Pedro Castelao: “A los sacerdotes homosexuales debemos decirles que los queremos, que los aceptamos tal y como son, que no tienen necesidad de seguir ocultando su verdadera identidad"

"¿Cuándo escucharemos a un lector en la eucaristía dominical que camina y entona con su particular gesticulación habitual sin que haya caras de sorpresa o murmullos ofensivos? ¿Cuándo veremos a una diaconisa bautizar a un recién nacido?"

Castelao y su libro
Castelao y su libro

"Ni la diversidad sexual ni las demandas de igualdad femeninas son problemas. Los problemas son la homofobia y la misoginia". El teólogo Pedro Castelao sostiene en Luz en el armario (Desclée) que las dos exclusiones están relacionadas. Según su tesis, la homosexualidad "reprimida y ocultada" engendra misoginia, y la misoginia refuerza a su vez "estructuras e inercias institucionales fuertemente homófobas". A su juicio, esa contradicción pone en entredicho la credibilidad de una Iglesia que anuncia un amor universal y que, "de puertas para dentro", margina a las personas homosexuales y mantiene a las mujeres lejos de los órganos de decisión y gobierno.

Libro de Castelao
Libro de Castelao

Castelao toma como punto de partida la petición de perdón de León XIV en Magnifica humanitas por la tardanza de la Iglesia en condenar la esclavitud. Cree que las enseñanzas tradicionales sobre homosexualidad e igualdad de la mujer deben revisarse "en profundidad y con urgencia", porque de lo contrario habrá que "pedir perdón en el futuro". Al creyente homosexual que esconde su vida afectiva le dice: "Que no la oculte". A la mujer que siente una llamada al ministerio le pide que resista, que «obedezca a Dios antes que a los hombres» y que no rompa con la institución. Lo único inmutable, recuerda, es Jesús de Nazaret: "La doctrina de la Iglesia madura. Si madura, entonces cambia".

En Luz en el armario aborda cuestiones teológicas complejas con un lenguaje cercano. ¿Cómo se consigue “abajar” la teología sin empobrecerla? ¿Qué cambia cuando el teólogo escucha tanto las preguntas de la calle como el Evangelio?

La teología tiene que estar siempre al servicio de la Iglesia y de la sociedad. El teólogo, si bien debe estar lógicamente anclado en la Escritura y en la Tradición, debe también estar abierto a las preguntas vaporosas que pululan en la atmósfera social y eclesial del tiempo que le ha tocado vivir. Y debe entrenarse en la virtud de hacerlas pasar del estado gaseoso al líquido, para terminar por cristalizarlas en formulaciones sencillas y argumentaciones claras que todo el mundo pueda entender. Una teología sencilla no tiene que ser necesariamente simple. 

Lo que cambia cuando el teólogo escucha las preguntas de la calle a la luz del Evangelio es algo que ya formuló Paul Tillich con su método de correlación: las preguntas humanas revelan su dimensión más profunda en su alcance y significación y el Evangelio se vuelve inteligible como donación última de sentido y esperanza. El Evangelio es siempre fuente de luz para la existencia humana. Lo que sucede es que no siempre tenemos la pericia de escuchar su anuncio y su exigencia en relación con los problemas, los desafíos y las inquietudes más serias del presente.

El subtítulo propone superar la homofobia y la misoginia en la Iglesia. ¿Qué raíz comparten ambas exclusiones y hasta qué punto comprometen la credibilidad de una comunidad que anuncia el amor y la igual dignidad de todas las personas?

La raíz entre la homofobia y la misoginia es profunda y, precisamente, creo que el señalar ese vínculo entre ambas es una de las aportaciones principales de este libro, si es que alguna tiene. Normalmente se piensa que la cuestión de la diversidad sexual y las demandas de igualdad de las mujeres son cuestiones que sólo coinciden en que ambas están de actualidad, pero en realidad serían temas completamente diferentes y sin nada en común. En el libro argumento en sentido diametralmente contrario. En primer lugar, diciendo que ni la diversidad sexual ni las demandas de igual femeninas son problemas. Los problemas son la homofobia y la misoginia. Esos sí que son problemas que hay que solucionar. Las otras son realidades que hay que estimar y apreciar. Y, en segundo lugar, señalando que la homosexualidad reprimida y ocultada engendra misoginia y que, a su vez, la misoginia refuerza estructuras e inercias institucionales fuertemente homófobas. 

Misoginia en la Iglesia
Misoginia en la Iglesia

La credibilidad de la Iglesia se encuentra fuertemente cuestionada ante esta evidente incoherencia o disonancia cognitiva: anuncia un mensaje de amor universal, de preferencia por los más desfavorecidos y de inclusión y cuidado de las personas más maltratadas y marginadas y, sin embargo, de puertas para dentro, margina y trata mal a las personas homosexuales y a las mujeres llamadas al interior de la vida eclesial. A aquellas porque les impone una moral de abstinencia prejuzgando su condición como anomalía. A estas porque, de hecho, en general, las mantiene estructuralmente al margen de los verdaderos órganos de decisión y gobierno. 

