El Papa en la Virgen del Lago Albano: "Sea cual sea la herida o la ofensa, ¡no permitamos que el mal desfigure nuestra humanidad y nos corrompa el corazón!"
"Acerquémonos, pues, esta noche a Jesús y a María, al Hijo y a la Madre, para ser, unidos, no solo en el lago, sino en todas las noches del mundo, un reflejo tranquilizador de la presencia de Dios y un eco irresistible de su amor que invita a amar"
Esta tarde, el Santo Padre León XIV salió en coche del Vaticano para dirigirse a Castel Gandolfo, a la iglesia de María Santísima del Lago, con motivo de la festividad. A las 18:00 horas, el Papa presidió la Santa Misa en la pequeña iglesia consagrada por San Pablo VI, que forma parte de la parroquia pontificia de Santo Tomás de Villanova. A continuación, León XIV participó en la procesión con la imagen de la Virgen del Lago, que se embarcó en una barca y recorrió las aguas del lago de Albano.
En la homilía, el Papa recordó una de las grandes constantes del Evangelio: "Jesús se mantiene categórico: solo el camino del amor es el camino de la vida". Porque, "el odio y la violencia no traen nada bueno, sino solo destrucción y muerte, siempre, incluso cuando son una respuesta a las injusticias sufridas. Lo vemos cada día, desde lo más pequeño de nuestra vida doméstica hasta el gran escenario del mundo". Por eso, concluyó León XIV, "sea cual sea la herida, sea cual sea la ofensa, ¡no permitamos que el mal desfigure nuestra humanidad y nos corrompa el corazón!" y seamos "en todas las noches del mundo, un reflejo tranquilizador de la presencia de Dios y un eco irresistible de su amor que invita a amar".
Homilía del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas, me alegra celebrar con vosotros la fiesta de la Virgen del Lago, como ya lo hicieron en el pasado algunos de mis predecesores: San Pablo VI, que impulsó y apoyó la construcción de esta iglesia dedicada a María y la consagró, y San Juan Pablo II, que quiso recordar aquí su memoria y renovar su mensaje.
La liturgia de la Palabra nos ofrece textos que encajan perfectamente con esta celebración tradicional.
En la primera lectura, el profeta Jeremías nos habla de su necesidad irresistible de responder a la llamada que había recibido: «Me has seducido, Señor —dice—, y me he dejado seducir […]. En mi corazón había como un fuego ardiente […]; me esforzaba por contenerlo, pero no podía» (Jer 20,7.9). Dios le reveló que lo había conocido y elegido desde el seno materno (cf. ibíd. 1,5), y que amaba a su pueblo con amor eterno (cf. ibíd. 31,3); le ha hablado de su plan de salvación, y él ya no puede guardar silencio. Siente un impulso incontenible de llevar su mensaje a todos, aunque sabe que esto implicará tener que decir y hacer cosas que a muchos no les gustarán, enfrentarse a sufrimientos e incomprensiones, hasta convertirse en «objeto de burla cada día» (v. 7). Pero el amor le impulsa a actuar por el bien de su pueblo, sin concesiones, hasta el final.
Es lo que también nos enseña Jesús en el Evangelio. Hace poco había alimentado a cinco mil hombres con cinco panes y dos peces (cf. Mt 14,15-21), y luego a otros cuatro mil, con siete panes y unos pocos pececitos (cf. Mt 15,32-38). Ahora, más allá del éxito obtenido con esos gestos, explica a los discípulos el sentido mesianico de lo que ha realizado: les revela que deberá «ir a Jerusalén y sufrir mucho a manos de los ancianos, de los jefes de los sacerdotes y de los escribas, y ser muerto y resucitar al tercer día» (Mt 16,21).
Les explica cómo, tras los numerosos milagros realizados, manifestará definitivamente su gloria: sacrificando libremente su vida (cf. Jn 10,17-18) y ofreciéndose a sí mismo en la cruz como pan partido. Y precisa que lo mismo deberá hacer quien quiera continuar su misión: «Si alguien quiere venir en mi seguimiento —dice—, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (v. 24).
Jesús revela así que solo el amor salva. El amor que Dios nos ha mostrado al hacerse hombre, al morir y resucitar por nosotros y, en respuesta, aquel con el que también nosotros nos ofrecemos humildemente a Él y a los hermanos: en la constancia fiel de la caridad cotidiana, así como en los gestos más extraordinarios, hasta el martirio, a veces, como lamentablemente ocurre también hoy a muchos cristianos, en diversas partes del mundo.
