"Necesitamos hablar de espiritualidades" Ecoespiritualidad para laicos. El 'reencantar el mundo' de Jorge Riechmann

Jorge Riechmann
Jorge Riechmann

"Vivimos la sociedad de la incertidumbre y cada vez la necesidad de una ecoespiritualidad (como experiencia interior no necesariamente religiosa) para laicos es cada vez más imperiosa"

"La tarea de Jorge Riechmann en la elaboración de una ética gaiana ha sido en ocasiones considerada 'extremadamente vanguardista': una 'aplicación política mínimamente verosímil igual tiene que esperar tres o cuatro décadas' (Santiago Muiño, 2022)"

"En su cuaderno de apuntes Ecoespiritualidad para laicos, Riechmann vuelve sobre aquellos aspectos 'vanguardistas' de las transformaciones necesarias para ayudarnos a asimilar aquella dependencia y hacer 'las paces con el resto de los vivientes'"

Vivimos la sociedad de la incertidumbre, tal como pronosticaba Zygmunt Bauman. Y no es fácil diseñar un mapa de nuestra sociedad compleja. Y, menos aún disponemos de una brújula que nos oriente en este mar negro y revuelto. Por ello, no se han elaborado hojas de ruta fiables y asumidas por todos que nos lleven al puerto deseado de la humanidad solidaria, justa, sin brechas entre nortes y sures, armoniosa con el cuidado de la casa común.

Cada vez se ve más necesario (sobre todo desde la irrupción de la sociología postsecular de Habermas, 2001) convergen juntos los partidarios de una política laica y las tradiciones religiosas. Por eso, la necesidad de una ecoespiritualidad (como experiencia interior no necesariamente religiosa) para laicos (partidarios de la separación entre religiones y políticas) es cada vez más imperiosa.

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La tarea de Jorge Riechmann en la elaboración de una ética gaiana ha sido en ocasiones considerada «extremadamente vanguardista»: una «aplicación política mínimamente verosímil igual tiene que esperar tres o cuatro décadas» (Santiago Muiño, 2022).

portada Ecoespiritualidad Para Laicos: Cuaderno de Apuntes

Riechmann, sin dejar de trabajar en el resto de los frentes necesarios para la  comprensión de nuestra coyuntura y la intervención política en ella (Riechmann, 2022: nota 42), entiende que esa intervención no dará frutos si no logramos revisar a fondo aspectos fundamentales de nuestra cultura y nuestros valores, pero también de la clase de criaturas que somos.

La política, así mirada, ni puede concebirse como separada de la ética y la cultura general ni puede operar con efectividad fuera de un proyecto de reconfiguración de la subjetividad y los imaginarios colectivos.

La propuesta se articula, pues, en varias dimensiones interrelacionadas. En la subjetiva, la tarea estriba en reconocernos como seres limitados y dependientes integrados en un sistema vivo mayor. En la cultural, de lo que se trataría sería de explicitar colectivamente los valores implícitos en la subjetiva, generando prácticas acordes con ellos y capaces de fomentarlos.

La dimensión política debería traducir esos valores en estructuras efectivas de acción social: movimientos, instituciones. A la base de todo, así, los límites y la autolimitación —ausentes en una civilización ensoñada con hombres-dioses-máquina, conquistas galácticas y colonizaciones espaciales (Riechmann, 2025a; Arias, 2024).

En su cuaderno de apuntes Ecoespiritualidad para laicos, Riechmannvuelve sobre aquellos aspectos «vanguardistas» de las transformaciones necesarias para ayudarnos a asimilar aquella dependencia y hacer «las paces con el resto de los vivientes» (p. 34). Eso de la espiritualidad chirría en muchos oídos socialistas, pero no por ello podemos meter sin más bajo la alfombra todo un «universal antropológico» (p. 54). «Necesitamos hablar de espiritualidades (y en particular de ecoespiritualidades), sin olvidarnos del capitalismo. Necesitamos hablar de capitalismo, sin olvidar las espiritualidades. Por supuesto que Marx. Y por supuesto que no sólo Marx […]. Para aprender a habitar la Tierra […], el paso primero y más importante es salir del capitalismo. Luego podemos hablar de todo lo demás. Pero sin ese paso, casi todo lo demás (incluyendo las ecoespiritualidades) sobra» (pp. 137-138).

