Parolin: "La visita del Santo Padre a Mónaco será una invitación a la fe y al encuentro"
El Principado de Mónaco se prepara para recibir a León XIV. "Las naciones pequeñas", subrayó el Secretario de Estado Vaticano, cardenal Pietro Parolin, "demuestran ser los custodios naturales del multilateralismo"
(Massimiliano Menichetti/Vatican News).- El Principado de Mónaco espera al Sucesor de Pedro. Este primer viaje a Europa fuera de Italia pretende ser un signo concreto de cercanía y aliento en la fe, no solo para la comunidad de este pequeño Estado católico, sino para toda la humanidad. El cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado Vaticano, espera que «este viaje dé un nuevo impulso a la misión de la Iglesia local, consolidando el compromiso común en frentes urgentes» como la protección de la creación, la defensa de la vida y la promoción de la solidaridad internacional, sin olvidar a «los más vulnerables».
Su Eminencia, ¿qué significado tiene la visita del Santo Padre al Principado de Mónaco?
Como es bien sabido, este es el primer destino europeo fuera de Italia que visita el Papa León XIV, lo que lo convierte en una elección singular. Históricamente, este viaje también reviste especial importancia por ser la última visita de un Sumo Pontífice a Mónaco, que data del siglo XVI, cuando Pablo III viajó allí en el marco de las negociaciones de paz entre Carlos V y Francisco I. Existen, además, numerosos puntos de convergencia entre la Santa Sede y Mónaco —donde la religión católica sigue siendo la religión oficial—, bastante excepcionales, cabe decir, en el contexto europeo actual, sobre todo en lo referente a la defensa de la vida y otras cuestiones bioéticas. Finalmente, de los 40.000 habitantes del Principado, aproximadamente 10.000 son monegascos y mantienen un profundo apego a sus tradiciones y devociones particulares, pilares de su identidad, su unidad y la continuidad de sus instituciones; pienso, en particular, en la importante celebración de Santa Devota a finales de enero. Así pues, la visita institucional del Papa se alinea perfectamente con la visita pastoral del Sucesor de Pedro.
Mónaco es uno de los Estados más pequeños del mundo. En este contexto global de tensiones y guerras, donde muchos hablan de una crisis del sistema multilateral, ¿cómo pueden entidades como esta contribuir a la construcción de un orden internacional pacífico y justo?
En una era donde el derecho internacional parece debilitado y a veces desbordado por la «lógica del poder» —con el peligroso resurgimiento de teorías que justifican guerras preventivas, capaces únicamente de incendiar el mundo y convertir la fuerza del derecho en ley de la fuerza—, las naciones pequeñas están demostrando ser los custodios naturales del multilateralismo. Representan una barrera esencial contra las tendencias autoritarias porque, para un estado pequeño, el estado de derecho no es una carga, sino la mayor garantía de supervivencia y libertad.
A menudo, son precisamente los pequeños Estados quienes lideran la agenda global en desafíos existenciales como la protección de los océanos y el desarrollo sostenible, cuestiones que trascienden las fronteras geográficas y exigen responsabilidad colectiva
Hoy, la influencia internacional ya no se mide únicamente por la fuerza militar, sino por la credibilidad moral y la capacidad de actuar como puentes neutrales para la reconciliación. Entidades como Mónaco demuestran que la auténtica seguridad no reside en el armamento, sino en la estabilidad de las relaciones. La paz duradera debe ser, ante todo, «justa», fundada en el respeto a la dignidad humana y no en equilibrios impuestos. A menudo, son precisamente los pequeños Estados quienes lideran la agenda global en desafíos existenciales como la protección de los océanos y el desarrollo sostenible, cuestiones que trascienden las fronteras geográficas y exigen responsabilidad colectiva.
El Santo Padre reitera que la paz no se construye con armas. ¿Qué mensaje podría surgir de esta primera visita a Europa?
La elección de Mónaco por parte del Santo Padre también forma parte de una lógica estratégica que busca ser coherente con la tradición diplomática de la Santa Sede. Este viaje demuestra continuidad con el pontificado anterior, que consideraba el Mediterráneo como un laboratorio de paz donde desarrollar la «convivencia de las diferencias». Ya en la década de 1950, Giorgio La Pira había comprendido el valor y el papel geopolítico de la región mediterránea como punto focal de la paz mundial, desde donde «¡la ola de negociación y paz se extenderá por los pueblos de toda la tierra!». Pero el Santo Padre reitera con firmeza que el requisito previo para la paz entre las personas y los pueblos reside en la unidad con Dios y con nosotros mismos. Solo una persona reconciliada es capaz de entrar en una dinámica de paz y convertirse en artífice de la reconciliación en la vida cotidiana.
Mónaco se ubica en el corazón de Europa, con vistas al Mediterráneo, una región asolada por grandes desafíos, desde conflictos hasta migración. ¿Qué acciones deberían realizar los países europeos en este contexto?
