Evangelio Vivo

Solemnidad de Pentecostés, leemos el evangelio de San Juan 20, 19-23

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Hoy, domingo 9 de junio, Solemnidad de Pentecostés, leemos el evangelio de San Juan 20, 19-23

19 Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, los discípulos estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Entonces se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz con ustedes. 20 Enseguida les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. 21 Jesús les dijo otra vez: La paz con ustedes. Como el Padre me envió, así el envío yo también.22 A continuación sopló sobre sus personas y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. 23 A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.»

PALABRA DEL SEÑOR

COMENTARIO

Amigas y amigos: Este breve texto tiene gran densidad. Nos transmite la fuerza del Resucitado. Nos comunica los dones que regla a su Iglesia: la paz de Dios, el envío misionero de Jesús, el Espíritu Santo, la segunda venida de Jesús según este evangelio, el poder de perdonar los pecados en nombre de Dios… Todos estos dones quedan expuestos en cinco versículos. Es un canto a la victoria de Cristo Resucitado sobre el mal y al comienzo glorioso de la nueva alianza y la nueva creación.

La paz es integral, en cuatro direcciones: con Dios, consigo mismo, con el mundo y sus estructuras, con cada una de las personas del mundo. Es un regalo que nos impulsa a trabajar por la transformación del mundo.

El envío misionero y su fuerza era y es el mismo que Jesús había recibido del Padre, una misión que, en pocos años, desarrollaron espléndidamente por todo el Imperio Romano, en sus principales ciudades.

El Espíritu nos lo había prometido muchas veces. Lo anticipó en la cruz, cuando exhaló su último aliento. Nos lo da en su resurrección, como la luz que ilumina las enseñanzas de Jesús y los caminos de la misión; como fuerza que no impulsa a la extensión del evangelio para proseguir su causa.

El poder de Dios. ¿Qué más regala el Resucitado a su Iglesia? Sí, el poder de Dios, aunque nos choque. Nos da un don sobre humano a personas pecadoras como nosotras: el poder de perdonar los pecados. Los que acusan a la Iglesia Católica contra este poder y contra el sacramento de la reconciliación son creyentes que se declaran amantes de la Biblia. ¿Han leído este texto? O ¿son ciegos voluntarios, que no quieren ver? Recuérdenlo: A quienes ustedes perdonen los pecados, les quedan perdonados. Y a quienes se los retengan, les quedan retenidos. (V.223).

 Ciertamente es un poder inaudito, increíble, porque sólo Dios puede perdonar los pecados. Y los seres humanos somos todos pecadores. El sacerdote no perdona los pecados en su propio nombre: eso sería una blasfemia; es el Señor Resucitado quien los perdona a través de la Iglesia, representada por el sacerdote o presbítero.  Todo presbítero ejerce esta función con temblor espiritual al levantar la mano para dar la absolución. Pero también con una seguridad y un gozo inexplicables. Gran misterio es éste, misterio abrumador; y misterio de encarnación, porque el Verbo de Dios encarnado desciende hasta la Iglesia en busca de hombres y mujeres pecadoras. Haremos bien en asombrarnos, asustarnos y espantarnos de que Jesús haya dado este poder a su Iglesia. Pero al mismo tiempo, sintamos emoción por la inmensa misericordia cercana de Dios, que baja hasta nuestra miseria, como dice el salmo: Levanta del polvo a la desvalida, alza de la basura al pobre (113).

 Y a nosotros, presbíteros, que damos el perdón de Dios, ¿qué habría que decirnos? Que nos asombremos, nos espantemos, nos emocionemos, nos humillemos ante Dios y nos carguemos de misericordia. Cada vez que levantamos la  mano y perdonamos, alzamos a la Iglesia entera para que haga las veces de Cristo. Si lo hacemos mal, estamos echando a perder uno de los dones más misteriosos: el sacramento de la reconciliación.

 Acojamos a la gente con amor, sin regañar, con humildad. Iluminemos a nuestras hermanas y hermanos con consejos sobrios y pensados. Demos penitencias pedagógicas más que padrenuestros y avemarías. Y recordemos que somos instrumentos de Cristo, para que la gente salga del sacramento renacida.

 ¿Algo más? Sí. Cuando Dios creó al ser humano, sopló sobre la figura de barro y nació el hombre viviente. Fue la primera creación. Cuando Jesús sopla sobre la Iglesia naciente formada por los discípulos y discípulas, comenzó la nueva creación, la humanidad resucitada con el Espíritu, en la que quedan sembrados los valores de Jesús. Demos gracias a Dios con el corazón ensanchado. Y avivemos hoy el Espíritu que recibimos todas las cristianas con el bautismo. Démosle vida con la lectura de la palabra de Dios, los sacramentos, la oración y el compromiso con la gente pobre y la justicia.

PLEGARIA

Poder sobrehumano

Bajó el Resucitado al dolor de su tierra.

Descendió a las miserias de nuestras pobres vidas.

Y preguntó: ¿Pueden hacer las veces

del Señor, nuestro Dios?

¡Silencio abrumador!

Pero no se detuvo.

Siguió adelante sin ceder a nuestro miedo.

Y nos dejó el poder más alto,

una llave divina, que abre el túnel arcano

de la Misericordia.

Del susto, nos tapamos con manos temblorosas

los rostros, intentando protegerlos.

Pero Él se nos acerca, nos lanza el soplo santo,

nos pone en pie y nos dice: Tomen mi ardiente Espíritu.

La Iglesia entera se levanta iluminada.

Haces de luz se posan sobre las bautizadas.

Inmensos basureros queman nuestras miserias,

cambiándolas en perlas finas.

¡Misterio incomparable de amor liberador!

Los ángeles estaban envidiosos.

¡Bendito por los siglos nuestro amigo Jesús!

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