Asesinato en el grado 33: La inesperada muerte del Papa

Es el libro del sacerdote norteamericano Charles Murr (2022) que relata la investigación del arzobispo canadiense Edouard Gagnon sobre la masonería en el Vaticano y la inesperada muerte del Papa Juan Pablo I… ¿Asesinato indirecto? i

Libro 'Asesinato en el grado 33' (detalle cubierta)
Libro 'Asesinato en el grado 33' (detalle cubierta)
Jesús López Sáez
02 sep 2026 - 09:53

Es el libro del sacerdote norteamericano Charles Murr (2022) que relata la investigación del arzobispo canadiense Edouard Gagnon sobre la masonería en el Vaticano y la inesperada muerte del Papa Juan Pablo I. Junto al autor y al arzobispo aparece también Mario Marini, que fue oficial de la Secretaría de Estado. Los tres convivieron en la Residencia Libanesa de Roma. En su momento lo dejé a un lado por la ambigüedad del arzobispo ante la pregunta clave y la posición tradicionalista del autor. Ahora lo retomo. Me parece conveniente hacer un adecuado comentario.

Algunos reparos. El historiador tradicionalista Roberto de Mattei, cuyo nombre no aparece, dice en el Prólogo: “El título era demasiado bueno para dejarlo pasar, pero mi amigo Charles tenía algunos reparos en utilizarlo porque no quería que los posibles lectores pensaran que se trataba de otro libro de ‘teorías de la conspiración’ sobre la muerte del beato Juan Pablo I. Su historia sí implica intrigas en el Vaticano y masones, y la inesperada muerte de ese pontífice es una de sus sub-tramas. Pero la narrativa más amplia es la crónica del noble esfuerzo de un hombre dedicado a la Iglesia que tuvo que lidiar con la corrupción de la Curia Romana”.

La pertenencia a la masonería estaba prohibida en el Código de Derecho Canónico de 1917 con pena de excomunión: ”Los que se suman a sectas masónicas u otras asociaciones de este tipo que maquinan contra la Iglesia o contra los legítimos poderes civiles contraen por ese hecho la excomunión solamente reservada a la Sede Apostólica” (c. 2335). Sin embargo, en el nuevo Código de Derecho Canónico promulgado en 1983 se suprime la referencia a la masonería: ”La persona que se une a una asociación que conspira contra la Iglesia debe ser castigada con una pena justa” (c. 2355). Se dice en el Prólogo: “No se menciona explícitamente a las ‘sectas masónicas’. Parecería que este nuevo canon quiere tener en cuenta a los católicos de los países en los que la masonería no busca activamente la destrucción de la Iglesia católica”

Masonería
Masonería

Encargo de Pablo VI. El autor, entonces joven sacerdote, estuvo allí “el Año de los Tres Papas”: “A mí se me concedió un punto de vista único: viví con un hombre, verdaderamente un gran hombre elegido por el Papa para llevar a cabo dicha reforma”, la reforma de la Curia Romana. El arzobispo Gagnon recibió del papa Pablo VI el encargo de “limpiar los establos”, “la necesidad de abordar la reforma objetiva de la administración central de la Iglesia de Cristo”, “se había informado al Santo Padre que prelados influyentes de muy alto rango eran de hecho masones”, “el arzobispo Gagnon elaboró un expediente exhaustivo que no dejaba lugar a dudas sobre la veracidad de esas escandalosas acusaciones. Nunca vi el contenido en sí, por supuesto, y el hombre era la discreción misma”, “una reforma seria de la Curia exige que estos documentos se hagan públicos”. Se trataba de aclarar “si es cierto que el hombre responsable de nombrar a los obispos de todo el mundo durante años era un masón”, “si es cierto que el hombre encargado de las monumentales reformas litúrgicas se guiaba más por los ideales masónicos”, “si, como sugirió una vez el cardenal Benelli, estos dos eclesiásticos influyentes eran sólo la punta del iceberg” (Prefacio).

Propuesta de Benelli. El arzobispo Giovanni Benelli, Sustituto de la Secretaría de Estado, y el Papa “acordaron que no se debía decir nada sobre estas acusaciones al Secretario de Estado, el cardenal Villot, hasta que se pudiera identificar al investigador adecuado y se hiciera un anuncio oficial de la investigación”, “lo que esto requiere, Santo Padre, es una investigación profunda y oficial”, “si Su Santidad está de acuerdo, tengo al hombre ideal para la tarea”, el arzobispo Edourd Gagnon (p. 29).