¿Puede parte de la resistencia al acceso de las mujeres al ministerio ordenado responder a un instinto de conservación del poder y de un espacio protegido por parte de los curas gays? ¿Cómo analizar esa dinámica sin estigmatizar a los sacerdotes homosexuales ni convertir su orientación sexual en explicación de la misoginia?

La resistencia al acceso de las mujeres al ministerio ordenado es multifactorial. Normalmente se señalan dificultades de naturaleza teológica, sacramental, histórica y hasta fundacional. Me parece que ese plano de discusión no es el realmente decisivo. Creo que hay un plano oculto, una dimensión invisible, un trasfondo de índole mucho más prosaica en la que se esconden las verdaderas razones que, de facto, gozan de más fuerza y de más peso en la vida real de la Iglesia. Es posible —no me atrevo a afirmarlo de manera categórica, pero sí a insinuarlo como una hipótesis de trabajo que convendría profundizar— que las dinámicas sociológicas perfectamente estudiadas en otros grupos se puedan dar también en determinados círculos eclesiales especialmente poderosos. Por el bien de la institución y por la propia salud mental, espiritual y vital de los propios implicados, esas dinámicas deben ser identificadas, analizadas y evaluadas a la luz del Evangelio. 

Los sacerdotes homosexuales debieran ser, en general, dignos del mayor cuidado por parte de la comunidad. Debemos decirles que los queremos, que los aceptamos tal y como son, que no tienen necesidad de seguir ocultando su verdadera identidad, pues comprendemos el infierno de miedo, doblez e inautenticidad en el que viven y deseamos que salgan de ahí. Insisto en que el problema no es la homosexualidad, sino la homofobia. Y la homofobia es especialmente aguda en los homosexuales que se odian a sí mismos por su condición y no pueden integrarla abierta y serenamente en sociedad. Es esta homosexualidad homófoba la que engendra misoginia, no la homosexualidad integrada. 

Esclavitud moderna
Esclavitud moderna

La historia de la relación de la Iglesia con la esclavitud muestra contradicciones, resistencias y cambios profundos en su conciencia moral. ¿Qué puede enseñarnos ese recorrido para revisar hoy las posiciones sobre diversidad sexual y participación de las mujeres? ¿Hasta dónde sirve la comparación y dónde están sus límites?

En el nº 176 de Magnifica humanitas, León XIV pide perdón por la falta de lucidez de la Iglesia a la hora de condenar explícita y oficialmente la esclavitud. El magisterio de la Iglesia tardó dieciocho siglos en afirmar que la esclavitud era incompatible con la dignidad infinita de todo ser humano. Tenía en el Evangelio los principios fundamentales, pero tardó un tiempo muy lamentable en sacar las consecuencias. Esto es una muestra evidente —reconocida por el propio papa— de que, en sus formulaciones doctrinales, el magisterio de la Iglesia no siempre está a la altura del Evangelio que lo inspira. 

Me parece que las formulaciones tradicionales respecto de la homosexualidad y respecto de la igualdad de la mujer en la Iglesia deben ser revisadas en profundidad y con urgencia. Pudiera ser que nos encontremos con dos casos estructuralmente análogos a la cuestión de la esclavitud

Es aquí donde veo la analogía principal para el doble caso que nos ocupa. Me parece que las formulaciones tradicionales respecto de la homosexualidad y respecto de la igualdad de la mujer en la Iglesia deben ser revisadas en profundidad y con urgencia. Pudiera ser que nos encontremos con dos casos estructuralmente análogos a la cuestión de la esclavitud. De ser así, nos veríamos obligados a pedir perdón en el futuro por no haber visto con claridad que la dignidad infinita de todos los seres humanos es incompatible con la homofobia y con la misoginia actualmente presente en la Iglesia, pese a ser imperceptible para grandes sectores de la comunidad eclesial. 

¿Qué le diría a un creyente homosexual que siente que sólo puede permanecer en la Iglesia ocultando su vida afectiva? 

Le diría que no la oculte. No se puede vivir de espaldas a uno mismo y en permanente negación de sí. De esa negación sólo salen patologías, tristeza y una hondísima amargura que hace infeliz a uno y a todos los que lo rodean. Le diría que busque espacios eclesiales oxigenantes en los que lo quieran como es. Sea cual sea su identidad y su orientación sexual. Esos sitios existen y tienen un mérito extraordinario y llegará el día en el que serán plenamente reconocidos y celebrados, al menos, como espacios seguros del presente.

Homosexualidad en la Iglesia
Homosexualidad en la Iglesia | Agustín de la Torre

La Iglesia debe reflexionar muy en serio, pero que muy en serio, sobre el conflicto moral, existencial y religioso en el que están las personas que se saben hijas de Dios por el bautismo y, sin embargo, se sienten marginadas y vejadas en el interior de la atmósfera eclesial por su orientación sexual. ¿Es la Iglesia de Jesucristo la que realmente las margina o es una determinada ideología inconciliable con el verdadero Evangelio de nuestro Señor? A esas personas les diría que, pese a todo, no dejen de querer y de pertenecer a la Iglesia. 

¿Qué le diría a una mujer que percibe una llamada al ministerio, pero se encuentra con una puerta cerrada? 

