El claretiano publica "Crucemos a la otra orilla" (Editorial Perpetuo Socorro) Luis A. Gonzalo: "Estoy convencido del porvenir de la vida consagrada, aunque no será como la conocemos hoy"

Luis Alberto Gonzalo
Luis Alberto Gonzalo J. L.

"La esencia de la vida consagrada no es sostenerse, ni garantizarse, ni perpetuar sus muchos logros históricos"

"En la otra orilla se distingue bien que la esencia de la vida consagrada no es la crisis ni, por tanto, la tiranía de los números y edades… Se ve que la esencia es el signo de hacer posible la multiplicación con lo poco"

"En la otra orilla, la vida consagrada experimenta la libertad de no aprisionar ni conservar. Se siente ágil para perder propiedad y salir a nuevos caminos"

"La verdadera vida consagrada no es la que algunos escribimos, sino la que muchas personas sencillas, convencidas del amor de Dios, viven"

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Claretiano y director de la revista 'Vida Religiosa', Luis Alberto Gonzalo tiene algo de zahorí, siempre buscando esos veneros de donde mana un agua fresca y renovada para la vida consagrada. De esas búsquedas nace "Crucemos a la otra orilla. El diálogo y el cambio de la Vida Consagrada" (Editorial Perpetuo Socorro), páginas llenas de intuiciones, análisis y perspectivas que quieren desembocar en una fundamentada esperanza.

 Y él, que ha acompañado y acompaña a tantas congregaciones, está convencido de que lo que espera no es peor, sino distinto y más auténtico. "No es la vida consagrada de los titulares de prensa o de las polémicas ideológicas, es la vida consagrada del testimonio. Y esa será la que propicie un tránsito hacia una nueva vida consagrada", señala en esta entrevista con RD.

Propone en su libro que la vida consagrada cruce a la otra orilla. ¿Qué le pasa a la orilla en la que se encuentra?

Quisiera comenzar afirmando una obviedad. A los consagrados y consagradas les ocurre exactamente lo mismo que al resto de los cristianos, al resto de la humanidad. Pertenecemos a una sociedad compleja y somos personas complejas en un momento cultural (y también eclesial) complejo. Dicho esto, «la orilla en la que se encuentra la vida consagrada» es, por supuesto, compleja. Está intacto el deseo de Reino. Hay sueños y diseños de nueva realidad y profecía… pero esta orilla está llena de preocupación y responsabilidad que, en buena medida, se centra en continuar con lo recibido, sin tiempo para levantar la mirada. Es una orilla donde en muchas ocasiones vivimos reaccionando a estímulos, solucionando problemas, protegiendo estilos… Es, desde mi punto de vista, una orilla tan práctica que puede hacer peligrar la fe. La esencia de la vida consagrada no es sostenerse, ni garantizarse, ni perpetuar sus muchos logros históricos. Su razón de ser siempre es orientar, apuntar y ofrecer signos creíbles de que el Reino está aquí y es posible. Y para ello hay que perder el miedo a la libertad.

Crucemos a la otra orilla.
Crucemos a la otra orilla.

¿Y qué se ve en la otra orilla a la que invita a cruzar?

En la otra orilla se ve la vida sin glosa ni añadido. Se ve la sencillez del Reino. La esencia de un estilo de vida, la de los consagrados, que no son mejores que el resto de sus hermanos, sino que necesitan vivir en el todo de Dios, ser el todo para Dios. Ni más perfectos ni, por supuesto, mejores. Tan solo llamados a ser discípulos de manera íntegra, estable y constante. En la otra orilla se distingue bien que la esencia de la vida consagrada no es la crisis ni, por tanto, la tiranía de los números y edades… Se ve que la esencia es el signo de hacer posible la multiplicación con lo poco; la fraternidad con el débil y la alegría con la frugalidad.

Se descubre, en la otra orilla, que una vez liberados de tantos «proyectos», lo que queda y lo que merece la pena cuidar es la vida, el lugar por excelencia del encuentro con el Dios de Jesucristo. En la otra orilla, la vida consagrada experimenta la libertad de no aprisionar ni conservar. Se siente ágil para perder propiedad y salir a nuevos caminos. Recupera una «juventud» que solo da el evangelio y que posibilita que los consagrados sean (seamos) esas personas que en el corazón de la sociedad ofrezcamos, siempre y en todo, esperanza. La otra orilla desvela a la vida consagrada unas posibilidades inéditas de misión para este tiempo y esta cultura. Nos separa, definitivamente, de un guion de supervivencia y nos abre a una esperanza nueva que, por otro lado, está en la raíz de toda búsqueda vocacional.

