Doce Calles publica esta obra testimonial, contada de manera sencilla y sentid 'Vivir a corazón abierto', las memorias del padre Uña, sembrador, fiel y discreto

Padre Uña
Padre Uña

"Vivir a corazón abierto es el título del libro que presentamos hoy, escrito por nuestro querido padre Manuel Uña, miembro de la Orden de los Frailes Predicadores, a quien tanto agradece nuestra Iglesia y también Cuba"

"Obra testimonial, contada de manera sencilla y sentida por el padre Uña, quien a sus ochenta y cinco años y consciente de que ha vivido y de que algo ha pasado en esa vida otorgada por Dios, se aventura a involucrarnos en ese camino recorrido"

"La editorial española Doce Calles acogió la presente edición, consciente quizás (y esto es puro atrevimiento de mi parte) de que tendría la posibilidad de ofrecer al público una obra necesaria"

"La historia del padre Uña es parte de una historia más amplia. Su escritura nos invita a devorarlo. No puede entonces obviarse la frase que, a mi juicio, define estas memorias: 'Llego a Cuba para quedarme'"

"Que la inspiración sea letra viva, no muerta. Ahí le espera, a la puerta de su oficina, el bastón de bambú, como pieza que invita a hacer confluir sus sueños y los nuestros, los de tantos…"

'Llego a Cuba para quedarme'

(Palabra Nueva).- Vivir a corazón abierto es el título del libro que presentamos hoy, escrito por nuestro querido padre Manuel Uña, miembro de la Orden de los Frailes Predicadores, a quien tanto agradece nuestra Iglesia y también Cuba. Pero Vivir a corazón abierto es también la manera en que el autor nos presenta sus memorias: los frutos de un sembrador incansable. Y así se resume perfectamente el título: Vivir a corazón abierto.

Memorias de un sembrador, obra testimonial, contada de manera sencilla y sentida por el padre Uña, quien a sus ochenta y cinco años y consciente de que ha vivido y de que algo ha pasado en esa vida otorgada por Dios, se aventura a involucrarnos en ese camino recorrido.

La editorial española Doce Calles acogió la presente edición, consciente quizás (y esto es puro atrevimiento de mi parte) de que tendría la posibilidad de ofrecer al público una obra necesaria, pues más allá de los acontecimientos humildemente contados por el autor, en quien descubrimos la marcada intención de no hablar mucho sobre sí mismo, hay un espíritu de vida que se va develando en esa naturaleza y esa vocación de implicarse con la gente, con la historia de un país, de una localidad, con la realidad de la Iglesia, con la cultura, con los acontecimientos cotidianos que generan felicidad, inconformidad, tristeza, esperanza o desesperanza…

La historia del padre Uña es parte de una historia más amplia. En ese sentido, y como bien refiere en la presentación del libro sor Indira González, S. de M., “no es bueno que se pierda la historia ni el camino, porque en la historia y en el camino se nos regala el espíritu, la fecundidad, la esperanza. Todo con sabor a escuela de vida, a eternidad”.

Uno o dos días es tiempo suficiente para leer este libro. Su escritura nos invita a devorarlo, como decimos en buen cubano “de un tirón”. Pareciera paradójico las horas que implica la lectura frente a una vida de más de ochenta años, gran parte de ella marcada por dos verbos que, según el padre Manuel, han estado presente en su vida y en los destinos a los que ha sido enviado: renacer y reavivar. Pero, sin dudas, se advierte una clara intención, por parte del autor, de solo contar a grandes rasgos su itinerario de vida, desde su original Tardemázar, pasando por la decisión de hacerse religioso a la temprana edad de doce años y su etapa de formación y misión que va desde Granada, Almería, Canarias, Roma, Córdoba, Sevilla… para detenerse (con un gusto tal, que podemos saborear todos) en la otra orilla del mundo: en Cuba, en la familia dominica de esta Iglesia cubana, en la cultura, la gente y en la historia de este pedazo de tierra.

Tenía veintitrés años cuando fue ordenado sacerdote, en Guadix, Granada, el 15 de marzo de 1959. Como afirma en el libro, no alcanzaba aún la edad requerida para recibir las órdenes sagradas. Sus primeras experiencias fueron determinando su disposición a sembrar, a soñar y a trabajar. Fue en Almería, su primer destino, donde nombrado por el obispo como delegado diocesano de las Hermandades del Trabajo, se embarcó en la aventura de la evangelización del mundo del trabajo, una etapa hermosa y que resume de esta manera: “Al lado de mis padres aprendí a ser cristiano, mis hermanos de comunidad me enseñaron a ser fraile predicador y los obreros, con los que conviví y compartí vivencias durante más de diez años, me mostraron cómo necesitaban que fuera el sacerdote”.

