El Papa reivindica "el Evangelio sin glosa" de san Francisco frente a quienes ven "enemigos inventados por miedo e ignorancia"

"La razón por la que san Francisco nos sigue atrayendo, ochocientos años después de su muerte, radica en la magnífica humanidad que lo llevó a abandonar los caminos ya trazados, para abrir uno nuevo, más coherente con el camino de Jesús", remarcó León XIV en la homilía que pronunció en Asís en el marco de"GO! Franciscan Youth Meeting 2026"

El Papa lee su homilía en la basílica de Asís
El Papa lee su homilía en la basílica de Asís | RD/Captura

A los pies del 'Poverello', en la ciudad de Asís, y en el marco del 800 aniversario de la muerte de San Francisco, el Papa, en una homilía de clara signo intraeclesial pronunciada en la basílica de Santa Maria degli Angeli in Porciúncula, instó a los varios miles de jóvenes de toda Europa allí congregados a acoger, como hicieran el santo y también Santa Clara, "el Evangelio sin glosa".

"La razón por la que san Francisco nos sigue atrayendo, ochocientos años después de su muerte, radica en la magnífica humanidad que lo llevó a abandonar los caminos ya trazados, para abrir uno nuevo, más coherente con el camino de Jesús", remarcó León XIV. "Es la energía del cristianismo, la propia de sus comienzos y de sus múltiples reinicios".

Jóvenes en la basílica de Asís para la misa con León XIV
Jóvenes en la basílica de Asís para la misa con León XIV | RD/Captura

Y en el marco del "GO! Franciscan Youth Meeting 2026", el papa Robert F. Prevost, animó a los presentes, para cuando retornasen a sus países de origen, a "vencer la resignación y el miedo, para disipar las dudas que también nos frenan a nosotros, como frenaron a los apóstoles", porque, añadió, "Jesús nos llama a dialogar con su historia, para escribir nuevas páginas de la historia".

Y tomando como base el lema de este encuentro de jóvenes de espiritualidad franciscana, el Papa los animó: ¡"Vayamos! Let’s go! A los lugares marginales, donde la injusticia y la prepotencia de unos pocos niegan la dignidad y los sueños de muchos, de demasiados hijos e hijas de Dios", recordando en ese punto que "el Papa Francisco, inspirándose en el pobrecillo de Asís, nos ha puesto en guardia frente a la «tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor».

Entrada del Papa a la basílica de Asís
Entrada del Papa a la basílica de Asís | RD/Captura

Pero al igual que ya le pasará al santo de Asís, el Papa agustino advirtió frente a las incomprensiones, también de los de dentro, como ya había señalado unos instantes antes, en un encuentro mantenido con los jóvenes en la Piazza Santa Maria degli Angeli, en torno a la Porciúncula.

"Podemos incluso no ser comprendidos por los de nuestra propia casa, como le sucedió a san Francisco. Sin embargo, sustraerse a la cultura de la fuerza y abatir los muros que separan a los seres humanos entre sí, nunca es traicionar a la familia, a la ciudad, a la tradición, sino liberarlas de sus fantasmas, de enemigos inventados por miedo e ignorancia, de la violencia con la que se querría imponer el propio orden minúsculo sobre una realidad que nos desborda por completo".

"Fiarse de Dios es reencontrar, como Francisco y Clara, un mundo de hermanos y hermanas para querer y servir, no para explotar y dominar. No un mundo para defender, sino para abrazar", concluyó Francisco, quien, terminada la misa en el día de la Transfiguración del Señor, abandonó la basílica y, tras despedirse de las autoridades que lo recibieron a su llegada, partió en helicóptero de regreso al Vaticano.

