NI BUEN CIUDADANO NI BUEN PASTOR

*Los hechos no admiten vuelta de hoja. Son indiscutibles. Se vacunó, junto con dos acólitos de mediana edad que le asisten en la liturgia, el 5 de enero pasado contra la Covid-19 en una residencia de sacerdotes mayores , en la que no residen ninguno de los tres. El 27 de enero le suministraron, al menos al obispo, la segunda dosis.

* Resulta, mira por donde, que existen unos Protocolos, aprobados por la Autoridad  civil competente, que obligan a todos los ciudadanos  sin distinción de ningún tipo, ni civil, ni militar, ni religiosa.  Y, en ellos, se fija el orden de vacunación, priorizando a los más vulnerables.

*El obispo, -sí, nada menos que el obispo- se salta el orden establecido. No respeta las previsiones obligatorias para todos. Se cuela y se ríe de cuantos estamos en la fila, a la espera de nuestro turno.

*En vez de ejemplaridad,  se produjo en la sociedad mallorquina una turbia mezcla de sorpresa, indignación y enfado. ¿Es ésta la nueva pastoral de los obispos a quienes se les hace la boca agua con Francisco? Estamos apañados.

*Pretende que nos creamos que su evidente transgresión del protocolo en vigor, así como su insolidaridad con los más vulnerables (entre los que me cuento), se transforme en bondad. ¡Manda narices! Esto huele mal, muy mal. Tan mal que es interpretable, más bien, como presunta corrupción de la función episcopal.

*Sorprende –y muchísimo- que pretendiese dar ejemplo y, sin embargo, se mantuviera en un estricto silencio durante unos veinte días.

*Y, por cierto, no es que haya podido provocar malestar (subjuntivo) sino que lo ha provocado (indicativo). Ni siquiera sus sacerdotes y laicos más comprometidos han respondido a su llamamiento.  Mejor dicho, han respondido con un sonoro silencio. Lo siento, pero usted mismo, como dice el refrán, se ha metido las cabras en el corral .

*Contrasta vigorosamente su falsa ejemplaridad con la de unos quince sacerdotes, que asisten a diario y prestan servicios religiosos a personas contagiadas (…)Aquí, sí estamos ante actuaciones ejemplares y ante verdaderos testimonios de humanidad (…) ¿ qué hizo ante el Ib-Salut para que estos sacerdotes recibiesen un trato diferente, acorde con el riesgo efectivo que están corriendo?

*No le gusta someterse al poder civil, más bien todo lo contrario. Está acostumbrado a servirse del mismo, esto es, del privilegio y del favor. Está en posiciones no, precisamente, progresistas, aunque alardea constantemente de ellas. Prefiere la confusión de poderes como en tiempos pasados.  Igualito que los de Mes (nacionalistas), que le han exculpado. ¡Vaya coyunda la que les unce!

*En el colmo de los despropósitos, mons Taltavull, pretendió instrumentalizar unas palabras de Francisco para amparar su metedura de pata. ¡Pero, qué obsesión tiene con Francisco!  (…)  Parece que estuviera en una carrera de méritos.

*Lo protagonizado por mons Taltavull conlleva, sin duda, una clara pérdida de autoridad moral y de credibilidad, una falta evidente de liderazgo eclesial, que le han hecho menos apto para ejercer responsabilidades eclesiásticas.  Si, por fin, prosperase el no necesario Arzobispado de las Baleares, ya sabemos, con certeza, quién no merece, por falta de competencia, ser su Arzobispo. Quien ha demostrado, por activa y por pasiva, no ser ni buen ciudadano ni buen pastor.

También yo, al igual que Hans Küng, habría preferido no escribir esta reflexión. Me resistí, de hecho, a hacerlo el pasado miércoles  en las páginas de Ultima Hora, donde dispongo de un hueco en la Tribuna de opinión. Me resulta muy desagradable dedicar a mi obispo, Mons Taltavull, una crítica severa. Sin embargo, a medida que pasaban los días, sentía que no podía ni debía permanecer callado. No podía contribuir a esconder el mal.

Creo que, a tenor del c. 212.3 del CIC, tengo, respecto a mi propio Pastor, el derecho y el deber de manifestarle mi opinión sobre asuntos, aunque protagonizados por él mismo, que pertenecen al interés general (bien común) de la comunidad de creyentes en Mallorca, que preside Mons Taltavull.  Asuntos que,  con toda lógica, han tenido su eco, no precisamente positivo, en todos los medios de comunicación, incluso más allá de las Baleares. Lo haré, por supuesto, con respeto, pero con objetividad.