En el contexto actual de graves conflictos e intensos flujos migratorios —tan solo en el Mediterráneo, el número de fallecidos superó los 600 en los dos primeros meses de 2026, la cifra más alta desde 2014—, los países europeos están llamados a ser un faro de civilización y humanidad. Ante la amenaza de conflictos interminables y la proliferación de guerras, es necesario actuar con valentía y paciencia para forjar caminos de diálogo, evitando ceder ante la lógica del rearme. Europa debe recuperar la inspiración de sus padres fundadores, pasando de una lógica de meros intereses nacionales y preocupaciones egoístas de seguridad a un auténtico proyecto de integración y solidaridad, situando la dignidad humana en el centro de toda política. Ante la erosión de las normas globales, los países europeos están llamados a reafirmar la primacía del derecho internacional, utilizando la negociación como única herramienta para una paz justa, que no se reduce a la mera ausencia de guerra, sino a la construcción de verdades compartidas.
El Mediterráneo aún puede enseñar al mundo que la convivencia es el único camino hacia un futuro auténticamente humano
En cuanto al desafío migratorio, no se puede resolver cerrándonos ni levantando muros, sino abordando las causas profundas que llevan a poblaciones enteras a abandonar sus países de origen e invirtiendo en el llamado «derecho a no emigrar» mediante la estabilidad y el crecimiento económico en sus países de procedencia. Es urgente pasar de la gestión de emergencias a una visión estratégica que combine la acogida, la protección de los derechos y la integración, redescubriendo nuestra vocación humanista y cristiana. La verdadera seguridad europea no se construye en el aislamiento, sino en una apertura responsable, la inversión en la juventud y el compromiso con la justicia social compartida entre ambas orillas del Mediterráneo.
El Mediterráneo ha sido descrito a menudo como un «puente entre pueblos y religiones». ¿Cree usted que aún puede cumplir esta función?
El Mediterráneo no es una simple coordenada geográfica, sino una encrucijada espiritual y cultural: esta es la vocación que la historia nos ha legado. Esta vocación no es una herencia automática del pasado, sino un compromiso que se renueva diariamente a través de la cultura del encuentro. Dado que la paz a menudo se construye desde las fronteras, las costas de este mar están llamadas hoy a transformarse en laboratorios permanentes de diálogo interreligioso y cooperación política. El objetivo es ambicioso: transformar la proximidad geográfica en una verdadera fraternidad. A pesar de las tensiones, ya existen numerosas «semillas de paz» —jóvenes, comunidades y grupos eclesiales— que trabajan para que la diversidad no se perciba como una amenaza, sino como una riqueza compartida. Nuestros esfuerzos, tanto diplomáticos como pastorales, buscan reavivar esta luz: el Mediterráneo aún puede enseñar al mundo que la convivencia es el único camino hacia un futuro auténticamente humano.
¿Qué aliento brindará el Papa a la comunidad católica del Principado, que vive en una sociedad de facto internacional y multicultural?
El Santo Padre llega a Mónaco para fortalecer a sus hermanos en la fe, consciente de que el testimonio de una comunidad católica sólida, coherente en su fe y comprometida con el servicio al bien común, puede ser fuente de estima e inspiración para otros países europeos que comparten las mismas raíces. Concretamente, la visita del Santo Padre animará a profundizar en la vida de fe mediante la búsqueda de la verdad e invitará a renovar el deseo de vida interior. Además, la dimensión universal del catolicismo le confiere una capacidad real para abrirse a la diversidad de una sociedad multicultural e internacional a través del encuentro.
El Principado de Mónaco tiene una larga tradición de relaciones con la Santa Sede. ¿Qué espera usted personalmente de esta visita?
Este Viaje Apostólico no es meramente un acto diplomático, sino un momento histórico de profunda trascendencia eclesial. El Papa León XIV, primer Pontífice en visitar el Principado, viene a escribir un nuevo capítulo en los siglos de fructífera amistad entre la Santa Sede y Mónaco. El lema elegido, «Je suis le Path, la Vérité et la Vie» (Juan 14, 6), es la esencia de la enseñanza que el Santo Padre desea transmitir: reafirmar la primacía de Cristo en una época de complejos desafíos e incertidumbres. A pesar de la brevedad del Viaje, la presencia del Sucesor de Pedro en vísperas de la Semana Santa adquiere un significado profético. Mónaco demuestra que la fe católica, a pesar de ser la religión de Estado, no asfixia, sino que ilumina la convivencia civil. El Principado demuestra así que es posible un «sano secularismo», donde la cooperación entre Iglesia y Estado no es meramente un legado del pasado, sino una fuerza viva capaz de afrontar la modernidad sin perder de vista sus raíces católicas.
Mónaco demuestra que la fe católica, a pesar de ser la religión de Estado, no asfixia, sino que ilumina la convivencia civil
Se espera que este viaje impulse la misión de la Iglesia local, consolidando el compromiso compartido en frentes urgentes: la protección de la Creación, la defensa de la vida y la promoción de una solidaridad internacional que no olvide a los más vulnerables. El Papa León XIV nos recuerda que solo caminando en la Verdad podremos construir una paz auténtica y duradera.