La vida consagrada es el «texto» evangélico más accesible para la mujer y el hombre de nuestro tiempo. Ninguna búsqueda y necesidad; ninguna alegría y posibilidad nos es distante y la esencia de la consagración nos vincula y sitúa en medio del Pueblo de Dios. Por tanto, el desplazamiento a la otra orilla es capacitarnos para ver la realidad y la misión desde una mirada evangélica, solo evangélica y real.

Luis Alberto Gonzalo
Luis Alberto Gonzalo J. L.

¿En qué orilla está usted?

Es mi tarea de crecimiento espiritual. Constantemente me lo pregunto. ¿Qué valores me sostienen? ¿Por qué o por quién trabajo, me muevo, propongo y actúo? ¿Qué espero? Muchas veces me muevo en la orilla de la practicidad, de la seguridad de mi trabajo. Poniendo excesiva racionalidad en la vivencia evangélica que fundamentalmente ha de ser emoción. Muchas veces me sorprendo sosteniendo lo que conozco, con miedo a la poesía y a la «sorpresiva sorpresa de Dios». Muchas veces me dejo impresionar por la eficacia y la búsqueda de seguridad.

Espero y anhelo la otra orilla. La encuentro descrita con claridad en infinidad de vidas de consagrados y consagradas que no hacen publicidad de su presencia. El lugar más real del milagro de Dios es este puñado de mujeres y hombres consagrados que estén en los rincones más complejos del mundo, dando amor. Se descubre en el acompañamiento, la escucha y la oración de lo que está viviendo la vida consagrada. Lo he dicho muchas veces y cada vez estoy más convencido, la verdadera vida consagrada no es la que algunos escribimos, sino la que muchas personas sencillas, convencidas del amor de Dios, viven. Ellos y ellas son los testigos de una vida consagrada que está en la otra orilla y, desde ella, iluminan sin deslumbrar… porque los caminos de Dios son así de serenos y pacientes. Estoy, por tanto, mirando con mucha esperanza hacia esa otra orilla… por eso estoy convencido de la vitalidad y porvenir de la vida consagrada, aunque efectivamente no será como la conocemos actualmente.

Es un momento particularmente difícil y evangélico, donde es imprescindible un liderazgo que sepa estar presente en este tránsito hacia la otra orilla. No hay carencia de buenas ideas, pero hay cierta carencia de testimonio evangélico

¿Hay miedo a cruzar a la otra orilla? 

Por supuesto que hay miedo. También responsabilidad. La vida consagrada, como toda la Iglesia, no somos un cuerpo uniformado donde pensemos igual ni exactamente busquemos lo mismo. Hay infinidad de estilos y formas de ser; historias, trayectorias y culturas. Hay diferentes edades, y en occidente predomina un cuerpo grande y sabio de hermanos y hermanas mayores, muy ancianos, que lo han dado todo en los espacios donde se sintieron al servicio del Reino y hoy ven que se cierran, trasladan o reconfiguran.

Por mucho que intentemos dulcificar estos procesos, la realidad de lo que viven las generaciones más ancianas es incertidumbre y desconcierto. Es un momento particularmente difícil y evangélico, donde se hace imprescindible un liderazgo que sepa estar presente en este tránsito hacia la otra orilla. No hay carencia de buenas ideas –la vida consagrada es un grupo cristiano muy fecundo en ideas y creatividad– pero hay cierta carencia de testimonio evangélico que abra realmente nuevas posibilidades de vida y misión para los consagrados. El liderazgo no tiene la tarea de sostener lo que hay para que dure más a cualquier precio; tiene la tarea de acompañar la esperanza hacia una libertad evangélica de misión y vida. Y esto se realiza cuando se está en los procesos de la vida, se escucha a las personas y se lee la realidad en clave evangélica y no en clave de mercado.

¿Qué es indispensable que lleven los religiosos y religiosas a la otra orilla y qué deben de dejar en la que están?

Es indispensable llevar la libertad de los carismas que en todas las congregaciones y órdenes nos habla de los últimos, los pequeños y los que no cuentan. Hay que dejar que el carisma hable y nos sitúe no como solucionadores de problemas, sino como cooperadores y animadores de todas las soluciones que nuestra humanidad va gestando. Hemos de llevar a la otra orilla una libertad evangélica que nos separe de cualquier propiedad o privilegio… Lo nuestro es la cooperación en la transformación social, estar presentes entre los últimos, siendo últimos. Tenemos vocación de alternativa, por eso, en nosotros, palabras como amor y solidaridad jamás deben estar traicionadas. Nuestra vida, en la otra orilla, tendrá la tranquilidad de no tener que explicar quiénes somos y para qué, sencillamente se hará evidente, se verá y será referente de una búsqueda muy presente en nuestra humanidad que es el hogar.