Al parecer, una serie de valores (de los que nunca habla en su libro, pero que saltan a la vista), generaban la confianza en él de sus superiores y hermanos de familia religiosa. Con solo veintiocho años fue nombrado Prior de la comunidad de Almería, de donde era, según sus palabras “el benjamín”. A los pocos meses de su nombramiento, la comunidad vio necesario reconstruir el convento para aprovechar mejor los espacios. Casi finalizada esta obra, y con el consentimiento del Padre Provincial, es nombrado párroco de una comunidad de reciente creación, destinada a familias que hasta ese momento habían vivido en cuevas y para las cuales se habían construido unas quinientas viviendas. De este primer destino y de la relación que estableció, tanto con personas extremadamente humildes y sencillas, como con empresarios, representantes de la autoridad, hermanos y hermanas consagradas, aprendió que cada quien “es tierra sagrada”, que necesita ser tratado con respeto, prudencia y discreción.

Llevaba cinco años de párroco de San Pablo cuando lo eligieron Prior de Nuestra Señora de la Candelaria, en Tenerife. Sin prisas, el padre Manuel fue conociendo el alma y el lenguaje de los pobladores. En la isla, además de acometer importantes obras de restauración, como el acondicionamiento de la Basílica según la reforma litúrgica del Vaticano II y la reparación del templo de Santa Ana, desarrolló una labor pastoral encomiable que insistía en una mejor formación cristiana. De Tenerife se trasladó a Roma para estudiar Licenciatura en Teología en la Universidad de Santo Tomás. De regreso a España, fue Maestro de Novicios. No necesitó grandes esfuerzos para acercarse a los jóvenes: “la fórmula fue escucharlos y relacionarse con ellos con naturalidad”. Los años siguientes lo sitúan como Prior de Andalucía. A propósito de este nombramiento, y respondiendo a la pícara pregunta de un hermano, aseguró, en su momento, que el cargo no lo estropearía. “Seré provincial sin renunciar a ser hermano, seguiré siendo Fr. Manuel Uña”.

El ser Provincial le permitió venir a América, a las comunidades de este lado del Océano: Venezuela, México y Cuba. A La Habana llegó sin prisas, y con el deseo de ver, escuchar, convivir, compartir y dejarse enseñar. De los hermanos que encontró en Cuba, le sorprendió su entrega abnegada y silenciosa. Dos nombres se le vuelven imprescindibles, los padres ya fallecidos Domingo Romero, Vicario de los Dominicos en Cuba, y José Manuel Fernández (el padre Pepe). Cuba, admite, “se abría ante mí como un libro sin tachaduras ni borrones, con hojas en blanco, solo necesitaba aprender a leer lo esencial para ver con claridad”.

En su último viaje como Provincial a Cuba, deja una carta en la cual solicita permiso para entrar y permanecer en la Isla como fraile dominico. La oportunidad llegó en 1993, en medio de un apagón, de ahí que valore tanto el primer regalo que le hicieron tras su llegada: “una linternita, que es todo un símbolo, porque sirve para iluminar, no para deslumbrar”.

Y por Cuba, necesariamente, se sigue enrumbando este libro de memorias que nos descubre a quien ha sido, y es, un hombre que transita el camino de Cuba con la certeza de ser un caminante más, que no busca adelantarse, solo acompañar. La lectura de este libro reafirma una idea que ya he expresado con anterioridad: “El itinerario de fray Manuel Uña por Cuba supera la experiencia de muchos jóvenes de hoy… aventaja también a la de mi hija, quien siente una admiración especial por la persona, que según dice ‘es el modelo de sacerdote que la Iglesia necesita, con el oído pegado a la tierra’. Y es que en el padre Uña descubrimos la verdad de un corazón dispuesto a la comprensión y al diálogo sincero, creativo y libre”.

No puede entonces obviarse la frase que, a mi juicio, define estas memorias: “Llego a Cuba para quedarme”. El padre Manuel Uña se ha quedado por el sacerdote que es, por el hermano dominico que es, por el sembrador, soñador y trabajador que es. Se ha quedado por esa gran obra que son hoy las alas del Convento de San Juan de Letrán, y que se han convertido, a lo largo de los años, en oportunidad de encuentro y reflexión para todos los cubanos, espacios abiertos a la cultura, a la educación, a la vida… sin excluir a nadie por su ideología o creencia: el Aula y el Centro Fray Bartolomé de Las Casas.

Los hilos que tejen esta biografía, merecen, padre que hoy hace memoria agradecida, entresacarlos, mostrarlos… para que, con la misma humildad del tejedor, nos sirvan para nuevos tejidos. Que la inspiración sea letra viva, no muerta. Ahí le espera, a la puerta de su oficina, el bastón de bambú, como pieza que invita a hacer confluir sus sueños y los nuestros, los de tantos… Como bien dice su sobrina Rosa, en el hermoso texto que acompaña la pintura de contraportada, usted ha sido un sembrador, fiel y discreto. Ha sembrado en todas las orillas, incluso en el mar que, aparentemente, puede separarlas.

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