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La enseñanza debe cambiarse

Como ante cualquier problema, se necesario recordar la máxima de Teilhard de Chardin, que dice: ‘lo realmente difícil es plantear bien los problemas’. Para ello, hay que atenerse al momento en que no encontramos: un cambio de época, una revolución sin precedentes.Nuestros hijos y nietos han de preparase para el futuro y, por tanto, el cambio en el sistema de enseñanza es prioritario. Sugerencias de posibles contenidos de la enseñanza en el futuro inmediato.

13 oct 2026 - 23:26

Como es archisabido, en España todo está sectariamente ideologizado. En ella, pervive la práctica antidemocrática de construir muros, imponer cordones sanitarios y buscar el enfrentamiento y la división. Incluso, en Baleares, en las instituciones educativas ha sido costumbre adoctrinar y repeler, con aparente intención oculta, a quien no comparte esa ideología predominante. Todavía perviven restos significativos en pleno s. XXI.

En semejante contexto, limitado y exclusivista donde los haya, me parece particularmente útil recordar la máxima de Teilhard de Chardin, que dice: “lo realmente difícil es plantear bien los problemas”. Si no es así, la solución será siempre muy deficiente. De este modo lo atestigua la experiencia histórica. ¿Por qué, tratándose de una materia tan transcendente, nos permitimos la licencia de no tener en cuenta tan sabia enseñanza?

Para plantear con corrección, en este momento, la problemática de la enseñanza, hay que atender, y mucho, a la situación actual de la humanidad. Ésta se enfrenta a un ‘cambio de época’ (Francisco), a una ‘verdadera revolución sin precedentes’ (cf. Miquel Munar, Ha comenzado la inexorable revolución, UH, 11. 07. 26). Es más, en ese marco universal, Occidente, sobre el que tantas cosas han girado hasta hace pocos días, se apaga y la civilización que impulsó puede que esté a punto de desaparecer. Tan es así que Félix de Azúa habla de que “el hundimiento de la educación en Occidente es pavoroso”(Dos principios, TO; cf. Miquel Munar, Los ejes de la discordia, UH, 6.09.26, pág 38; las frecuentes declaraciones al respecto de Arturo Pérez Reverte; Roberto Benito, Réquiem por Europa: no es (solo) Trump. Somos nosotros, en “El Mundo”, 12. 01. 26, pág. 9).

“Todos nuestros relatos antiguos, dice Harari, se desmoronan y hasta el momento no ha surgido ningún relato nuevo para sustituirlos” (2l Lecciones para el s. XXI, Debate, 2018, pág. 285 y ss.) o “el péndulo ya está en el extremo de la autodestrucción” (Munar, Ha comenzado, cit., UH). La situación no puede ignorarse pues, sin duda, determinará el futuro de la humanidad y, por supuesto, las posibilidades reales de nuestros hijos y nietos de adaptarse a lo que ya está en marcha. ‘Lo queramos o no’, como dice el poema del chileno Nicanor Parra, ‘solo nos queda el mañana (…) que es lo único de lo que realmente disponemos”.

Si esto es así, a mi me parece indudable (cf. Delgado, La enseñanza no se toca, MD), lejos de no tocar la enseñanza por nadie que no sean quienes, dado el control que ejercen sobre ella, mantienen y les interesa que no se toque, hemos de seguir la ruta del cambio como algo prioritario y constante. “El propio cambio es la única certeza” (Harari, loc. cit., pág. 290) en los momentos actuales.  

Así pues, ¿qué tendríamos que enseñar? ¿Cómo preparar a nuestros hijos y nietos para el mundo que viene, el mundo del mañana, de transformaciones radicales, que, en el fondo, ahora mismo todos ignoramos? ¿Cómo situarlos, por ejemplo, ante las repercusiones de la IA en todos los ámbitos, incluidos los relativos a la mente humana? (cf. León XIV, Encl. Magnifica Humanitas, 15. 05. 26 y  Agustín Fernández Mallo, El ángel de la Inteligencia Artificial, Galaxia, 2026). ¿Cómo enseñar a tratar y convivir con el algoritmo? ¿Seremos capaces de convivir con el cambio, de aprender de modo constante y de mantener el equilibrio mental bajo nuestro control personal? ¿Seremos víctimas de la tecnología o seguiremos manteniéndola bajo el control humano? Todo está por ver. Todo está en el aire.

En mis abundantes lecturas sobre el futuro inmediato, he percibido que Harari (loc. cit., pág. 288) es uno de los intelectuales mejor centrados ante los cambios, que se avecinan. Todo un desafío y un reto educativo. “Muchos pedagogos expertos indican que en las escuelas deberían dedicarse a enseñar ‘las cuatros ces’: pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad. De manera más amplia, tendrían que restar importancia a las habilidades técnicas y hacer hincapié en las habilidades de uso general para la vida. Lo más importante de todo será la capacidad de habérselas con el cambio, de aprender nuevas cosas y de mantener el equilibrio mental en situaciones con las que no estamos familiarizados. Para estar a la altura del mundo de 2050, necesitaremos no solo inventar nuevas ideas y productos: sobre todo necesitaremos reinventarnos una y otra vez” (loc. cit.). Tales sugerencias no deben tomarse al pié de la letra. Son eso: sugerencias para estimular la reflexión personal y colectiva, abrir nuevos caminos, buscar vías de adaptación, corregir errores, etc, etc.

El panorama que tenemos delante, en consecuencia, no es para mostrar inacción sino  una continuada actitud de cambio constructivo y creativo. Necesitaremos estar más unidos, dialogar más, colaborar más, destruir los muros que lo impiden. Los riesgos y peligros, que se van a correr, solamente serán conjurados y aminorados si somos capaces de actuar frente a ellos desde la unidad responsable. La enseñanza es una materia tan transversal y transcendente que reclama escucha y participación activa de todos, de la oposición de turno, de las asociaciones de padres y maestros y, ¿por qué no?, de corporaciones empresariales y laborales. Sobre todo, la enseñanza exige que se respete la libertad personal del ciudadano.

En definitiva, lejos de no tocar la enseñanza, ahora, más que nunca, es prioritario cambiarla de modo continuado en su contenido y en su metodología para elaborarlo. Sobre todo, después del Informe Pisa (cf.  Pisa: el fracaso que no podemos normalizar, UH, 9.09.26, pág. 2).

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