Asaltos y amenazas de muerte. Una noche de 1977, dice el autor, “nos enteramos por un Gagnon visiblemente conmocionado que sus habitaciones en el Canadien College y su despacho en San Calixto habían sido asaltadas y saqueadas. Y añadió una revelación aún más impactante:  Anoche, dijo en voz baja, recibí una amenaza de muerte, la segunda en dos meses” (p. 22). Entonces se mudó a la residencia libanesa donde vivía el autor. Con pruebas en la mano, los cardenales Dino Staffa y Silvio Oddi “acusaron formalmente a Baggio y Bugnini de ser masones activos” (p. 25). Sebastiano Baggio era prefecto de la Congregación para los Obispos y Annibale Bugnini era secretario de la Congregación para el Culto Divino. 

Nuevo Secretario de Estado. Pablo VI murió el 6 de agosto de 1978 y Albino Luciani fue elegido Papa con el nombre de Juan Pablo I el día 26 de ese mismo mes. “Nuestro nuevo pontífice ha pedido al cardenal de Florencia (Benelli) ser su nuevo Secretario de Estado”, comentó Mario Marini. “Lo ha hecho”, confirmó Gagnon. Intervino el autor: “Leí en alguna parte que el Papa confirmó a todos en la Curia: que iban a permanecer justo donde estaban”. Explicó Gagnon: “Cuando un nuevo Papa toma posesión de su cargo, los prefectos del pontificado anterior presentan su dimisión por escrito. Así es como se hace”. “No es el fin del mundo”, declaró Marini, “él no debería haber dado instrucciones a esos sinvergüenzas para que no dimitan, pero lo hizo. Entonces están en su lugar pro tempore… hasta nuevo aviso”. 

Pregunta el autor: “El Santo Padre ¿cuándo pidió al cardenal Benelli que fuera su Secretario de Estado?”. Responde Gagnon: “El jueves pasado. El Santo Padre tuvo una audiencia privada con el cardenal Benelli. Benelli me llamó inmediatamente después y pidió verme. Era urgente. Me reuní con él y me lo dijo directamente, sin rodeos”, “Su Santidad está pidiendo los resultados de la Visitación Apostólica. Quiere que se los presente y que le explique algunos puntos de interés” (pp. 114-116). 

Arzobispo Gagnon
Arzobispo Gagnon

Audiencia de Juan Pablo I. El 25 de septiembre, el papa Juan Pablo I expresó su profunda gratitud al arzobispo Gagnon “por los tres años de dedicación y laboriosidad que puso en la delicada investigación y preguntó: “¿Es cierto lo que hemos oído, que los vándalos irrumpieron en sus habitaciones y oficinas por su investigación y que recibió amenazas de muerte?”. ¿Por qué no solicitó alojamiento dentro de la Ciudad del Vaticano?”, “Con todo respeto, Santo Padre. Esos sinvergüenzas, los que saquean habitaciones y amenazan vidas, ¿dónde cree que viven?”, “estoy bien donde estoy, vivo a dos puertas de un acusado de terrorismo palestino (el arzobispo Hilarion Capucci) y me siento más seguro allí de lo que creo que Su Santidad se siente aquí”.(pp. 124-125).

Las finanzas del Vaticano. El arzobispo añadió: “¿Está preparado Su Santidad para un cambio de escenario?”, “el mundo de las finanzas del Vaticano espera”, “también requiere su atención urgente”, “no es ajeno a la masonería”. Junto a Licio Gelli, jefe de la logia P2, el arzobispo Paul Marcinkus, presidente del Instituto para Obras de Religión (I.O.R), el Banco del Vaticano, sobrevive a los acontecimientos. Carlo Calvi, presidente del Banco Ambrosiano, aparece colgado en un puente de Londres (17-6-1982). Michele Sindona muere envenenado en su prisión (22-3-1986). Dijo Gagnon: “¡Tenemos mucho que agradecer! El Todopoderoso ha hecho el bien de enviarnos al hombre adecuado para estos tiempos difíciles”, “el Santo Padre en persona y la audiencia fueron más de lo que me había atrevido a esperar”, “importantísima audiencia”. ¿Qué clase de hombre es el nuevo Papa?, preguntó el autor. “Santo y sabio”, contestó (pp. 129-130).

Muerte de Juan Pablo I. El 29 de septiembre, “los tres escuchamos la radio con gran atención. Parecía surrealista: ¿realmente podíamos estar escuchando esto? Una cosa es segura: el vigor con el que el arzobispo Gagnon sacudía la cabeza dejaba claro que no se creía la simple explicación del ataque al corazón. Cuando se informó que el pontífice había sido encontrado en una posición serena y dormido, sosteniendo un ejemplar de La imitación de Cristo en sus manos sin vida, resultó ser demasiado “Es como la mayoría de las cosas que tocan”, murmuró enfadado el arzobispo Gagnon. “¡Masones asquerosos!”, dijo Marini. “No estábamos en desacuerdo con él” (pp. 138-139). 