Los hechos no admiten vuelta de hoja. Son indiscutibles. Se vacunó, junto con dos acólitos de mediana edad que le asisten en la liturgia, el 5 de enero pasado contra la Covid-19 en una residencia de sacerdotes mayores , en la que no residen ninguno de los tres. El 27 de enero le suministraron, al menos al obispo, la segunda dosis.

Como es obvio, el problema surge cuando, después de unos veinte días, tales hechos se filtran a los medios. Resulta, mira por donde, que existen unos Protocolos, aprobados por la Autoridad  civil competente, que obligan a todos los ciudadanos  sin distinción de ningún tipo, ni civil, ni militar, ni religiosa.  Y, en ellos, se fija el orden de vacunación, priorizando a los más vulnerables. Todos en Baleares conocíamos esta previsión normativa, no menor. También, sin duda, Mons Taltavull.

Ahora viene lo insólito y lo grave. El obispo, -sí, nada menos que el obispo- se salta el orden establecido. No respeta las previsiones obligatorias para todos. Se cuela y se ríe de cuantos estamos en la fila, a la espera de nuestro turno. Como buen nacionalista, exhibe su supremacismo, y, sin el debido discernimiento, decidió, como diría Cervantes, entrar como Pedro por su casa y situarse en la cabeza de la fila. ¡Manda huevos!  En vez de ejemplaridad,  se produjo en la sociedad mallorquina una turbia mezcla de sorpresa, indignación y enfado. ¿Es ésta la nueva pastoral de los obispos a quienes se les hace la boca agua con Francisco? Estamos apañados.

Por si lo anterior no hubiese sido ya un bochornoso espectáculo, al descubrirse el pastel, esto es, el juego sucio por oculto, se comete un error imperdonable: querer justificar lo injustificable. Ya se sabe, que, en tales casos, ‘inevitablemente se dicen tonterías’ (Ramón Aguiló). Así fue en el tan triste episodio, que valoramos.

Para empezar, lo de que pretendía dar ejemplo, al vulnerar claramente el protocolo establecido, es inaudito. ¡Un poco de respeto, por favor! No se compadece, ni mucho menos, con un ejercicio responsable de la función episcopal. Como ya le han afeado, “puede que, efectivamente, le aconsejaran vacunarse sus cofrades, pero a la vista de los hechos le dirían lo que sus aguzados oídos querían oír” (Ibidem). Bueno es su excelentísimo y reverendísimo señor para que le impongan lo que no quiere. ¡Que pena! Pretende que nos creamos que su evidente transgresión del protocolo en vigor, así como su insolidaridad con los más vulnerables (entre los que me cuento), se transforme en bondad. ¡Manda narices! Esto huele mal, muy mal. Tan mal que es interpretable, más bien, como presunta corrupción de la función episcopal.

Vamos a ver, obispo Taltavull. Sorprende –y muchísimo- que pretendiese dar ejemplo y, sin embargo, se mantuviera en un estricto silencio durante unos veinte días. Sólo tendría visos de creíble si el mismo 5 de enero (fecha en  que recibió la primera dosis)  hubiese hecho público su mensaje. De este modo,  todos los que tenían duda de vacunarse, hubiesen podido sentir el aliento e impulso benéfico episcopal. Pero, ¿de qué ejemplo habla, si solo salió a la opinión pública  cuando el entuerto protagonizado saltó a los medios? ¿Lo habría hecho si esta circunstancia no se hubiese producido? ¿Por qué lo hizo a una hora intempestiva?

Por otra parte, en el colmo de la desvergüenza, todavía ha desgranado  otras cuantas impresentables excusas. ¿Pedir perdón? Pero, ¿no ha sostenido que fue un acto de bondad (ejemplaridad), de buena conducta? Si esto es así, ¿qué sentido tiene pedir perdón? ¿Acaso se lo exigió quien está por encima de usted? No nos diga, señor obispo, que ahora “ha cambiado la perspectiva, se te vuelve en contra”.    Lo suyo provoca risa sardónica. La perspectiva ha sido siempre la misma, la que establece el protocolo, que usted ha vulnerado de modo consciente e imprudente. Y, por cierto, no es que haya podido provocar malestar (subjuntivo) sino que lo ha provocado (indicativo). Ni siquiera sus sacerdotes y laicos más comprometidos han respondido a su llamamiento.  Mejor dicho, han respondido con un sonoro silencio. Lo siento, pero usted mismo, como dice el refrán, se ha metido las cabras en el corral.

