“Creer confiadamente en el progreso, como los positivistas del siglo XIX, es hoy día ridículo” (Claudio Magris)
LA RESPONSABILIDAD DE TENER OJOS (I)
“Creer confiadamente en el progreso, como los positivistas del siglo XIX, es hoy día ridículo” (Claudio Magris)
La semana pasada he realizado una segunda lectura de la alegoría política y antropológica, Ensayo sobre la ceguera, del premio nobel José Saramago.Es, por supuesto,una ficción verdaderamente clarividente, para entender el verdadero clima de nuestro tiempo. Sobre todo, nos alerta y nos sugiere poner en juego “la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron”. Un adelantado a su tiempo. Un verdadero profeta.
Ahora mismo, “no estamos viviendo simplemente una época de cambios, sino un cambio de época” (Francisco). Pero, al mismo tiempo, el mundo global en que estamos integrados, “ejerce una presión sin precedentes sobre nuestra conducta personal y nuestros valores” (Harari, 21 lecciones, cit.,pág. 13) de tal forma que, “después del naufragio de las promesas modernas” (Auschwitz o Hiroshima), tienen sentido las preguntas radicales que se hiciera Theodor Adorno en 1949: “¿Cómo mostrar la salida hacia una vida de madurez responsable? ¿Cómo, después de las experiencias de esta guerra, hablar siquiera de autodeterminación?"
Las preguntas de Adorno, como bien subrayó Daniel Capó en la presentación del libro deWolfram Eilenberger, ‘Espíritus del presente’ (Taurus, 2025), no son meramente teóricassino “el principio de una confrontación que no ha finalizado aún. Si el recorrido de la razón ilustrada había acabado en una matanza programada, ¿qué le quedaba al hombre por decir o creer? Entonces, ¿qué es el progreso o cómo podemos definirlo?”. En este marco, se nos ofrece una visión diferente e imaginativa, la del pensador de la primera mitad del s. XX, de origen judío, Walther Benjamin, plenamente actual. Estas fueron sus palabras:
"Los ojos se le salen de las órbitas, tiene la boca abierta y las alas desplegadas. Pues este es el aspecto que debe tener el Ángel de la Historia. Tiene el rostro vuelto al pasado. Donde aparece ante nosotros un encadenamiento de aconteceres, él ve una única catástrofe que incesantemente amontona escombros sobre escombros y los arroja a sus pies. Quisiera permanecer donde está, despertar a los muertos y recomponer lo destrozado. Pero desde el Paraíso sopla una tempestad que enreda sus alas, y es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Esta tempestad lo empuja sin cesar hacia el futuro, al cual vuelve la espalda mientras el cúmulo de escombros ante él crece hasta el cielo. Lo que llamamos progreso es esta tempestad".
¡Magnífico! El divino mantra de la izquierda (‘progresista’), que seguirá siendo sobreutilizado hasta la hora presente en todos sus relatos políticos, es visto como una ‘tempestad de escombros’. Es en el fondo, una mentira para manipular, para culpabilizar a las víctimas, para polarizar a la sociedad. A partir de aquí, se asiste a una especie de “derrumbe del concepto de progreso” (Salvador Pániker, Asimetrías, pág 104 y ss.) y con él a la crisis de la modernidad. No es extraño, en consecuencia, que, en 1999, Claudio Magris (Utopia e disincanto), dijese que “creer confiadamente en el progreso, como los positivistas del siglo XIX, es hoy día ridículo” (Ed. esp. 2001, pág. 9). En esta línea de opinión, han aparecido otras muchas opiniones que han seguido poniendo en entredicho la idea deprogreso, tales como, entre otros, Antonio Elorza, Javier Benegas, Félix de Azúa y Pola de Oloixarac, TO).
Pues bien, Saramago partió, como idea argumental de su alegoría, de algo que está en la experiencia del común de la gente: El portentoso avance tecnológico actual no se corresponde con igual avance moral. “No estamos locos; estamos desajustados. Hemos desarrollado herramientas para transformar el mundo, pero no hemos desarrollado con la misma fuerza la responsabilidad de usarlas para todos” (Julián Arroyo, La paradoja del progreso, Niaia.es). Estamos ante una gran paradoja, ante una contradicción: ‘lo posible no se convierte en real’ (Ibidem).
Con Ensayo sobre la ceguera, Saramago dibuja la imagen aterradora de los tiempos que nos ha tocado vivir. Los ciegos han de hacer frente a lo más primitivo en la naturaleza, pues, además de la ceguera física, hay una ceguera moral, que está destruyendo la civilización occidental. Si esto es así, surge una pregunta pertinente:¿existe alguna esperanza que nos salve?
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