Debemos dejar en la orilla conocida y gastada la comprensión de nuestra vocación como «perfección» o preeminencia. Nuestro prestigio social y nuestra incapacidad para sentarnos en la mesa compartida con el laicado desde la igualdad y complementariedad. Debemos dejar en esta orilla la búsqueda de primeros puestos, reconocimiento social y el deseo de poder. Debe quedar en esta orilla la nostalgia de tiempos pasados, cuando éramos muchos y fuertes; cuando nuestra voz se escuchaba y nuestros criterios se tenían en cuenta en todos los ámbitos de la sociedad. Considero que «la otra orilla» es una visión sin dioptrías de una auténtica comunidad donde cabe la complementariedad de carismas y ministerios sin los desajustes que provoca la búsqueda de poder. Es, en este sentido, una buena parábola del camino sinodal en el que nos encontramos como Iglesia.

El religioso claretiano, en la redacción de 'Vida Religiosa'
El religioso claretiano, en la redacción de 'Vida Religiosa' J. L.

Es un hecho que la edad media de la vida religiosa es elevada. ¿Cabe presuponer que son los más mayores los que deciden no ‘moverse’ demasiado o eso no es algo que deba darse por supuesto ni dependa de la edad?

La visión de la otra orilla y la búsqueda de una nueva vida consagrada no está presente solo en una edad. Es sorprendente el proceso de liberación que muchos hermanos y hermanas mayores han vivido y ofrecen a sus comunidades y congregaciones. En principio, y por ley natural, es normal que a ciertas edades la persona no busque desplazamientos e inseguridades. Pero en la vida consagrada nada es convencional, hay personas muy ancianas con una capacidad maravillosa para ir hacia la intemperie y personas de mediana edad excesivamente atadas a sus cargos y estilos. Es una de las cuestiones más complejas de nuestro momento que requiere una intensa formación. La vida consagrada encuentra su sentido cuando se acerca a la sabiduría del Reino, que la separa necesariamente de la sagacidad del mundo. Y en este punto no se puede ceder. Aprender a vivir en una coherente complementariedad nos facilita dedicarnos a la esencia vocacional de libertad que tiene la consagración. La pasión por querer dirigir, coordinar y gestionar, aunque nazca de la buena y loable intención de ser responsables, puede estar encubriendo un vacío vocacional y espiritual. Ante una realidad insegura es bastante humano querer comprobar que donde estoy y lo que hago tiene efectividad. Y esto puede contribuir a confundir misión con gestión; vocación con trabajo; responsabilidad con poder y fraternidad con empresa… Y estos términos son, evidentemente, muy diferentes.

El gran reto de visión de la otra orilla es para la vida consagrada el diseño y el desplazamiento hacia otros modelos de vida compartida. Sin duda alguna

 ¿Qué hay más en la otra orilla: religiosos o religiosas; jóvenes o mayores?

En la otra orilla hay consagrados mayores y jóvenes enamorados de la vida y de la comunión. Hay personas de fraternidad, porque el gran descubrimiento de la vida consagrada contemporánea es que, o es fraternidad, o no será. La gran transformación es redescubrirnos hombres y mujeres convocados no solo a vivir juntos, sino que esa vida signifique, anuncie y propicie posibilidad a nuestra sociedad y nuestra Iglesia. Necesitamos hacer un discernimiento vocacional sobre nuestra llamada a vivir en comunidad. No se puede dar por supuesta que esta llamada es generalizada y mucho menos que la vida en comunidad consista estrictamente en formas que hoy están agotadas. El gran reto de visión de la otra orilla es para la vida consagrada el diseño y el desplazamiento hacia otros modelos de vida compartida. Sin duda alguna.

¿Qué cree usted que sucederá si no se mueve la vida consagrada de la orilla en la que se encuentra?

 No soy adivino. Pero sí tengo plena conciencia de que la vida consagrada se está moviendo. Quizá no con un movimiento fácilmente cuantificable desde el punto de vista sociológico. Siempre nos movemos en terrenos muy difíciles de evaluar para el ser humano. Es tratar de medir los movimientos y dinámica relacional de Dios y el hombre o mujer consagrados. Esta realidad excede con mucho el querer poner por escrito dónde estamos o qué puede suceder. Pero es indudable que la vida consagrada se está moviendo y desplazando hacia otra orilla. Es más, está ayudando –porque esa es su vocación– a que las otras formas de seguimiento de Jesús ganen también libertad para hacerlo. Se mueve tanto que no hay un rincón de nuestro mundo donde no exista algún consagrado dando su vida al lado de los que más sufren; o en la calle; o con quienes no encuentran consuelo. Repito una vez más que no es la vida consagrada de los titulares de prensa o de las polémicas ideológicas, es la vida consagrada del testimonio. Y esa será la que propicie un tránsito hacia una nueva vida consagrada. Estoy convencido.

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