Al margen de otras alusiones exculpatorias, que no voy a rebatir a fin de no entrar en el ‘chismorreo clerical’, deseo llamar la atención sobre otras circunstancias que  han retratado a nuestro obispo.  Contrasta vigorosamente su falsa ejemplaridad con la de unos quince sacerdotes, que asisten a diario y prestan servicios religiosos a personas contagiadas. Supongo que reconocerá, señor obispo, la plena vulnerabilidad de estos sacerdotes. Aquí, sí estamos ante actuaciones ejemplares y ante verdaderos testimonios de humanidad. Y, sin embargo, no han sido, de modo incomprensible, incluidos para la vacuna en la primera fase (la que usted ha aprovechado por la puerta falsa) sino en la tercera, que es la que le correspondía a tenor de su edad (73 años). Por cierto ¿qué hizo ante el Ib-Salut para que estos sacerdotes recibiesen un trato diferente, acorde con el riesgo efectivo que están corriendo?

Ha quedado muy claro –también se lo han recordado en los medios- que lo suyo ha significado escaparse por la tangente. No le gusta someterse al poder civil, más bien todo lo contrario. Está acostumbrado a servirse del mismo, esto es, del privilegio y del favor. Está en posiciones no, precisamente, progresistas, aunque alardea constantemente de ellas. Prefiere la confusión de poderes como en tiempos pasados.  Igualito que los de Mes (nacionalistas), que le han exculpado. ¡Vaya coyunda la que les unce!  ¿Por qué será que a muchos Jerarcas en la Iglesia les cuesta aprender la lección de la historia? El mundo se ha emancipado de la religión y se ha hecho laico. Lo demás son excusas de mal pagador.

En el colmo de los despropósitos, mons Taltavull, pretendió instrumentalizar unas palabras de Francisco para amparar su metedura de pata. ¡Pero, qué obsesión tiene con Francisco! Que el papa haya recomendado vacunarse, nada tiene que ver con no respetar el orden fijado por la norma civil, que es lo que su señoría realizó. Parece que estuviera en una carrera de méritos. ¡Cosas veredes!

Tampoco hay que desesperar. Como dice el refranero, ‘no hay mal que por bien no venga’. Lo protagonizado por mons Taltavull conlleva, sin duda, una clara pérdida de autoridad moral y de credibilidad, una falta evidente de liderazgo eclesial, que le han hecho menos apto para ejercer responsabilidades eclesiásticas.

         Si, por fin, prosperase el no necesario Arzobispado de las Baleares, ya sabemos, con certeza, quién no merece, por falta de competencia, ser su Arzobispo. Quien ha demostrado, por activa y por pasiva, no ser ni buen ciudadano ni buen pastor.

CODA FINAL

De nuevo ¡Cosas veredes! Cuando me disponía a editar para RD mis reflexiones, me topo con la información de hoy lunes del Diario de Mallorca. Ahora resulta que el obispo se dio, formalmente, de alta, como residente de la casa sacerdotal, tan solo unos días antes de vacunarse. 

Es más, según la citada información del DM, “pese a no ser una residencia autorizada de ancianos, durante toda la pandemia la Casa se viene beneficiando de dicho estatus otorgado por el Consell. Este trato preferente al Obispado, unido a los contactos políticos de los que se jacta el propio Taltavull, posibilitó que la consellería de Salud le dispensara las vacunas contra el coronavirus incluso antes que a muchas residencias de mayores de la isla legalmente reconocidas.

“Al inscribirse en el Registro de altas y bajas de usuarios de residencias de personas mayores, que controla el Consell a través del Instituto Mallorquín de Servicios sociales (IMAS), el obispo se hace pasar oficialmente por un anciano residente en un geriátrico, cuando no lo es en realidad. De este modo pudo colarse con las espaldas a cubierto entre el listado de curas a vacunar, en su mayoría de avanzada edad, que sí residen en la Casa sacerdotal” (Ibidem). Sin comentarios. Todo está muy claro.

                                                 Gregorio Delgado del Río

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