Los jóvenes saludan al Papa a su llegada a la basílica de Asís
Los jóvenes saludan al Papa a su llegada a la basílica de Asís | RD/Captura

La homilía del Papa

Queridos hermanos y hermanas, 

queridísimos jóvenes: 

La fiesta de la Transfiguración, que estamos celebrando, es un misterio de luz que nos ayuda a profundizar nuestro encuentro, tan gozoso, pero también cargado de interrogantes sobre el presente y el futuro. En el relato evangélico encontramos el contraste entre luz y sombra, silencio y palabras, estupor e incomprensión. Estamos en Asís, una ciudad a la que vienen, desde hace siglos, muchos peregrinos —hoy también nosotros— porque aquí todo nos susurra que nuestra vida puede cambiar de forma, irradiar luz, reparar el mundo. Aquí comenzó la transfiguración de Francisco, de Clara y de otros miles de jóvenes: acogieron el Evangelio sin glosa —nosotros diríamos: sin descuentos— y la vida de Jesús ha recomenzado en ellos. 

El Papa pronuncia su homilía en la basílica de Asís
El Papa pronuncia su homilía en la basílica de Asís | RD/Captura

Hemos llegado aquí para comprender hacia dónde va la historia y hacia dónde estamos yendo nosotros. En el Evangelio vemos que se puede encontrar un sentido, se puede entrever un camino. Como Pedro, Santiago y Juan somos llevados un poco aparte y Jesús está con nosotros. Esto es lo que cuenta: su presencia. En la montaña, los apóstoles contemplan a Jesús que se orienta hacia su propio futuro. Sobre este punto había habido incomprensión entre ellos. Seis días antes, Pedro había reprochado al Maestro que hubiese hablado abiertamente de la cruz (cf. Mt 16, 21-26): él se esperaba la gloria para el Mesías, tal vez incluso para sí mismo, sin tomar en cuenta las resistencias y los riesgos, pero sobre todo sin preguntarse qué es la gloria. Ahora, en la transfiguración de Jesús, es Dios mismo quien se revela en su gloria, que tiene la apariencia de una nube que protege y envuelve. Señala al Hijo, invita a escucharlo. El camino de la vida se descubre siguiéndolo juntos. Su belleza tiene un nuevo aspecto, una intensidad sin precedentes, tanto que Pedro quisiera detener el tiempo y prolongar esa visión. Generosamente, se ofrece para construir tres tiendas, como si quisiera ver continuar la conversación entre Jesús, Moisés y Elías. Sin embargo, hace falta entrar en esa conversación. No se puede permanecer sólo como espectadores. Estamos llamados a leer las Escrituras con el Maestro, a interpretar nuestro tiempo y a tomar decisiones siguiendo su camino. Estamos aquí para vencer la resignación y el miedo, para disipar las dudas que también nos frenan a nosotros, como frenaron a los apóstoles. Jesús nos llama a dialogar con su historia, para escribir nuevas páginas de la historia. 

Al escuchar que «su rostro empezó a brillar como el sol y su ropa se hizo blanca como la luz» (Mt 17,2) pensamos en la mañana de Pascua, cuando un ángel del Señor rodó la piedra que cerraba el sepulcro y trajo el anuncio de la resurrección. «Su aspecto era como el de un relámpago y su vestidura tan blanca como la nieve» (Mt 28,3). Es la luz de un nuevo día, hacia el que estamos orientados, mientras que en torno a nosotros, y a veces dentro de nosotros, hay todavía oscuridad. Vemos su aurora en los santos canonizados, como san Francisco y santa Clara, y en una miríada de hermanos y hermanas que responden al mal con el bien. ¡No estamos solos! En estos días lo han experimentado: se han encontrado y escuchado, pasando del ruido de voces que contrastan y se sobreponen al arte de la conversación. Hoy contemplamos a Jesús que se transfigura precisamente en la conversación con el Padre, con quienes le precedieron, Moisés y Elías, y con sus contemporáneos, los discípulos. 

La Iglesia existe para introducirnos en este dinamismo de escucha y de decisión, en el cual comprendemos para quién vivir y cómo vivir. Es en la comunidad en donde aprendemos a distinguir la voz de Dios, que no coincide simplemente con nuestras opiniones, y a ser obedientes al Espíritu Santo, que hace audaces y creativos a todos aquellos que han aceptado seguir a Jesús: nosotros nos desfiguramos separándonos de Él y de los demás; nos transfiguramos, en cambio, en las relaciones que robustecen y llaman a la vida. La espiritualidad franciscana, en la que ustedes se han formado, está muy atenta a reparar las relaciones fundamentales con Dios y con todas sus criaturas: una armonía que hay que custodiar y cultivar, hoy más que nunca. 