"Necesitamos hablar de espiritualidades (y en particular de ecoespiritualidades), sin olvidarnos del capitalismo. Necesitamos hablar de capitalismo, sin olvidar las espiritualidades. Por supuesto que Marx. Y por supuesto que no sólo Marx […]. Para aprender a habitar la Tierra […], el paso primero y más importante es salir del capitalismo. Luego podemos hablar de todo lo demás"

Marx

Pero ¿de qué hablamos aquí cuando hablamos de espiritualidad? Ernst Tugendhat diferenciaba religión y mística, definiendo a la primera como una actitud que implica la creencia en seres sobrenaturales a los que se dirige la plegaria y la gratitud y la segunda como una experiencia de distanciamiento de uno mismo: en lugar de redactar cartas a los Reyes Magos, nos sentimos parte del kosmos, y nos diluimos en él. La espiritualidad, en la perspectiva que interesa aquí a Riechmann, entronca con la mística. «La espiritualidad en sentido laico tiene, en mi opinión, dos grandes componentes: primero la vivencia de conexión con todo (con el Todo), y en segundo lugar el descentramiento del ego» (p. 42).

La cosa no va de creencias estrafalarias sobre dioses y espíritus, sino de recuperar valiosos ingredientes para éticas no antropocéntricas (cf. Riechmann, 2025b: 42-43, nota 65) y experiencias de conexión particularmente necesarias en época de duelo por «un fin de mundo» (p. 15). «“Reencantar el mundo” en clave ecosocial no significa desprenderse de la racionalidad o minimizarla, sino aspirar a formas de racionalidad menos reductivas, menos patriarcales, menos individualistas, menos hostiles a la naturaleza, menos escindidas del cuerpo, más conectadas, más prácticas, más terrestres» (p. 58).

Uno de los límites con los que debería permitirnos lidiar esta racionalidad mejor es el de nuestra propia vida. La civilización occidental contemporánea, nos decía Stanislaw Lem, «se revela como un movimiento opuesto a la muerte»: «la fe común de la cultura laica» ha venido a desembocar en «la alienación de la muerte» (Lem, 1984: 80-81). Riechmann, por su parte, lleva tiempo vinculando nuestra incapacidad para hacernos cargo de este límite con diferentes facetas de nuestra cultura fáustica —las fantasías antropófugas del transhumanismo, v.g.—, pero también con raíces de la crisis ecosocial más profundas que el sistema socioeconómico capitalista —raíces antropológicas, cabe decir—, y ha venido pensando estas raíces bajo la pregunta por las taras del «simio averiado» (v.g., Arias, 2022; 2023).

En Ecoespiritualidad para laicos se introducen al paso unas notas sumamente elocuentes a este respecto. Comentando una interesante tesis sobre el origen de determinados sistemas normativos en culturas indígenas, se perfila la sugerencia de que las sociedades locales tradicionales que lograron sobrevivir a largo plazo fueron aquéllas que aprendieron a adoptar conductas de moderación —en lugar de perseverar en la inercia expansiva— tras experimentar las consecuencias de episodios de sobreexplotación (pp. 89-92). Riechmann deja caer esta idea en unas líneas en las que se ocupa de la desmitificación del «buen salvaje» en el contexto de la reflexión sobre la recuperación de sabiduría indígena. Leí esas líneas como la más potente y sobrecogedora imagen del «simio averiado» —incluso prescindiendo del correctivo de Douglas Fry o R. Brian Ferguson, el melodrama de Pinker sobre «los ángeles y los demonios que llevamos dentro» resulta mucho menos impresionante que este par de carillas.

Jason Moore.

En el último número de Viento Sur, Jason Moore y colaboradores atacan la «narrativa del Antropoceno», que «culpa a la naturaleza humana», a «los trabajadores moralmente defectuosos e ignorantes» y al «consumo excesivo» de la crisis ecosocial en curso.[1] Debe concederse que la «narrativa del Antropoceno» palidece frente a la explicación del Capitaloceno, pero conviene añadir inmediatamente que la cultura de masas ha cubierto a la clase trabajadora de «ignorancia» y valores «moralmente defectuosos» (Moore, Molinero Gerbeau y San Román Gómez, 2025), del mismo modo que conviene anotar a renglón seguido que, en el Norte global, también los trabajadores asumen «modos de vida imperiales» (Brand y Wissen, 2017), sumidos en prácticas y «valores de uso anticomunistas» —bienes que «en ninguna circunstancia social podrían ser consumidos por todos» (Harich, 1975: 22, 186).[2]

La idea de «culpar a la naturaleza humana de la crisis ecosocial» es demasiado gruesa como para detenerse en ella, pero no lo suficiente como para ahorrarnos la reflexión sobre la posibilidad de que necesitemos construir muros culturales e institucionales contra sesgos e inclinaciones que quizá sigan ahí «el día después de la revolución».

Hay una batalla cultural que la cultura va perdiendo por goleada, y la esfera de las experiencias religiosas viene ubicándose últimamente en primera línea del frente (Forti, 2025). Los esperpentos fascistas dispuestos a repetir hoy la historia como farsa parecen haber comprendido «la religión como fenómeno antropológico: Homo sapiens como Homo religiosus» (p. 55). Quizá no sea mal momento para pensar despacio en estas cosas.