Le diría que tenga ánimo, que resista, que obedezca a Dios antes que a los hombres, que no desespere y que, sobre todo, no deje brotar en ella odio, resentimiento o animadversión contra la Iglesia. Le diría que estudie cuanto pueda, que cultive una oración profunda y confiada y que procure juntarse con cristianos y cristianas que comprendan su vocación, la sostengan y la estimen. Le diría que ame a la Iglesia incluso en su ceguera más dolorosa ante su vocación más genuina y auténtica. Y que busque maneras de mantener encendida la llama del Espíritu sin romper jamás con la institución. Sé que es fácil decirlo y que, por el contrario, no es nada sencillo perseverar en esas duras condiciones, pero confío en la fuerza profética de la resistencia, en el poder de la persuasión del Espíritu y en el Ecclesia semper reformanda. Y desconfío de las reformas impacientes que implican ira, ruptura y desafección. 

Más allá de las palabras de acogida, ¿qué cambios concretos deberían experimentar mujeres y homosexuales en sus comunidades?

Deberían ver el milagro de que las palabras se convierten en obra y de que, simplemente, son uno o una más sin ningún tipo de diferencia o discriminación. Que los bienintencionados pasos de apertura pastoral a los colectivos homosexuales en las diócesis más avanzadas les asignen grupos específicos de atención y acompañamiento no deja de ser una sutil forma de señalamiento que revela la falta de normalidad al respecto. ¿Cuándo escucharemos a un lector en la eucaristía dominical que camina y entona con su particular gesticulación habitual sin que haya caras de sorpresa o murmullos ofensivos? ¿Cuándo veremos a una diaconisa bautizar a un recién nacido? 

Usted plantea una conversación incómoda sin necesidad de herir ni pontificar. ¿Cómo se dialoga con quienes consideran que revisar estas cuestiones equivale a traicionar la fe? 

La Iglesia debiera ser un ámbito en el que reinasen los más altos grados de libertad y autenticidad. Mucho más que en cualquier otro grupo de la sociedad. La libertad que vemos en los verdaderos teólogos y la autenticidad de los verdaderamente santos. No debiera haber entre nosotros temas de los que no se puede hablar. Ni tabúes que se silencian o se enquistan por falta de atención y cuidado. Sobre todo, cuando detrás de ellos hay personas que sufren amargamente. El diálogo debe hacerse sobre la base de la escucha. Por ello hay que escuchar primero a las víctimas de la homofobia y la misoginia en la Iglesia. Hay que darles voz. Sobre esa voz herida es sobre la que hay que reflexionar a la luz del Evangelio. Obviamente, no para herir más, sino para corregir aquello que injustamente hiere. Esa es una base, a mi juicio, aptísima para que todos nos encontremos ahí. Tanto los que creemos que urge un cambio doctrinal, como los que sostienen lo contrario. Es relativamente fácil mantener una posición cuando la discusión es meramente teórica. No lo es tanto cuando se perciben lesiones y daños en la práctica. Es desde ahí desde donde creo que se puede y se debe plantear una reforma a fondo de la teología tradicional de la Iglesia en relación con los temas que venimos tratando. 

Por supuesto, siempre habrá gente que no diferencie entre la fe y la doctrina. Gente que desconoce la Tradición de la Iglesia y que ha identificado un determinado momento de su historia con su esencia inmutable. Lo verdaderamente inmutable del cristianismo es Jesús de Nazaret. Las doctrinas que, en el espacio y en el tiempo, intentan traducir y concretar su Evangelio en cada cultura y circunstancia, están necesariamente llamadas a la mejora, al cambio, a la profundización, al crecimiento y también, cuando sea preciso, a la rectificación. Lo dicho antes acerca de la esclavitud muestra ahora toda su pertinencia. El propio León XIV dice en la primera frase del ya citado nº 176 que la doctrina de la Iglesia madura. Si madura, entonces cambia. Y menos mal que cambia, pues de lo contrario, seguiríamos sin haber condenado la esclavitud. 

Castelao y su libro
Castelao y su libro

¿Qué primer paso permitiría pasar de una Iglesia que teme perder sus seguridades a otra que se atreva a escuchar y discernir?

El primer paso ya lo dio fundamentalmente la Iglesia católica con el Concilio Vaticano II. El segundo, en relación con la diversidad sexual y la igualdad de la mujer, aconteció recientemente con el pontificado de Francisco. Recordemos su profética respuesta a Ilze Scamparini cuando esta le preguntó por el lobby gay: ¿quién soy yo para juzgar? Recordemos, también, Fiduccia suplicans. Es obvio que queda mucho camino por delante. Pero creo que los primeros pasos ya han sido dados. Ahora queda tener el coraje y la determinación de seguir, poco a poco, el camino abierto, a pesar de los obstáculos y las dificultades. Como en la cuestión de la esclavitud, tampoco en los temas de la diversidad sexual y la igualdad de la mujer estamos ante una moda pasajera, sino ante cuestiones de honda humanidad que nos deben hacer crecer en fidelidad a las exigencias insoslayables del Evangelio. 

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