San Agustín decía que «la alegría del segador […] revela la intención del sembrador» (Sermo 330, 2), y deseamos hacer nuestros sus sentimientos: con la ayuda de Dios, queremos esparcir por todo el mundo las semillas de su caridad infinita, sin cansarnos, sin medida, para que hoy y siempre alguien pueda regocijarse al recoger sus frutos.
Por desgracia, no todos comprenden la belleza, la bondad y la realidad de este sueño del Creador; es más, muchos piensan que es una utopía. Poner la otra mejilla (cf. Mt 5,39) —dicen— es cosa de perdedores; dar ante el rechazo es cosa de ingenuos; perdonar sin límites (cf. Mt 18,21-22) es cosa de débiles. No es de extrañar. Incluso a Pedro le resultó difícil aceptar esta forma nueva y diferente de razonar (cf. Mt 16,22). Pero Jesús se mantiene categórico: solo el camino del amor es el camino de la vida.
No nos engañemos. El odio y la violencia no traen nada bueno, sino solo destrucción y muerte, siempre, incluso cuando son una respuesta a las injusticias sufridas. Lo vemos cada día, desde lo más pequeño de nuestra vida doméstica hasta el gran escenario del mundo. Todo confirma lo que Jesús nos ha enseñado: «Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16,25).
Queridos hermanos y hermanas, necesitamos tanto vida, esperanza, serenidad y paz, en nosotros mismos, en nuestras ciudades, entre los pueblos y las naciones. Por eso, sea cual sea la herida, sea cual sea la ofensa, ¡no permitamos que el mal desfigure nuestra humanidad y nos corrompa el corazón!
No nos amoldemos a la mentalidad del mundo (cf. Rom 12,2). Sigamos amando, dando, perdonando, ofreciéndonos «como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios» (v. 1), para preservar y hacer crecer, en nosotros y en los demás, la dignidad infinita de la imagen divina que llevamos en el alma. Y no nos desanimemos si resulta difícil: nuestra fuerza está en el Señor, y con su ayuda todo es posible (cf. Fil 4,13).
Así nos lo recuerda también el rito de la procesión sobre el lago, que realizaremos dentro de un momento. Este evoca otro milagro de Jesús, ocurrido poco antes de los hechos que acabamos de escuchar, cuando el Maestro, en el lago de Tiberíades, se unió a los discípulos asustados caminando sobre las aguas y los condujo a la orilla calmando la tormenta (cf. Mt 8,23-27). Justo cuando estaban más asustados, a merced de los vientos contrarios, les exhortó a tener fe y a rezar, para recuperar la paz y, junto a Él, seguir navegando hacia la meta deseada.
Con esta fe, esta noche, participamos en la Eucaristía. Sobre el altar nos ofrecemos a nosotros mismos, junto con el pan y el vino. Y el Señor une nuestras ofrendas a la suya, las consagra y nos las devuelve, transformadas en su Cuerpo y en su Sangre, para que las compartamos como alimento para el camino. Luego, como los discípulos, dejaremos juntos la orilla, llevando con nosotros la imagen de María, nuestro modelo y guía, para llevar a lo largo de las orillas del lago la bendición que hemos recibido.
Son gestos sencillos con los que renovamos nuestra confianza en Dios y nuestra devoción filial hacia su Santísima Madre. Y resultan aún más evocadores en la medida en que son posibles —como le gustaba recordar a San Pablo VI— gracias al esmero con el que la pequeña comunidad que vive aquí cuida durante todo el año este lugar de paz, para que en los momentos solemnes pueda reunirse allí todo el pueblo de Dios, tal y como hizo María, que acogió en su seno y en la casa de Nazaret al Hijo de Dios hecho hombre, para que su salvación llegara a todos.
Así, este lugar de devoción mariana se convierte también en un signo de cómo la Iglesia se esfuerza, día a día, por hacernos a todos un solo cuerpo, en la oración, en los sentimientos, en los propósitos, en el desarrollo ordenado y unánime de nuestra convivencia, y en un símbolo del amor con el que el Señor, por medio de su Santísima Madre, ha querido acercarse a nosotros como uno de los nuestros, hasta confundirse con la gran multitud de nuestra humanidad (cf. Homilía en la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, 15 de agosto de 1977).
Acerquémonos, pues, esta noche a Jesús y a María, al Hijo y a la Madre, para ser, unidos, no solo en el lago, sino en todas las noches del mundo, un reflejo tranquilizador de la presencia de Dios y un eco irresistible de su amor que invita a amar.