En este sentido, al comienzo de mi primera Encíclica, he sugerido que: «cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto. Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud» (Magnifica humanitas, 1). 

Queridos amigos, la razón por la que san Francisco nos sigue atrayendo, ochocientos años después de su muerte, radica en la magnífica humanidad que lo llevó a abandonar los caminos ya trazados, para abrir uno nuevo, más coherente con el camino de Jesús. Incluso en una ciudad cristiana desde hacía siglos, como Asís, esto es algo revolucionario. «La elección de Clara resultó aún más impresionante: ¡una joven que quería ser como Francisco, que quería vivir, como mujer, libre como aquellos hermanos!» (Audiencia jubilar, 4 de octubre de 2025). Es la energía del cristianismo, la propia de sus comienzos y de sus múltiples reinicios. 

Y bien, queridos jóvenes, hoy Europa y el mundo entero buscan en ustedes nuevos santos: ¡tengan la audacia de creer en la palabra del Evangelio, sean muy humanos con la libertad de Jesucristo, abracen la hermana pobreza! El título de su encuentro —Go!— es una misión, un envío por caminos, de los que no tenemos mapas, porque se abren escuchando al corazón, obedeciendo al Espíritu y siguiendo al Resucitado donde ha querido precedernos. Go! ¡Vayan! Mejor todavía: ¡vayamos! Let’s go! A los lugares marginales, donde la injusticia y la prepotencia de unos pocos niegan la dignidad y los sueños de muchos, de demasiados hijos e hijas de Dios. El Papa Francisco, inspirándose en el pobrecillo de Asís, nos ha puesto en guardia frente a la «tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana» (Papa Francisco, Evangelii gaudium, 270). 

Podemos incluso no ser comprendidos por los de nuestra propia casa, como le sucedió a san Francisco. Sin embargo, sustraerse a la cultura de la fuerza y abatir los muros que separan a los seres humanos entre sí, nunca es traicionar a la familia, a la ciudad, a la tradición, sino liberarlas de sus fantasmas, de enemigos inventados por miedo e ignorancia, de la violencia con la que se querría imponer el propio orden minúsculo sobre una realidad que nos desborda por completo. Fiarse de Dios es reencontrar, como Francisco y Clara, un mundo de hermanos y hermanas para querer y servir, no para explotar y dominar. No un mundo para defender, sino para abrazar. 

Apuesten, queridos jóvenes, por la civilización del amor, de la cual han encontrado los brotes en tantos ejemplos de gratuidad, y que transfigura —a imagen de Cristo— a innumerables artífices de paz también hoy comprometidos con el servicio a la vida en los más trágicos escenarios de muerte. Unan las mejores energías de su magnífica humanidad —los estudios, las competencias, el trabajo, las amistades, el amor, la oración— actualizando de diversos modos la visión de Francisco. Imagino que conocen esta oración frecuentemente atribuida a él, un texto del pasado siglo: 

¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz! 

Que allí donde haya odio, ponga yo el amor; 

donde haya ofensa, ponga yo el perdón; 

donde haya discordia, ponga yo la unión; 

donde haya error, ponga yo la verdad; 

donde haya duda, ponga yo la fe; 

donde haya desesperación, ponga yo la esperanza; 

donde haya tinieblas, ponga yo la luz; 

donde haya tristeza, ponga yo la alegría. 

¡Aquí tenemos “hacia dónde” andar! Go! Pero también especialmente “cómo” andar: ¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto 

ser consolado como consolar; 

ser comprendido, como comprender; 

ser amado, como amar.

Porque dando es como se recibe; 

olvidando, como se encuentra; 

perdonando, como se es perdonado; 

muriendo, como se resucita a la vida eterna. 

Queridos amigos: que estos días en Asís se impriman en su memoria y el retorno a casa, a diversos países de Europa a los que viajarán, sea como el descenso de Pedro, Santiago y Juan, del monte alto de la transfiguración. Un retorno reflexivo, abierto al futuro, comprometido con Jesucristo. Él se fía de ustedes, cuenta con ustedes, permanece con ustedes. 

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