, porque en la fe fueron escritos y transmitidos hasta nosotros; por eso su lectura es siempre un acto personal y también eclesial, no un ejercicio solitario o meramente técnico.
Leemos juntos la Escritura como un bien común de la Iglesia, teniendo como guía al Espíritu Santo, que inspiró su composición, y a la Tradición apostólica, que la ha custodiado y difundido por toda la tierra. Como pide el eunuco, también nosotros podemos comprender la Palabra de Dios gracias a una guía que nos acompaña en el camino de la fe, como lo fue el diácono Felipe, quien «tomó la palabra y, comenzando por este texto de la Escritura, le anunció la Buena Noticia de Jesús» (v. 35). El viajero africano estaba leyendo una profecía que se cumplió para él en aquel entonces, como se cumple hoy para nosotros: el siervo sufriente del que habla el profeta Isaías (cf. Is 53,7-8) es Jesús, aquel que, mediante su pasión, muerte y resurrección, nos redime del pecado y de la muerte. Él es el Verbo hecho carne, en quien encuentra cumplimiento toda palabra de Dios: revela su intención originaria, su sentido pleno y su fin último.
Como afirma Cristo, «sólo el que viene de Dios ha visto al Padre» (Jn 6,46). En el Hijo, el Padre mismo muestra su gloria: Dios se hace ver, oír y tocar. A través de los gestos de Jesús, el Redentor, Él da plenitud a lo que hace desde siempre, esto es, dar vida. Crea el mundo, lo salva y lo ama para siempre. Jesús les recuerda a quienes lo escuchan un signo de esta providencia constante: «Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron» (v. 49). Se refiere así a la experiencia del éxodo; un camino de liberación de la esclavitud que, sin embargo, se convirtió en un vagar agotador durante cuarenta años, porque el pueblo no creyó en la promesa del Señor, llegando incluso a añorar Egipto (cf. Ex 16,3). Bajo el yugo del faraón, el pueblo comía los frutos de la tierra; Dios, en cambio, los conduce al desierto, donde el pan sólo puede venir de su providencia. El maná es, por tanto, prueba, bendición y promesa que Jesús viene a cumplir. A aquel signo antiguo le sucede ahora el sacramento de la Alianza nueva y eterna: la Eucaristía, pan consagrado por aquel que ha descendido del cielo para hacerse nuestro alimento. Si los que comieron el maná «murieron» (Jn 6,49), «el que coma de este pan vivirá eternamente» (v. 51), porque Cristo está vivo. ¡Él es el Resucitado y continúa dando su vida por todos!
A través del éxodo definitivo que es la Pascua de Jesús, todo pueblo es liberado de la esclavitud del mal. Mientras celebramos este acontecimiento de salvación, el Señor nos llama a una elección decisiva: «El que cree, tiene Vida eterna» (v. 47). En Jesús se nos da una posibilidad sorprendente: Dios se da a sí mismo por nosotros. ¿Confío en que su amor es más fuerte que mi muerte? Al decidir creerle, cada uno de nosotros elige entre una desesperación cierta y una esperanza que Dios hace posible. Entonces nuestra hambre de vida y de justicia encuentra alivio en las palabras de Jesús: «El pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo» (v. 51).
¡Gracias, Señor! Te alabamos y te bendecimos, porque has querido hacerte para nosotros Eucaristía, pan de vida eterna, para que podamos vivir para siempre. Precisamente ahora, queridos amigos, mientras celebramos este sacramento de salvación, podemos exclamar con alegría: “¡Cristo lo es todo para nosotros!”. En Él encontramos plenitud de vida y de sentido: «Si estás oprimido por la injusticia, Él es la justicia; si tienes necesidad de ayuda, Él es la fuerza; si tienes miedo de la muerte, Él es la vida; si deseas el cielo, Él es el camino; si estás en las tinieblas, Él es la luz» (S. AMBROSIO, De Virginitate, 16,99). Con la compañía del Señor, nuestros problemas no desaparecen, pero son iluminados: así como toda cruz encuentra redención en Jesús, así en el Evangelio la historia de nuestra vida encuentra sentido. Por eso hoy cada uno de nosotros puede decir: «Bendito sea Dios, que no rechazó mi oración, ni apartó de mí su misericordia» (Sal 66,20). Él siempre nos ama primero; su palabra es para nosotros Evangelio, y no tenemos nada mejor para anunciar al mundo. Esta evangelización nos involucra a todos, a partir del Bautismo, que es sacramento de fraternidad, baño de perdón y fuente de esperanza. A través de nuestro testimonio, el anuncio de la salvación se hace gesto, se hace servicio, se hace perdón; en una palabra, se hace Iglesia.
Como enseñaba el Papa Francisco, verdaderamente «la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús» (Exhort. ap. Evangelii Gaudium, 1). Al mismo tiempo, cuando compartimos esta alegría, percibimos aún mejor el riesgo de «una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor» (Ibíd., 2). Ante tal cerrazón, es precisamente el amor del Señor el que sostiene nuestro compromiso, especialmente al servicio de la justicia y de la solidaridad.
Por ello, los animo a todos ustedes, Iglesia que peregrina en Guinea Ecuatorial, a continuar con alegría la misión de los primeros discípulos de Jesús. Leyendo juntos el Evangelio, sean anunciadores apasionados, como lo fue el diácono Felipe. Celebrando juntos la Eucaristía, den testimonio con sus vidas de la fe que salva, para que la Palabra de Dios se convierta en pan bueno para todos.