Batalla cultural
Batalla cultural Alejandra Svriz

Referencias

Almazán, A. y Riechmann, J. (2023) «Desafíos poliéticos de las transiciones energéticas», Arbor, 199(807): a689.

Arias, A. (2020) La batalla por las ideas tras la pandemia: Crítica del liberalismo verde. Madrid: Catarata.

Arias, A. (2022) «Reseña de Informe a la Subcomisión de Cuaternario», Bajo Palabra, 30, pp. 583-588.

Arias, A. (2023) «Holobiontes en un planeta simbiótico», 15/15\15, 13 de abril.

Arias, A. (2024) «La colonización espacial como síntoma», Arbor, 200(811): 2701.

Brand, U. y Wissen, M. (2017) Modo de vida imperial. Vida cotidiana y crisis ecológica del capitalismo. Buenos Aires: Tinta Limón, 2021.

Forti, S. (2025) «Las hordas del odio (bajo el manto de Dios)», Ctxt, 16 de septiembre.

Harich, W. (1975) ¿Comunismo sin crecimiento? Babeuf y el Club de Roma. Barcelona: Materiales, 1978.

Lem, S. (1984) Provocación. Madrid: Funambulista, 2005.

Moore, J. W., Molinero Gerbeau, Y. y San Román Gómez, A. (2025) «¿Mal clima, sistema perverso? Por qué necesitamos la historia del clima para comprender la lucha de clases y la crisis actual», Viento Sur, 198, pp. 109-115.

Riechmann, J. (2021) «Reseña de El capitalismo en la trama de la vida. Ecología y acumulación de capital», 15/15\15, 7 de septiembre.

Riechmann, J. (2022) «Una ofensiva “anticolapsista”», Viento Sur, 8 de diciembre.

Riechmann, J. (2024) «Sobre energía, transiciones ecosociales y modos de vida», Nuestra Bandera, 262, pp. 125-146.

Riechmann, J. (2025a) Gente que no quiere viajar a Marte. Ensayos sobre ecología, ética y autolimitación (2.ª ed.). Madrid: Catarata.

Riechmann, J. (2025b) Reverencia por la vida. Las ecoéticas «profundas» de Albert Schweitzer (1875-1965) y Fritz Jahr (1895-1953) en la Europa de los primeros decenios del siglo XX. Zaragoza: Prensas de la Universidad de Zaragoza.

Santiago Muiño, E. (2022) «No tenemos derecho al colapsismo. Una conversación con Jorge Riechmann (I)», Contra el Diluvio, 1 de noviembre.

1. Para una crítica de la obra fundamental de Moore, vid. Riechmann (2021). ↑

2. No se trata, en absoluto, de subestimar las dificultades materiales que afrontan amplios sectores de las clases trabajadoras de países como el nuestro, pero tenemos que comenzar a asumir que, en el Norte, hemos vivido —en las décadas posteriores a la Gran Aceleración—«por encima de nuestras posibilidades» en términos de mera justicia distributiva global, no hablemos ya de límites biofísicos (Riechmann, 2024). La parte verdaderamente difícil de digerir de esta situación es que ese «hemos» incluye a sectores sociales que denominaríamos pobres. El Consejo Europeo estableció a mediados de los ochenta la definición de «pobreza» desde entonces operativa en los Estados de la Unión: son pobres, de acuerdo con la misma, los individuos, familias o grupos cuyos medios son tan escasos que no les permiten acceder a las condiciones de vida mínimas aceptables en su Estado. Entre sus criterios para concretar esas condiciones mínimas, el Instituto Nacional de Estadística incluye actualmente la capacidad para disponer de un vehículo privado o para comer carne o pescado cada dos días. Si ésta es la definición de «vida digna» por la que vamos a luchar, entonces hemos de echar el internacionalismo por la borda: las clases trabajadoras de los países del centro nos veríamos obligadas a hacer la guerra, primero, al Sur global y, más tarde —si hay un más tarde—, al resto. No es momento de abandonar la lucha por la dignidad material de la vida de los trabajadores occidentales, sino de replantear esa noción de dignidad, porque, para las economías del Norte —que han dilapidado en un parpadeo geológico los recursos de stock del planeta, saturando sus sumideros—, la cuestión no es hoy «una cuestión del 1% frente al 99%, sino más bien (a escala mundial) de 1/5 frente a 4/5 o quizá 1/4 frente a 3/4. Pero resulta que en esa cuarta o quinta parte de los de arriba nos hallamos incluidos casi toda la población española y europea». Así, por ejemplo, «el volumen de emisiones individual medio compatible globalmente con el objetivo de 1,5°C […] está en 1,1 toneladas de equivalente de CO2/persona/año hasta 2050, [de forma que] también la mitad de nuestra población con menos ingresos cuadruplica el objetivo en emisiones, y el promedio general lo septuplica» (Almazán y Riechmann, 2023). ↑

El supuesto virus del fascismo | Opinión | EL PAÍS

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