Pregunta clave. El autor pregunta al arzobispo Gagnon si la muerte del Papa Luciani implicó un juego sucio. Tardó en responder: “Todas esas habladurías callejeras – sacudió la cabeza-, los rumores de envenenamiento por té o de estrangulamiento por almohada… esas cosas están fuera de la cuestión. Pero podría haber muerte porque los que le rodeaban no le instaron a atender los asuntos relacionados con su salud. En tal caso, la muerte del Santo Padre podría ser el resultado de la incompetencia o la negligencia”, “si, de hecho, hubo realmente juego sucio en este caso, entonces no encuentro irrazonable considerar la posibilidad de que un hombre de sesenta y seis años sea inducido -empujado, si se quiere, más allá de sus límites físicos y emocionales- a un paro cardíaco”, “si lo que quiere decir es si creo que fue asesinado, la respuesta debe ser ‘no’. Creo que fue asesinado indirectamente” (pp. 143-144). Aquí el arzobispo Gagnon muestra su ambigüedad.

Muerte del Juan Pablo I
Muerte del Juan Pablo I

Asesinato en el grado 33. Mario Marini comenta: “El cardenal Villot afirma que fue la última persona que vio al Santo Padre con vida. El francés está encubriendo a su amigo. La verdadera ‘última persona’ que vio al San Padre con vida fue nada menos que Sebastiano Baggio. Baggio, que discutió con el Papa tan acaloradamente que los guardias suizos oyeron gritos en el pasillo exterior”. “Hmmm…, medité para mí”, dice el autor, “¿asesinato en el grado treinta y tres?”, es decir, al máximo nivel. “Intenté no demostrarlo, pero las palabras de mis amigos me dejaron atónito. Una cosa era escuchar estas cosas en las esquinas de las calles romanas por parte de gente común y corriente con gusto por el chisme y el escándalo, y otra muy distinta era escucharlas de eclesiásticos de alto rango y especialmente de esto dos cuya visión y sabiduría yo tenía tan en alto” (pp. 144-145).

Reforma litúrgica. Aunque fuera masón el hombre encargado de las reformas litúrgicas”, la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II era necesaria. El Concilio “se propone acrecentar de día en día entre los fieles la vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio, promover todo aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia. Por eso cree que le corresponde de un modo particular proveer a la reforma y al fomento de la liturgia” (SC 1).

Ni un día más. El 6 de febrero de 1979. el arzobispo Gagnon presenta al nuevo Papa Juan Pablo II su investigación. Como otras veces, el autor acompaña al arzobispo hasta el patio de San Dámaso. La audiencia no fue como él esperaba: “Sin mover la cabeza, vislumbré la expresión de dolor de mi amigo y pude comprobar que la audiencia había ido muy mal”. La audiencia fue “un desastre”: “El arzobispo rompió su silencio cuando nos acercamos a la residencia”, “quiero que me lleve al aeropuerto mañana”, “me voy de Roma, me voy del Vaticano. Que se revuelquen en su corrupción si es su voluntad. En cuanto a mí, no seré parte de ello ni un día más” (p. 171): El 8 de febrero, hacia la una y media de la tarde, el arzobispo tomó un avión hacia “una selva más civilizada” (p. 173). Cuando Juan Pablo II recuperó el conocimiento tras el atentado que sufrió, lo primero que dijo fue: “Encuentren a Gagnon” (pp. 173 y 184). Luego le hizo cardenal (25-4-1985).

Cardenal Giovanni Benelli
Cardenal Giovanni Benelli | Wikipedia

Otra muerte inesperada. Dice el autor: “El cardenal Giovanni Benelli fue solicitado por el Papa Juan Pablo II para desempeñar el cargo de Secretario de Estado del Vaticano en 1982. El cardenal Benelli aceptó de buen grado”, “diez días después de su audiencia privada con el Santo Padre -me dijo el propio Gagnon- Giovanni Benelli sufrió un infarto masivo. Murió en su residencia a los sesenta y un años” (p. 185), el 26 de octubre. 

Servicio y convergencia. La aportación del autor sobre la masonería en el Vaticano y la inesperada muerte de Juan Pablo I es un servicio a la Iglesia. Lo son estos datos: los asaltos y las amenazas de muerte que sufre el arzobispo por su investigación, la petición del papa Luciani al cardenal Benelli de que fuera su Secretario de Estado, la importantísima audiencia del Papa a Gagnon, la denuncia de que eran masones el responsable de nombrar a los obispos y el encargado de la reforma litúrgica, la advertencia de que el mundo de las finanzas vaticanas no era ajeno a la masonería, la reacción del autor y de sus amigos ante la inesperada muerte del Papa, la desastrosa audiencia de Juan Pablo II al arzobispo Gagnon, la inesperada muerte de Benelli. Todo ello converge con lo que sabemos por otras fuentes. Una seria reforma requiere que los documentos de Gagnon se hagan públicos: es cuestión de justicia y está en juego la credibilidad de la Iglesia.

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